El senador republicano John McCain (81), quien falleció el sábado pasado como consecuencia de un cáncer cerebral, será recordado por la comunidad hispana por su coraje e indesmayable esfuerzo por aprobar una reforma bipartidista de inmigración a pesar de la oposición de su propio partido. Tenía una ejemplar forma de hacer política, basada en la experiencia y la honestidad, amén de ser una voz de liderazgo que jamás olvidó que la piedra angular de nuestro sistema político reside en el compromiso, en la contemporización. Su vida fue imperfecta, como todas las vidas, mas sirvió a la nación con integridad y dignidad y cuando alguna vez le preguntaron  cómo le gustaría que la gente le recordara, McCain dijo con toda razón “como un hombre que sirvió a su patria”. Su partida –la de una ‘América’ que se fue– deja un gran vacío, mas su ejemplo le sobrevive: paradigma de un hombre guiado por un código de honor, un luchador para quien cada ciudadano tiene la responsabilidad de hacer algo con los privilegios y las libertades que nos confiere la Constitución.

En vida McCain trasuntó un gran sentido de pertenencia, la de pertenecer a una comunidad, orgulloso de sus orígenes y valores familiares, que es el común denominador que identificamos en todo ciudadano y en todo inmigrante que luego se integra a la sociedad a través de la ciudadanía que, a la larga, le confiere deberes y derechos plenos para dejar de ser un mero convidado de piedra. Los ejemplos son vitales, en tanto reflejen una idea clara de lo que se quiere, como el del senador McCain o como el líder de los trabajadores agrícolas César Chávez, quien también pregonó, en su momento, que la única manera de sobrevivir y conseguir la libertad es trabajar en comunidad y no individualmente y una vital manera de hacerlo es tomando responsabilidades por nuestras propias vidas. Una de esas responsabilidades es naturalizarse para ejercer el derecho al voto, no solo para integrarnos –como lo hicieron todos los que arribaron a estas tierras al margen de su lugar de origen o grupo étnico–, sino también para velar por los justos intereses de nuestras familias, ergo la sociedad y el país en general.

La cíclica ola antiinmigrante que asola al país –y a la que combatió McCain– pretende desconocer la diversidad de nuestra nación, e pluribus unum, piedra angular de la sociedad norteamericana, donde ser libres implica asegurar la libertad de todos los miembros de nuestra comunidad, toda vez que la mejor manera de asegurar nuestra fe es compartiéndola y que la mejor  manera de asegurar nuestra esperanza es creando esperanza para los demás. Por eso, al relievar el ejemplo del desaparecido senador de Arizona, destaquemos también nuestro sentido de familia, donde todos participemos y nadie se quede afuera porque todos somos responsables por la familia. Las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran. Y ser ejemplos, especialmente para los jóvenes, implica tener sentido de nuestras raíces, que ellos sepan quiénes son y de dónde vienen manteniendo una estrecha conexión con su cultura para forjar una andadura propia. El enrarecido ambiente xenofóbico no debe ser, pues, una excusa para la inacción, por el contrario, debe ser un acicate para afincar nuestros valores familiares que son un ejemplo de las cosas buenas que tenemos y de las que todos nos sentimos orgullosos.