Niños hispanos de Langley Park participan de una actividad después de la misa dominical.  (Foto/archivo)
Niños hispanos de Langley Park participan de una actividad después de la misa dominical. (Foto/archivo)

Será necesario una y otra vez volver a reforzar el sentimiento inmigrante que reconoce la bondad y la riqueza del ser humano y que desde las mismas raíces del nacimiento de esta querida nación ha acompañado a docenas de generaciones. El sentimiento de pertenencia a Estados Unidos de América está fundado en las oportunidades que un trabajo duro y responsable brinda al crecimiento y desarrollo de quienes a ella han llegado en el transcurso del tiempo.

Una nueva y mala información sobre quiénes son los inmigrantes en esta nación ensombrece y trata de avergonzar a quienes con mucho valor e incluso sufrimiento han dado lo mejor de sí mismos para fortalecer la economía, el bienestar de la sociedad y las instituciones del país. El inmigrante hispano ama a Estados Unidos, no es un delincuente o un terrorista, millones de nosotros nos sentimos parte de esta nación y la reconocemos como nuestro propio hogar.

Mirar a EEUU desde el presente con todos los retos que a nivel mundial enfrenta el éxodo de más de cincuenta millones de  inmigrantes, nos pone en una nueva perspectiva que nos invita a pensar en Dios, quien todo lo puede y a quien no podemos engañar con retóricas que confunden a la opinión pública. Miramos con preocupación, y ciertamente, en oración los destinos de nuestra sociedad ‘americana’. Cuando la mirada hacia el forastero está cargada de intolerancia y carece de solidaridad cristiana, solo el poder de Dios puede irrumpir en el corazón y en la bondad del ser humano.

Podemos estar convencidos de que el amor de Dios no se ausenta de nuestras vidas, muchas veces somos nosotros los que nos ausentamos de la presencia de Dios. Orar, orar y clamar a Nuestro Señor será una de las invitaciones más importantes que podemos recibir para que la Luz del Todo Poderoso nos ilumine en el túnel por el cual estamos atravesando. Nuestros niños, nuestros jóvenes tendrán un futuro mejor si les llevamos a Dios como su único refugio durante y después de la tempestad.

Qué el Señor misericordioso se apiade de nuestras amadas comunidades y familias hispanas y por su misericordia suscite los  instrumentos y voces que puedan conducir las conciencias de nuestros gobernantes para que en justicia y en la presencia de Dios, conduzcan una necesaria y justa reforma inmigratoria para nuestros amados inmigrantes en esta nación.