Estos no son momentos de pasividad, menos de resignación. Es ‘la hora de sacudirnos de esa postra-ción negativa que es la resig-nación que nos hace creer que podemos vivir mejor si esca-pamos de nuestros problemas’ (papa Francisco), que nos hace creer que los conflictos se solucionan por generación espontánea. La resignación –nada más lejos que la cruda realidad– nos aísla y nos separa, nos aleja cada vez más de la res-ponsabilidad moral de ver no solo por lo demás, sino que nos distancia cada vez más de nuestro proceso formativo como persona. Mal se puede ayudar o servir a los demás, si en primer término no somos ‘puntuales’ con nosotros mismos. Me explico, la puntualidad mencionada es un principio básico, mas llegar a tiempo a una cita, por ejemplo, es una muestra de respeto inicial por el tiempo ajeno, por el tiempo de aquellos que son puntuales. Principio angular que es el fundamento sobre el que vamos construyendo el ‘edificio de nuestra vida’ que será proporcionalmente más alto y más sólido en la medida en que tengamos la clara comprensión de que esa puntualidad, también, debe condecirse con todo lo que hacemos a lo largo de nuestra existencia en la construcción de ese edificio que podemos llamarlo ‘formación de vida’. ¿Cómo? Cuando los jóvenes se preparan a conciencia en el estudio académico o en el ejercicio de responsabi-lidades que les preparan y capacitan a enfrentar con seguridad mayores retos perso-nales y profesionales, no por la mera búsqueda del espejismo de las comodidades materiales o de las vanidades, goces pasajeros que no dejan mayo-res satisfacciones, sino por la ambición sana de trascender.  Eso es lo que llamamos primigeniamente ‘puntualidad con nosotros mismos’ y que, al final de nuestros días, mirando re-trospectivamente, podamos decir con humildad y sencillez frente a una vida bien hecha: ‘misión cumplida’ cuando, sin ser una preocupación o una hipoteca para nadie, vemos cómo nuestros hijos o las gene-raciones que nos precedan caminan independientes con firmeza y la plena certeza de su propia responsabilidad de continuar edificando nuevos y más sólidos ‘edificios formativos’ que tanta falta hacen en nuestras comunidades, sabiendo, además, con alegría que ellos serán capaces, gracias al ejemplo, de ‘ensuciarse las manos y trabajar para que otros vivan en paz’. Ineludible ‘responsa-bilidad compartida’ que se enseña.
Nos acompaña el deseo y la necesidad de comprender, porque la comprensión se acerca a la acción más que el pensamiento, y cuánto mayor sea el número de personas que comprendan la necesidad de ser ‘puntuales consigo mismos’ tanto más real serán sus compromisos contraídos. Comprender no significa negar lo que nos indigna, como la xenofobia o la aberrante retórica del racismo y la exclusión, sino más bien de investigar a cons-ciencia la carga que los retos de nuestro tiempo han puesto sobre nuestros hombros, sin negar su existencia, ni derrumbarse bajo su peso. Vale decir, mirar la realidad cara a cara y hacerle frente con hidalguía y de forma desprejuiciada y atenta, sea cual sea su apariencia, posición o bandería política sin olvidar que no hay patriotismo sin continua oposición crítica. Es la hora, pues, de na-rrar a borbotones nuestras historias que desvelan sentido y se convierten en la ‘otra cara de la acción’: uno no se cuenta una historia a sí mismo, sino a otras personas, para comunicar sentido. Y en la medida en que lo logremos seremos comprendidos por los otros y el narrador se hará más ‘real’ y más ‘vivo’. En este contexto, traemos a colación lo que es lo grandioso de nuestro pueblo: su fe en Dios, una fe en la que la confianza y el amor en Dios es muchísimo mayor que el temor a Él.