En foto de archivo se observa a monseñor Óscar Arnulfo Romero rodeado de niños pobres en San Salvador.  (Foto/archivo)
En foto de archivo se observa a monseñor Óscar Arnulfo Romero rodeado de niños pobres en San Salvador. (Foto/archivo)

El anuncio de la canonización de monseñor Óscar Arnulfo Romero nos ha llenado de alegría y gozo puesto que en ella podemos ver un reconocimiento de la Iglesia Universal a la obra y el testimonio de vida de un pastor solícito que no vaciló en proclamar la verdad y la justicia del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Un heraldo por el respeto a la persona humana y la justicia para los más pobres, una constante en la vida y la predicación del beato Romero. Su constante clamor lo dirigió al cese de la guerra y al asesinato en una guerra civil que cobró la vida de miles de ciudadanos salvadoreños, entre ellos sus mismos sacerdotes y feligreses.

En una mala interpretación de su mensaje se trató de malversar su discurso por parte de adeptos a corrientes liberacionistas e izquierdistas, pero la misma relectura de la historia y la sabiduría de Dios se ha encargado de mostrar la pureza del mensaje evangélico que monseñor –como un discípulo de Cristo– anunció sin temer a arriesgar su propia vida. Hoy en la fe y en la esperanza podemos afirmar que el martirio de monseñor Romero se llevará a los altares porque su obra no fue de hombres, sino de Dios para los hombres, quien le hizo un instrumento suyo. Monseñor Romero predicó y afirmó lo que por más de cien años la Iglesia ha enseñado respecto a la justicia social, enseñanzas que están basadas e inspiradas en las enseñanzas de Cristo en la Sagrada Escritura. 

Estos acontecimientos llegan en un momento crucial para más de 320 mil personas amparadas por el TPS. Entre ellos, 270 mil salvadoreños que por muchos años han vivido formando sus familias, trabajando, contribuyendo a  la economía y al desarrollo de nuestra nación. El episcopado norteamericano ve con preocupación el cese de este amparo –en el año 2019– que está en contraposición del bienestar, el desarrollo humano y la unidad familiar de miles de personas que serían expuestas a una posible deportación.

Es muy importante leer entre líneas qué significa este momento para nuestros hermanos y hermanas salvadoreños. La canonización de su obispo Romero podría ser una oportunidad para leer el mensaje evangélico, que al final de la década de los setenta y en nombre del Salvador del Mundo, anunció a los más necesitados. El respeto por la persona humana, la familia, la juventud y la niñez son elementos básicos de una sociedad. Sin estos valores no puede haber futuro, ni mucho menos prosperidad. No olvidemos que nadie puede construir su bienestar y felicidad teniendo como cimiento a la angustia, el dolor y el sufrimiento de otros, de los que no tienen derechos, rostro o voz. Los más pobres de los pobres que desafortunadamente son nuestros hermanos invisibles. 

Los meses venideros serán momentos de fe, esperanza y amor en la presencia de Dios, donde todos estamos invitados a orar y a meditar respecto a los signos de los tiempos de los cuales hoy somos testigos. La Semana Santa está en nuestras puertas, son muchos los que se acercarán a nuestras parroquias para orar, unirse en las procesiones del Viernes Santo y celebrar la Pascua del Resucitado. Son días santos y de oración durante los cuales  podemos profundizar en la calamidad que podría venir sobre la vida de nuestra amada comunidad inmigrante. Jesús nos da la cruz como se la dio al mártir Romero y será necesario alzar nuestra voz en oración para que Jesús -quien escucha nuestra súplica humilde y sincera- derrame bendiciones y abra los caminos para todos aquellos que por décadas han vivido con sus familias en este país. Qué al contemplarles y conocerles –aquellos que tienen la responsabilidad de gobernar en justicia– se logre crear los caminos que contemplen una reforma migratoria integral. La misma que por décadas se les debe a quienes fueron acogidos a través de los años y han sido ciudadanos intachables en su comportamiento en esta sociedad. El futuro, solo Dios lo sabe, pero para quienes tenemos fe no es difícil entender que Dios no nos abandona y que -a la imagen de monseñor Romero- nos recuerda que oramos cuando recitamos el salmo 126: Quienes siembran entre lágrimas, cosecharán entre cantares. 
Con la invitación a hacer de nuestra Semana Santa una semana de intensa oración.