Al comenzar un Año Nuevo en el calendario civil, la Iglesia nos eleva a la Santísima Virgen María, Madre de Dios, que inició un nuevo comienzo para toda la humanidad y cuya "alma proclama la grandeza del Señor" (Lucas 1: 46). "Cada vez que  miramos a María", ha dicho el papa Francisco, "llegamos a creer una vez más en la naturaleza revolucionaria del amor y la ternura" (Evangelii Gaudium, 288).

Cuando María dijo "sí" a Dios: "Hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1:38), ella nos dio a nuestro Salvador Jesucristo, Dios que ha venido a habitar entre nosotros y que sigue viviendo en el mundo. ¡Qué regalo es su fe para nosotros y para toda la familia humana! 

La Encarnación de la Palabra cambió todo: Dios se hizo uno con nosotros para que pudiéramos tener vida eterna gracias a su fiel respuesta a él. Además, gracias a María, el Señor está presente en el mundo  de hoy en su cuerpo místico, la Iglesia, que también la ve a ella como nuestra madre.

Con preocupación maternal, María, la Madre de Dios que también es Madre de la Iglesia, nos cuida y nos acompaña en nuestro peregrinaje. Así como "pudo convertir un establo en un hogar para Jesús, con pañales, en pobreza y una gran cantidad de amor", enseña el papa Francisco, María puede transformar nuestra humanidad empobrecida con su amor abundante. "Como verdadera madre que comprende todos nuestros dolores, Ella se acerca a nosotros y nos acompaña durante toda la vida” ."Ella comparte nuestras luchas y nos rodea constantemente con el amor de Dios" (Evangelii Gaudium, 286).

No es de extrañar que la gente tenga tanto afecto por esta humilde mujer de Nazaret, levantando magníficas iglesias en su nombre, como la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción con su cúpula central recién inaugurada, y llamándola por una letanía de nombres y títulos: Madre de Dios, Madre de la Iglesia, Madre de Misericordia, Reina del Cielo, Reina de la Paz, Ayuda de los afligidos, Espejo de Justicia, Rosa Mística, Estrella de la Mañana, Nuestra Señora, Patrona de Estados Unidos y de todas las Américas, y mucho más. En toda esta alabanza, acudimos a ella en busca de consuelo, inspiración y fortaleza, sabiendo que ella siempre nos conducirá amorosamente a Jesús.Nuestra Santísima Madre es también el modelo supremo de lo que nuestra fe debería ser. Nosotros deberíamos querer tener la misma fe que ella que creyó que "nada será imposible para Dios" (Lucas 1:37), y poder decir "sí" a Dios todo el tiempo. Si todos cooperamos plenamente con el poder y la gracia de Dios, como María, imaginemos toda la luz y el amor que habría en el mundo.