El estado de sitio y el horrífico miedo cotidiano en el que viven los inmigrantes y refugiados debido a la insana retórica de usar iterativamente adjetivos insultantes –que no se condicen con la realidad, la decencia y la ética cristiana– es una inaceptable afrenta no solo a la memoria y la historia, sino también a las raíces fundacionales de un país hecho por inmigrantes, amén de ser una grotesca y manida explotación de miedos ajenos que deshumanizan e ignoran la imagen del ‘otro’. Ver y reconocer al ‘otro’ es una virtud humana. Y más que un reconocimiento de la humanidad del ‘otro’, es una reafirmación per se de nuestra propia humanidad. El silencio –claro está– no es una opción, porque el que calla, y se mantiene al margen, otorga. 

De otro lado, es necesario, aclarar a los que hacen política explotando miedos ajenos que el cinismo no es una política. Ni tampoco la ironía. Los que son vituperados y les son negados la defensa a sus vidas, el mantener unida su familia, su dignidad y sus derechos deben tener presente, hoy y mañana, que la historia y paradigma del movimiento de derechos civiles avanzó su causa y consiguió resultados concretos no solo porque los activistas marcharon en las calles, sino también porque todos juntos ‘marcharon’ en los salones de clases y reuniones de padres de familia, en la junta de los condados, en las escuelas de leyes, en sus círculos de influencia y en las urnas en los comicios electorales. 

No se puede imponer la democracia. Precisamente por eso,  la participación activa y decidida es vital para moldear al Gobierno, sus procedimientos que deben incluir la humanidad de todos los integrantes de una sociedad multicultural sin olvidar su raigambre histórica, ni las motivaciones del cómo, ni de dónde y por qué los ancestros de los ciudadanos emigraron a estas tierras para fundar una gran nación que tiene como piedra angular dos ideas abstractas: libertad e igualdad de oportunidades. Mas, hoy vemos con pesar cómo la ignorancia está siendo inflamada por los que no saben, ni quieren saber nada del compromiso político, la Constitución y la decencia humana. No debemos permitir que el pánico deteriore nuestras relaciones con los demás, ni permitir que se aisle o se estigmatice la imagen de los ‘otros’, quienes no son nuestra debilidad, sino nuestra fortaleza. 

Ninguna comunidad está sola, todos juntos enfrentamos los mismos retos, reflejados en uno de los primeros lemas nacionales de Estados Unidos que da cuenta de una sola nación: E pluribus unum (De muchos uno).  No es nada sabio, pues, –particularmente por el Gobierno y los responsables de la seguridad interna– aislar y estigmatizar a nadie por su fe, herencia cultural o etnicidad. Un Gobierno que manufactura sus propios hechos y demoniza a sus opositores –haciendo gala de una ignorancia supina– ignora el hecho factual que en Estados Unidos, desde sus orígenes, siempre se ha dado la bienvenida a los inmigrantes a quienes –cuando arriban a esta tierra– les decimos que sentimos mucho lo sucedido en sus países, para luego tenderles la mano y preguntarles qué podemos hacer para ayudarles a que se conviertan en ciuda-danos. El ‘excepcionalismo americano’ reside en esa simple y magnífica manera   de dar la bienvenida al ‘otro’.