Monseñor Mario Dorsonville (centro) celebra una misa especial en la parroquia San Camilo con una delegación de obispos salvadoreños, encabezada por el cardenal Gregorio Rosa Chávez y el arzobispo de San Salvador, monseñor José Luis Escobar Alas.  (Foto/Jaclyn Lippelmann)
Monseñor Mario Dorsonville (centro) celebra una misa especial en la parroquia San Camilo con una delegación de obispos salvadoreños, encabezada por el cardenal Gregorio Rosa Chávez y el arzobispo de San Salvador, monseñor José Luis Escobar Alas. (Foto/Jaclyn Lippelmann)

Esta semana una delegación de obispos salvadoreños, encabezada por el cardenal Gregorio Rosa Chávez y el arzobispo de San Salvador, monseñor José Luis Escobar Alas, visitaron la Arquidiócesis de Washington con la intención de realizar algunos encuentros de abogacía –por el TPS y los inmigrantes en Estados Unidos–  con congresistas,  funcionarios del Departamento de Estado y directivos de la Conferencia Episcopal de nuestra nación. Los señores obispos también sostuvieron un diálogo y se encontraron en oración con las diversas comunidades presentes en el área metropolitana de Washington.

Nos dejaron un mensaje claro y contundente: el de continuar fortaleciendo la unidad del pueblo inmigrante que es una bendición para la economía, el desarrollo cultural y religioso del país. Los inmigrantes son parte importante de la fuerza productiva que no solo contribuyen a la estabilización de los países de la región centroamericana, sino también son presencia y futuro para el desarrollo de nuestra sociedad norteamericana. Apelar a los principios y valores de Estados Unidos que favorecen la unidad familiar, el respeto al ser humano y la libertad son elementos fundamentales para entender el por qué la comunidad inmigrante necesita una reforma migratoria integral tan necesaria para su estabilidad.

Los obispos salvadoreños están muy preocupados por la situación de incertidumbre que miles, por no decir millones de seres humanos viven en un clima altamente antiinmigrante. El cardenal Rosa Chávez en su análisis de esta situación se preguntaba y dirigía esa pregunta en algún momento a una  comunidad inmigrante en el Distrito de Columbia: ¿Cómo sería un día en la capital si los inmigrantes no fuesen a sus trabajos? La  respuesta fue contundente, la ciudad estaría semiparalizada.

Pues bien, los queridos obispos nos dejan un mensaje de esperanza y fe, que para lograr los grandes cambios necesitamos acrecentar nuestra unidad. Debemos ser todos corresponsables del mañana de nuestros hermanos y hermanas inmigrantes. Eso es ser cristiano, eso es ser católico.

Por nuestra parte los obispos de Estados Unidos nos sentimos profundamente solidarios con nuestra amada comunidad inmigrante. Sabemos la necesidad de continuar orando y abogando por los que no tienen voz. Ese es el gran mensaje que el beato, pronto santo, arzobispo Romero le dejó a su propio pueblo de El Salvador, pero su mensaje ha traspasado fronteras y hoy su ejemplo de santidad en el amor al más necesitado e indefenso se convierte en un verdadero legado de fe para el hemisferio occidental.  

Tanto el cardenal Donald Wuerl, arzobispo de Washington, como el clero de esta Iglesia particular, los  religiosos y fieles, todos quedamos profundamente agradecidos por esta visita pastoral del Episcopado Salvadoreño. Esta visita continúa confirmándonos en la fe, abriendo caminos en la oración y en la acción y ratificando que la Iglesia es una en la diversidad de culturas y nacionalidades. Si queremos obtener lo que en justicia se les debe a miles de familias que han vivido y aportado por años al desarrollo de esta sociedad, debemos unir nuestras voces y sentirnos miembros de un país que nació de un mismo proceso de inmigración.

En el tiempo pascual oramos para que Cristo Resucitado continúe mostrando su amor y presencia por la misma acción de nuestras parroquias, líderes y miembros quienes son los instrumentos visibles de la acción misericordiosa -siempre presente en nuestra vida- del Señor Resucitado.