La Corte Suprema de EEUU rechazó, esta semana, la apelación de la Casa Blanca para revisar la revocación del Programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA) dejando en una mayor incertidumbre el futuro de cientos de miles de jóvenes inmigrantes (dreamers), quienes en medio de la angustia y las plegarias se acuestan y se levantan a revisar cualquier noticia sobre materia migratoria con la esperanza de que las cosas mejoren. Entretanto, en cuenta regresiva, como una espada de Damocles, esperan y observan cómo la Casa Blanca y el Congreso negocian su futuro. La noticia alimentó esperanzas, mas no alivió la tensión que sufren los dreamers quienes viven en el caos y la incertidumbre a merced de las decisiones del Ejecutivo y el Legislativo, y obligados a barajar un futuro incierto –una vez que pierdan su estatus legal– sobre el tipo de trabajo informal que tendrán que hacer para mantenerse. El DACA les dio la oportunidad de tener empleos, licencias para conducir e inscribirse en la Universidad. Hoy todo eso está en peligro. Cada día surge algo distinto de boca de los legisladores y los twitters del Presidente, por eso es que cada noticia sobre el tema es un estresante culebrón venezolano, tierra fértil para la demagogia y los demagogos. Inmoral y cruel: desde que el presidente Trump anunciara hace cuatro meses que pondría fin al programa DACA, que protege a 800 mil jóvenes inmigrantes traídos al país como indocumentados cuando eran menores de edad, los dreamers han empezado a perder sus protecciones quedando expuestos a la deportación. 

Mas, esos jóvenes no están solos, con ellos marchan, como pueblo, una legión de hombres y mujeres de buena voluntad que hicieron del 27 de febrero un ‘momento moral’ por los soñadores, por la verdad y la justicia. Ellos, en una jornada de acción católica, frente al Capitolio, abogaron por una ‘solución humana’ al drama de los dreamers. El subtexto, entre líneas, encierra un prístino mensaje: la política debe servir a los propósitos de gobernar y gobernar no debe servir al mero propósito de hacer política. Los ‘soñadores’, los inmigrantes, los pobres, los niños, la gente que no puede votar o que no vota son prisioneros y primeras víctimas de lo que emana de boca de los demagogos, quienes  prefieren el aplauso a la crítica por hacer lo correcto.  La demagogia, una de las mayores amenazas a la democracia, socava el debate racional y pone en pausa la formulación de políticas inteligentes. E igualmente peligrosas son las acusaciones de que la culpa o responsabilidad de todo impasse solo reside en los otros.  De allí la importancia de identificar a los demagogos, quienes se encumbran en el poder gracias al carisma, al prejuicio y a la reducción de todas las interrogantes a ‘nosotros’ versus ‘ellos’. Cuando la demagogia se convierte en discurso público solo es cuestión de tiempo hasta que surja un demagogo. La demagogia es, pues, un serio problema que mina la habilidad de una comunidad de arribar a decisiones políticas razonables y, más bien, tiende a promover o justificar la violencia, y es raro que un individuo transporte mágicamente a una cultura a un mundo totalmente diferente. En otras palabras, la demagogia no es lo que hacen los políticos es, sobre todo, como nosotros, los ciudadanos, dialogamos, razonamos y votamos.  Es nuestro problema a resolver. Y la llave para resistir la demagogia empieza por  nombrarla cuando la vemos y saber adónde nos dirige.