(En sentido horario) 
Logo de la JMJ 2011. Grupo panameño. Delegación de jóvenes hispanos. Niños de otras partes del mundo. Entusiastas jovencitas 
hispanas. Chicas de Zimbawue.(Fotos/Tomás Del Valle-Reyes)
(En sentido horario) Logo de la JMJ 2011. Grupo panameño. Delegación de jóvenes hispanos. Niños de otras partes del mundo. Entusiastas jovencitas hispanas. Chicas de Zimbawue.(Fotos/Tomás Del Valle-Reyes)
Estamos tan acostumbrados a la inmediatez que cuando nos encontramos con fenómenos de masas como son la concentración de jóvenes más importante en los últimos años, nos preguntamos qué es eso y cuando empezó.

La historia nos recuerda que todo empezó en una provincia marginal del poderoso imperio romano. Hace dos milenios, un grupo de jóvenes, llenos de decepciones y frustraciones, buscaban algo o alguien que les ilusionara que les llevara a cambiar su mundo. Sus nombres denotaban ese deseo de búsqueda de sus raíces y de su identidad: Simón, Jacob, Judas Natanael, eran algunos de ellos. En su quehacer diario, se encontraron con alguien que les ilusionó, que les hizo nacer en sus corazones las esperanzas de cambio, las ganas de construir un mundo mejor, un mundo donde no fueran esclavos, un mundo de libertad, de ilusión por vivir.

Al principio no eran capaces de ponerse de acuerdo. Hubo uno que llevaba la voz cantante. Poco a poco fueron cayendo en su punto y transformaron el mundo. Fueron doce más un montón que les siguieron.

Han pasado veinte siglos de aquella primera aventura de jóvenes que desearon cambiar le mundo. Con ilusiones y esperanzas, con penas y tristezas nos dieron pautas para soñar, para vivir, para transformar el mundo. Ellos, unos simples trabajadores y empleados oficiales, transformaron el todopoderoso Imperio Romano. Hoy, veinte siglos después, vemos que su trabajo, su ilusión no fueron vanas.

CONSTRUYAN UN MUNDO MEJOR

En la década de los sesenta del pasado siglo, hubo todo un movimiento de renovación y lucha. La sociedad, la Iglesia y todas las instituciones salían de una etapa en la cual la sangre el sudor y las lágrimas habían impedido crecer y habían sembrado de tristeza y desilusión la vida de generaciones enteras. Surgió un hombre sencillo, libre, que había sufrido en sus carnes el rigor de la Gran Guerra, las divisiones y sufrimientos de la dominación de ideologías negadoras de la vida y la dignidad humana. Era un hombre abierto a la trascendencia, a Dios, un joven de 80 años quien pensó que el mundo estaba viviendo una de sus etapas más difíciles y, a la vez, más esperanzadoras. Decidió convocar a las fuerzas vivas de la Iglesia para renovarla, para prepararla para los retos del tercer milenio ya próximo. Al final de aquella magna asamblea, nos dio la clave por la cual la comunidad creyente debía luchar: construir un mundo mejor:

Es a ustedes, los jóvenes de uno y otro sexo del mundo entero, a quienes el Concilio quiere dirigir su último mensaje. Porque son ustedes los que van a recibir la antorcha de manos de sus mayores y a vivir en mundo de gigantescas transformaciones. Son ustedes los que, recogiendo lo mejor del ejemplo y de las enseñanzas de sus padres y de sus maestros, van a formar la sociedad de mañana; se salvarán o perecerán con ella.

La Iglesia, durante cuatro años, ha trabajado para rejuvenecer su rostro, para responder mejor a los designios de su fundador, el gran viviente, Cristo, eternamente joven. Al final de esa impresionante «reforma de vida» se vuelve a ustedes. Es para ustedes los jóvenes, sobre todo para ustedes, porque la Iglesia acaba de alumbrar en su Concilio una luz, luz que alumbrará el porvenir.

La Iglesia está preocupada porque esa sociedad que van a constituir respete la dignidad, la libertad, el derecho de las personas, y esas personas son ustedes.

Está preocupada, sobre todo, porque esa sociedad deje expandirse su tesoro antiguo y siempre nuevo: la fe, y porque sus almas se puedan sumergir libremente en sus bienhechoras claridades. Confía en que encontrarán tal fuerza y tal gozo que no estarán tentados, como algunos de sus mayores, de ceder a la seducción de las filosofías del egoísmo o del placer, o a las de la desesperanza y de la nada, y que frente al ateísmo, fenómeno de cansancio y de vejez, sabrán afirmar su fe en la vida y en lo que da sentido a la vida: la certeza de la existencia de un Dios justo y bueno.

