La Semana Nacional de las Escuelas Católicas se reserva cada año, a finales de enero, para que podamos celebrar nuestras escuelas católicas y expresar nuestra gratitud por su legado de excelencia. También pedimos durante este tiempo la bendición de Dios a nuestros constantes esfuerzos para mejorar y trabajar juntos a fin de que la educación católica florezca para las generaciones venideras, lleve la Buena Nueva de Jesús a nuestros jóvenes y les ayude a vivir una vida en el Espíritu.

Se nos invita una vez más a reflexionar sobre la naturaleza de las escuelas católicas como "Comunidades de Fe, Conocimiento y Servicio". Estos elementos temáticos están interrelacionados y cada uno es indispensable para la escuela como parte del ministerio de enseñanza de la Iglesia.

Las escuelas católicas son importantes porque aportan una visión de pertenencia a algo más grande que nosotros mismos –ellas trabajan para construir un sentido de comunidad en Cristo. Los estudiantes de las casi 100 escuelas católicas de la Arquidiócesis de Washington saben que ellos no están solos en alguna institución impersonal, sino que son miembros de una comunidad viva. Estudiantes y maestros, padres y administradores, personal de apoyo y colaboradores financieros –todos ellos se unen como una familia para ayudar a estos jóvenes a alcanzar el potencial que Dios les ha dado.

En estas casas, lejos de su hogar, los estudiantes aprenden a respetarse mutuamente, a convivir en una cultura de solidaridad en la que cada persona se preocupa por los demás y todos trabajan juntos mientras hacemos el viaje por la vida. Deseando lo mejor para nuestros jóvenes hermanos y hermanas, también insistimos en las becas y en el alto nivel académico por el que se conocen nuestras escuelas católicas. A través de los años, más de una veintena de escuelas católicas de la arquidiócesis han sido reconocidas con el Premio "Blue Ribbon" a la Excelencia Académica del Departamento de Educación de Estados Unidos.

La comunidad de nuestras escuelas católicas se basa en nuestra fe católica. A través de los ojos de la fe somos capaces de imaginar un mundo mejor, en el que la luz de Cristo brille en nosotros y en todo lo que hacemos en cada salón de clase, actividad escolar y programa de servicio.

Establecemos escuelas porque somos discípulos de Jesús y queremos que nuestros jóvenes también conozcan su amor. Las escuelas católicas son centros de fe que existen para la formación integral de la persona, incluida la dimensión de mayor importancia, la dimensión del espíritu, proporcionando un encuentro con lo trascendente, con Jesucristo, que es "el camino, la verdad y la vida".

Es precisamente debido a nuestra fe que nuestras escuelas son comunidades de conocimiento. Con el conocimiento y la comprensión de lo que es verdadero y bueno, nuestros jóvenes están preparados para enfrentar los retos de la condición humana y son libres para hacer lo que se debe hacer, no sólo lo que pueden hacer. Amarse unos a otros como Jesús nos ama es parte integral de este enfoque. Así, a través de todo el año, los estudiantes de las escuelas católicas tienen muchas oportunidades de servicio caritativo hacia los demás, especialmente los más pequeños entre nosotros, incluyendo el llegar a una comunidad más amplia y la recolección de alimentos y ropa para los pobres. El futuro de nuestra sociedad depende de la capacidad de todos nosotros de trabajar juntos para construir el bien común y servir a los necesitados.

Al celebrar la Semana de las Escuelas Católicas, también entendemos la necesidad de trabajar juntos para que las escuelas católicas, de las que nos sentimos orgullosos con razón, sigan  prosperando. Esto incluye ayudar a las familias que están haciendo sacrificios propios para dar a sus hijos una educación católica. En los últimos años, la arquidiócesis ha realizado esfuerzos de recaudación de fondos para ofrecer ayuda financiera por varios millones de dólares a través del Programa de Asistencia de Matrícula de la arquidiócesis. Millones más son proporcionados por otras fuentes, pero la necesidad sigue siendo superior a lo que somos capaces de ofrecer a los padres que quieren enviar a sus hijos a una escuela católica.

La elección de los padres en la educación es un derecho fundamental, incluyendo la elección de nuestras escuelas católicas. Al recordar la Declaración del Concilio Vaticano II sobre la Educación Cristiana, tenemos que escuchar de nuevo su declaración clara de que las autoridades públicas tienen la obligación, como una cuestión de justicia distributiva, de proporcionar una distribución equitativa de los fondos que todos pagamos en impuestos para la educación, de modo que los padres sean verdaderamente libres de tomar esta decisión educativa (Gravissimum educationis, 6).

Por lo tanto, es importante apoyar la reautorización y la financiación completa del exitoso Programa de Becas de Oportunidad del DC, así como la propuesta del Crédito Tributario para la Educación, de Maryland. El beneficio público de iniciativas como esas, ya probadas y aprobadas constitucionalmente, no puede ser exagerada. Ellas hacen posible una educación de calidad que cierra las brechas de aprendizaje y permite a los niños convertirse en miembros productivos de la sociedad.

Mirando hacia el futuro, aunque siempre habrá desafíos, debemos hacerlo con esperanza, confianza y entusiasmo, sabiendo que en nuestras escuelas católicas les damos a los educandos algo que nadie más les puede dar. Estas comunidades de fe, conocimiento y servicio ofrecen una mejor vida ahora y en el mundo por venir, no sólo para los estudiantes, sino para todos aquellos cuyas vidas han sido tocadas por el buen ejemplo, las buenas obras y la fe de nuestros graduados.

-Columna publicada el 22 de enero del 2015