En procesión, feligreses de la parroquia Nuestra Señora Reina de las Américas cargan en andas la imagen del Señor de los Milagros. (Foto/Jaclyn Lippelmann)
En procesión, feligreses de la parroquia Nuestra Señora Reina de las Américas cargan en andas la imagen del Señor de los Milagros. (Foto/Jaclyn Lippelmann)

Durante el Triduo Pascual, la Iglesia reflexiona y vive el Misterio Pascual de Cristo, en la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor. Hay un acontecimiento que no podemos de ninguna forma ignorar, durante estos días santos, y es la violencia física que al Señor Jesús se le sometió en un castigo injustamente proporcionado, a quien no tenía ninguna falta.

El mundo de hoy por sus acontecimientos nos recuerda esta misma penosa circunstancia, cuando vemos que hay violencia proporcionada a seres totalmente inocentes. 

La violencia puede comenzar en el mismo hogar, cuando los niños son testigos de los conflictos y discusiones de los padres, la violencia doméstica deja heridas en las mentes y recuerdos de los menores que nunca se van a borrar. Esa violencia se vive también en las maras o pandillas que tratan de inculcar un odio hacia la sociedad a sus integrantes. 

La violencia escala cuando somos testigos de las grandes persecuciones y masacres que se han declarado a comunidades cristianas por parte de militantes radicales de otras religiones. Los ataques terroristas en diferentes sitios del mundo. Las matanzas en nuestras propias escuelas cobran a diario víctimas inocentes que son condenadas a muerte por el solo hecho de existir. 

El tráfico humano es también otro segmento de la violencia que arremete contra la dignidad de muchas personas y niños expuestos a una tortura diaria en su propia humanidad.

El panorama sangriento de un mundo altamente violento nos debe hacer reflexionar en estos días santos cómo ese rostro sangriento del crucificado se refleja en la vida de millones que han sido víctimas en manos de otros seres que no conocen el amor de Dios. 

La cruz es un mensaje de sufrimiento, pero a la vez trae un mensaje de salvación y de resurrección. 

La única forma que nosotros los cristianos tenemos para combatir la violencia de este mundo, es el de inspirarnos y comprometernos con el mensaje de la Cruz de Cristo que se crucificó por amor a la humanidad. Es el amor de Dios el que en últimas nos puede llevar a superar la violencia que a diario vivimos en nuestro medio ambiente.

El Viernes Santo, cuando celebramos la muerte de Nuestro Señor, vamos a besar la Cruz de Cristo, al hacer esto estamos diciendo que reconocemos su ofrenda de sacrificio, pero también es muy importante el comprometernos con esa cruz en el amor. Ser instrumentos de redención significa ser activistas de la paz. 

En las masacres, guerras , violencia doméstica o tráfico humano, todos pierden, allí no existe ganador porque todos se están autodestruyendo, siendo víctimas de fuerzas del pecado opuestas a la vocación de amor de todo hombre y que van en contra de la dignidad del ser humano.
Si Cristo nuestra Pascua vence a la muerte, es porque también vence al pecado, no hay resurrección sin cruz, ni mucho menos salvación sin la derrota del mal y del pecado. 

Movidos por nuestra vocación de hijos e hijas de Dios no vacilemos en entrar durante esta Pascua de Resurrección con la convicción de que Dios nos ha rescatado del mal, que nuestra oración es efectiva por la consecución de un mundo más humano, que nuestras obras son esenciales para que otros crean y se acerquen a Dios. Somos instrumentos, siervos del Mesías que vino a entregarse por nosotros para restituir lo que estaba perdido, es decir, nuestra salvación.

Oremos durante estos días y a lo largo de los próximos cincuenta días de la Pascua, para que sea Cristo quien confirmando la vocación a la cual hemos sido llamados en este mundo, por la fuerza de su Espíritu Santo nos haga conscientes de la gran responsabilidad de servir, amar y edificar a los otros mediante nuestras acciones, palabras y comportamientos.

El Señor les bendiga en esta Pascua de Resurrección, a la vez que les aseguramos nuestra oración en la Arquidiócesis de Washington por todos y cada una de sus intenciones.