En el nombre de este Dios y de su hijo, Jesús, les exhortamos a ensanchar sus corazones a las dimensiones del mundo, a escuchar la llamada de sus hermanos y a poner ardorosamente a su servicio sus energías. Luchen contra todo egoísmo. Niéguense a dar libre curso a los instintos de violencia y de odio, que engendran las guerras y su cortejo de males. Sean generosos, puros, respetuosos, sinceros. Y edifiquen con entusiasmo un mundo mejor que el de sus mayores.

La Iglesia les mira con confianza y amor. Rica en un largo pasado, siempre vivo en ella, y marchando hacia la perfección humana en el tiempo y hacia los objetivos últimos de la historia y de la vida, es la verdadera juventud del mundo. Posee lo que hace la fuerza y el encanto de la juventud: la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas. Mírenla y verán en ella el rostro de Cristo, el héroe verdadero, humilde y sabio, el Profeta de la verdad y del amor, el compañero y amigo de los jóvenes. Precisamente en nombre de Cristo les saludamos, les exhortamos y les bendecimos.

Estas palabras fueron dichas por los obispos y por el Papa hace 46 años. El 8 de diciembre de 1965. Ellos nos lanzaron un reto que sigue siendo actual: construir un mundo mejor del que hemos recibido de nuestros mayores

JORNADAS DE LA JUVENTUD

Al anciano joven de 82 años, campesino, diplomático, pastor y papa, pero sobre todo un hombre siempre joven, Angelo Giuseppe Roncalli, conocido como el Papa Bueno, Juan XXIII, sucede un hombre inquieto, envuelto en la duda y en el reto de la nueva humanidad, Pablo VI y, luego, tendremos la síntesis de ambos, un actor de teatro que llegó a Papa y que supo combinar lo mejor de ambos mundos. El escenario para él lo fue el mundo entero. Desde allí supo arengar, alentar, gritar y decirnos que abriéramos las puertas de nuestras vidas a Cristo, el Eternamente Joven. Y decidió convocar cada dos años a los jóvenes, los constructores de una nueva humanidad. A esos jóvenes, cariñosamente llamados los “Papa Boys” les quiso repetir “No tengan miedo, abran sus corazones a Cristo”. Durante más de veinte años convocó a los jóvenes. En Roma, en Manila, en Denver, en Santiago de Compostela… Y apartado de nuestra vida, el sucesor, el querido profesor Ratzinguer, convoca a sus Papa Boys, a aquellos jóvenes a quienes se pide que sean generosos, puros, respetuosos, sinceros. Y edifiquen con entusiasmo un mundo mejor que el de sus mayores

MADRID 2011

“Bienvenidos jóvenes, esperanza y futuro de la Iglesia!” Con estas cálidas y acogedoras palabras del cardenal arzobispo de Madrid se dio comienzo, el martes 17 de agosto, a la Jornada Mundial 2011, cuyo lema “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la Fe” se va a ir reflexionando, actualizando y fortaleciendo en los casi dos millones de jóvenes que han invadido Madrid. Los jóvenes son siempre una sorpresa. Es impresionante ver las calles, los parques, las casetas con libros, conferenciantes, llenos de jóvenes. De América Latina han llegado jóvenes cuyo número se calcula en 500,000. Hay representantes de lugares tan remotos como Australia, Singapur o Zimbabue.

Los obispos de Estados Unidos, que se han involucrado con intensidad, han contratado un estadio cerrado, el Palacio de los Deportes de Madrid, donde en sucesivas jornadas atienden a los cerca de 25,000 jóvenes llegados de Estados Unidos. Cien obispos, tres cardenales, varios arzobispos y cientos de sacerdotes están acompañando a estos jóvenes que son el futuro de la Iglesia en Estados Unidos

Madrid vive un ambiente de alegría, de fe, de juventud. Son los jóvenes quienes nos recuerdan el lema de la generación de los sesenta: “Seamos consecuentes, pidamos lo imposible”. Ellos están haciendo realidad ese imposible de alegría y fe que nace de un corazón en búsqueda de Dios. Son los papa boys de Benedicto XVI, el Papa de Facebook, Twiter e Internet. El anciano profesor que conoce a sus alumnos.