La Sagrada Escritura nos habla de la necesidad de estar abiertos a la Palabra de Dios a medida que ella se aplica a nuestras vidas. Para hacer eso, debemos apreciar cómo nos llega esa Palabra.

En el libro de Deuteronomio, por ejemplo, se nos dice que Dios escogió a Moisés para hablarle a su pueblo, pero luego prometió que él levantaría para ellos en el futuro a otro gran maestro que nos diría todo lo que Dios nos pide (18,15-20). Además, en los Salmos oímos: "Si hoy escuchan su voz, no endurezcan sus corazones" (95, 7-8). Este es un recordatorio para que nosotros estemos siempre abiertos a la Palabra de Dios y reconozcamos nuestra capacidad para lograr grandes cosas.

El Evangelio según san Marcos nos dice que Jesús es el enviado de Dios. Él es el que enseña con autoridad (Marcos 1,21-28). Si escuchamos su voz, debemos abrir nuestros corazones. Sus palabras dan sentido y dirección a nuestra vida. A su vez, el Señor nos envía a hacer presente la vida y el amor de Cristo Resucitado y su Evangelio transformador.

Una parte importante de las enseñanzas de Jesús es que debemos escuchar el desafío de que nos preocupemos los unos por los otros. El Señor oye los gritos de los pobres y así debe hacerlo su Iglesia. Al proclamar el reino de Dios, Jesús hizo más que solo invitarnos a su reino de amor, de gracia y de vida en el Espíritu Santo. Nos damos cuenta de que Dios nos dice que nosotros realmente podemos manifestar su reino entre nosotros. Este es el único desafío de la vida cristiana. Tenemos el poder de ayudar a hacer  realidad el reino de Dios, comenzando aquí y ahora.

¿Como sucede esto? A través de nuestras obras de caridad, nuestras obras de amor, nuestras obras de cuidado y compasión. Cada año hablo sobre la Campaña del Cardenal y les pido que me ayuden, ya que juntos tratamos de hacer que sucedan cosas buenas. No somos espectadores en la elaboración del plan de Dios. Somos participantes reales y la Campaña ofrece una manera para que todos ayudemos a producir un mundo de compasión, cariño, misericordia y amor. Nuestra esperanza es que nuestra bondad nos ayude de hecho a merecer, como nos dice el Evangelio, entrar en el reino de los cielos.

Cada año, los fieles de la Iglesia de Washington   han respondido generosamente el fin de semana de compromiso, a través del sitio web appeal.adw.org o de alguna otra manera para permitir que esta Iglesia, trabajando todos juntos, haga lo que individualmente o incluso como parroquia quizás no podamos hacer.

Entre las buenas acciones que su generosidad permite están: el apoyo a Caridades Católicas y su alcance a más de 140.000 personas cada año; la supervisión y dirección de la educación católica y la asistencia de matrícula a cientos de estudiantes en nuestras escuelas católicas; capellanes en nuestros hospitales, centros de detención y recintos  universitarios, y, de una gran importancia, nuestro programa de formación sacerdotal y el seminario para más de 75 futuros sacerdotes.

La lista sigue y podría continuar, pero lo importante es que juntos simplemente renovemos nuestro compromiso como una comunidad de fe, como la Iglesia de Cristo aquí en la Arquidiócesis de Washington, respondiendo una vez más a los necesitados.

"Durante estos dos mil años, cuántas páginas de la historia han sido escritas por cristianos que con total sencillez y humildad y con caridad generosa y creativa, han servido a sus hermanas y hermanos más pobres", señaló el papa Francisco afirmando: "Bienaventuradas las manos abiertas que abrazan a los pobres y los ayudan: son manos que traen esperanza. Bienaventuradas las manos que traspasan todas las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad, y derraman el bálsamo del consuelo sobre las heridas de la humanidad" (Mensaje para el Primer Día Mundial de los Pobres 2017).

Al agradecerles todas las formas en que puedan ayudar, les prometo mis oraciones por ustedes y les pido sus oraciones por mí. Qué Dios los bendiga.