Muchas de nuestras preocupaciones surgen de problemas relacionales como la sospecha, la frustración, la soledad, la polarización y la desconfianza. Al reflexionar sobre nuestros problemas cotidianos, a menudo visualizamos nuestra sociedad como un conjunto de individuos enfrentados a dificultades para coexistir y colaborar. Por ello, subrayamos la importancia del diálogo y la construcción de puentes: acciones esenciales que debemos llevar a cabo.
Aquí radica el meollo del asunto: existe un eslabón perdido entre el esfuerzo de trabajar juntos y la verdadera experiencia de pertenencia, confianza y legitimidad. A menudo pasamos por alto no solo la conectividad, sino también la estructura social que da forma, propósito y un sentido de identidad a nuestras acciones conjuntas. Nuestro país, como toda nación, no es simplemente un espacio ocupado por personas, sino también por instituciones. Con frecuencia, descuidamos la promoción del sentido de pertenencia y confianza en estas entidades. Más que problemas de conectividad, enfrentamos deficiencias a nivel institucional. Por eso, para entender la crisis que nos abruma, es imperativo considerar nuestras instituciones en función de lo que son y de lo que hacen.
Lo más relevante de una institución, lo que realmente la distingue, es su estructura. Una institución es un conjunto de personas organizadas para avanzar hacia un objetivo común. Ergo, es también formativa; redefine nuestra identidad, moldea nuestros hábitos, expectativas y carácter. El papel formador de las instituciones está íntimamente relacionado con cómo enfrentamos la crisis actual. Muchas veces, cuando pensamos en instituciones, lo hacemos desde la perspectiva de la pérdida de confianza en los poderes del Estado, los partidos políticos, el sistema judicial y los medios de comunicación. Hemos experimentado una alarmante desconfianza hacia nuestras principales instituciones, que tienen roles cruciales en nuestra sociedad, como hacer cumplir las leyes, educar a los niños y servir a los más vulnerables. Ellas logran estos objetivos mediante la colaboración de sus miembros, formando a las personas para que asuman y cumplan responsabilidades de manera efectiva y confiable.
Creemos en las instituciones cuando demuestran la ética necesaria para que sus miembros sean más confiables y abordan con seriedad los temas de interés público. Confiamos en nuestras fuerzas militares y policiales cuando cumplen su deber de defender al país y garantizar la seguridad ciudadana, formando a hombres y mujeres comprometidos. Nuestra confianza en los negocios radica en su promesa de calidad e integridad, así como en el cumplimiento de estas. Valoramos a nuestras escuelas y universidades cuando priorizan la cultura del aprendizaje y la formación de los estudiantes. Los medios de comunicación ganan nuestro respeto cuando brindan información honesta, imparcial y precisa. Perdemos la fe en las instituciones cuando dejan de formar y guiar éticamente a las personas, o cuando quienes las dirigen buscan más nuestra atención que nuestra confianza, utilizando las instituciones como trampolín para satisfacer sus ambiciones personales.
A menudo sentimos la tentación de destruir nuestras instituciones, creyendo que solo los outsiders podrán salvarnos. Sin embargo, lo que realmente necesitamos son más insiders institucionalistas que trabajen para construir un marco de aceptación de responsabilidades y deberes institucionales. Aquellos que se presentan como críticos –los supuestos outsiders– suelen limitarse a quejarse. Por lo tanto, los que detentan el poder deben resistir la tentación de verse como outsiders; la mayoría no lo hace y termina poniéndose por encima de las instituciones, lo que contribuye a su debilitamiento progresivo.
Debemos actuar de acuerdo con las obligaciones y limitaciones de las instituciones que nos forman, protegen y empoderan. Es esencial que las habitemos, las apreciemos, las cuidemos y las reformemos cuando sea necesario, reconociendo que somos moldeados por ellas. Debemos preguntarnos no solo qué queremos de las instituciones, sino también qué podemos hacer por ellas para generar un cambio significativo. Este es un evidente activismo que promueve nuestra presencia y permite hacer política desde la ciudadanía. Solo así podremos entender y sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.
