El ascenso de la jueza Sonia Sotomayor a la Corte Suprema, como la primera hispana en esa institución, es “un ejemplo de que en Estados Unidos las puertas de la oportunidad deben estar abiertas para todos”. Con estas palabras, el presidente Barack Obama congratuló y celebró este histórico y “extraordinario momento”, en la Casa Blanca, en presencia de la jueza Sotomayor, sus familiares, activistas, congresistas, su gabinete y jueces de la Corte Suprema.

Aunque suene a perogrullada, al presidente Obama no le falta razón cuando señala que éste es un gran momento para nuestra nación, el mismo que refuerza la firme andadura de una Unión cada vez más fuerte e inclusiva, amén de precisar el gran impacto que el logro de la jueza Sotomayor tendrá en el imaginario colectivo de la nación: su excepcional historia de vida, más allá de ser una genuina inspiración, es un paradigma digno de emular por nuestra juventud. En ella celebramos no solo el esfuerzo, la tenacidad y la constancia por educarse, sino también la imperativa necesidad de caer en la cuenta que solo educándonos podremos acceder a un abanico de oportunidades algunas veces inimaginables.

Estados Unidos es una nación única fundada sobre los cimientos de una idea abstracta: el de igualdad y de oportunidad. En ese sentido, la jueza Sotomayor es por antonomasia la historia misma de ese país equitativo y generoso en las oportunidades que todos queremos. El camino no ha sido ni es fácil, mas continuemos, sin prisa, pero sin pausa, esa andadura con la certeza de que el camino se hace al andar. Ver a la boricua Sonia Sotomayor instalada como uno de los miembros vitalicios de la Corte Suprema de EEUU nos llena de orgullo. Hemos ascendido un escaño más y sorteado otro obstáculo que ha abierto más la puerta de las oportunidades para todos. Las palabras de gratitud de la jueza, al defender las libertades y derechos consagrados en la Constitución, son elocuentes: “La fe de esta nación en una Unión más perfecta es la que permite que una chica puertorriqueña del Bronx esté parada acá ahora”.

El periplo de Sonia Sotomayor (55) a la Corte Suprema de EEUU se inició el pasado 26 de mayo cuando el presidente Obama, a quien agradeció “de corazón”, depositó en ella su confianza al nominarla al cargo que dejó vacante el juez David Souter. Durante las audiencias públicas y el voto para su confirmación, Sotomayor mostró la madera de la que está hecha y el por qué -el pasado 6 de agosto- fue confirmada con 68 votos a favor -todos demócratas más 9 republicanos- y 31 en contra -todos republicanos- a una de las más altas magistraturas del país. Ella tiene una experiencia jurídica de más de 17 años, más que cada uno de los jueces que integran la actual Corte Suprema en el momento que fueron nominados.

Durante las audiencias públicas, Sotomayor dio una magistral lección de dignidad y sobre todo de cómo navegar en un sistema hostil donde muchas veces el que ‘luce diferente’ no es considerado como parte del ‘establishment’. Sin perder su serenidad, ni la compostura de la que hizo gala, disipó los nubarrones de la duda que sus detractores trataron de endilgarla a un risible e injustificado ‘activismo político’. En clara respuesta, Sotomayor reiteró una vez más, esta vez en la Casa Blanca, su promesa de que, en su nuevo cargo, se conducirá “con igualdad, sin importar cómo luce una persona, de dónde viene o si es rica o es pobre”.

En suma, Sonia Sotomayor, quien juramentó formalmente al cargo el sábado pasado y quien será investida en una ceremonia especial el próximo 8 de septiembre en una sesión de la Corte Suprema, ha llegado a la Corte por sus propios méritos superando muchos retos y la adversidad: de origen humilde: hija de padres puertorriqueños, perdió a su padre a los nueve años, y criada en una vivienda pública del barrio neoyorquino del Bronx logró educarse en las prestigiosas universidades de Yale y Harvard. Su vida es un “ejemplo para futuras generaciones”, especialmente para los niños y las niñas quienes -parafraseando al presidente Obama- se dirán a sí mismos: “Si Sonia Sotomayor puede lograrlo, entonces quizá yo también”. (Rafael Roncal)