Cuando narramos una historia no la contamos para nosotros mismos, sino para los demás, para comunicar sentido, historia y lugar de pertenencia que sea la ‘otra cara de la acción’ para ser comprendidos y ser más ‘real’. En el reciente viaje pastoral del papa Francisco a Perú, en la ciudad amazónica de Puerto Maldonado, un viaje a la semilla, escuchamos mágicas narraciones que fluían como ríos serpenteantes de boca de los lugareños al hablar de sus ancestros y el temple de los hombres que forjaron la región. Para muestra un botón: Julio O., nacido en 1901 en Nauta, a 50 kilómetros de la histórica ciudad de Iquitos, a la edad de 18 años, él y su padrastro Antonio A. enrumban a la zona de Madre de Dios atraídos por el caucho y el íntimo deseo de hacer fortuna en una zona inexplorada de la Amazonía peruana recalando en la ciudad fronteriza de Iñapari. Su vida entretejida por el manto del ensueño, el mito y el misterioso embrujo que arropa a la Amazonía es una vital hebra del anónimo contingente de hombres y mujeres que fraguaron el departamento de Madre de Dios. En la zona del Paraguasú, Brasil, que hoy se llama Vila de Asis, en 1906, nace Juana P., vida paralela que más adelante se entrecruza con la de Julio para formar una familia de once hijos. Por azares del destino, jalonada por el rigor de una dinámica de vida impuesta por pioneros que abrieron trocha en la frontera, una parte de su familia creció en el Perú y la otra en el Brasil. Juana P. murió a los 82 años y Julio O. a los 84 años, más sus vástagos continúan tejiendo la historia y urdimbre de la que está hecha Madre de Dios, amén de haberse dispersado por diferentes partes del planeta. 

A guisa de historia. La zona fronteriza de Madre de Dios fue entregada en concesión a principios del siglo XX – por el presidente Guillermo Billinghurst– al empresario español Máximo Rodríguez, quien se estableció en el fundo llamado Iberia. Rodríguez arribó con la idea de explotar el caucho, jebe o ‘shiringa’, instalándose primero en la ciudad de Puerto Maldonado, donde solo encontró castaña. Cuando se entera que la zona cauchera está ubicada en la provincia del Tahuamanú se traslada a la zona, pero no puede trabajar en el caucho porque estaba tomada por brasileros y bolivianos. Se ve obligado a salir de la zona para regresar, en 1920, con 150 hombres para desalojar a los invasores. Así es como crea el fundo Iberia, punta de lanza de la explotación del caucho. Cuatro años después se va enfermo a España para regresar en 1926 y fundar la Corporación Peruana del Amazonas con la que se inicia la explotación del caucho. Una singular historia es la del padre dominico José Aldamiz, quien con su avioneta cesna estableció los primeros vuelos cívicos entre los diversos caseríos y poblados.

La saga de los sesenta es otra. El Banco de Fomento Agropecuario es traspasado a una entidad semiestatal (Banco Agrario) que continúa con la explotación del caucho hasta 1987. Antes del traspaso, el Banco de Fomento era el administrador general del sector salud, vivienda y educación, amén de mantener un equilibrio en los trabajos de explotación. Hoy la deforestación como consecuencia de la minería informal y la explotación indiscriminada de la madera y la trata de personas, han dejado una profunda cicatriz denunciada por el Papa que fueron a “buscar al fin del mundo” y que vino al “lugar más olvidado” de la amazonía peruana a ver y dialogar con los nativos originarios. Ese remoto y encantado lugar fue fundado por hombres del temple de Máximo, Julio, Juana y tantos otros que se hicieron solos. Esa es la inobjetable historia común de cientos de millones de inmigrantes alrededor del planeta que a través del tiempo y la historia dejaron todo para cruzar fronteras en busca de mejores oportunidades de vida para los suyos. Ellos –como en Estados Unidos, país hecho por inmigrantes– plantaron raíces para crear y hacer historia, la historia misma de la humanidad, sin importar donde, ni cuando.