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Amar con los ojos abiertos

El sol se pone tras los rascacielos y el horizonte de Nueva York en una fotografía de archivo. EFE/Alba Vigaray

En 1826, a punto de morir, Thomas Jefferson escribió su última carta para celebrar el cincuentenario de la independencia. Proclamó que nadie nace con una silla de montar sobre la espalda ni con espuelas para cabalgar a los demás “por la gracia de Dios”. Lo escribió desde Monticello, una plantación de esclavos. Para el historiador Dominic Erdozain, en To Love a Country, ahí está el problema del patriotismo: una teoría grandiosa sobre el país que sirve para absolver sus contradicciones presentes. Erdozain sostiene que el nacionalismo agresivo de hoy, a 250 años de la independencia, no es una aberración, sino la culminación de fuerzas latentes desde el principio: una “guerra” entre una teoría política de la igualdad y un impulso más visceral de dominio.

Esa tensión se oyó con meridiana claridad en la catedral de San Mateo Apóstol, en Washington, durante la misa por el 112º Día Mundial de los Migrantes y Refugiados. El cardenal Robert W. McElroy, arzobispo de la capital, acusó al país de haber elegido, durante el último año y medio, el papel del sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano: ver al herido y cruzar de vereda. En su homilía, “Pasamos de largo”, describió una normalización gradual: primero se aceptó que la ley migratoria se concentrara en la frontera y en los delitos graves; luego vinieron las redadas en campos agrícolas y escuelas. Subrayó, además, que más de un millón de personas admitidas legalmente por asilo o por el Estatus de Protección Temporal están siendo deportadas sin haber violado norma alguna. Para el cardenal, el motivo no es el cumplimiento de la ley, sino un deseo de excluir al inmigrante.

Ese cuadro ilustra lo que Erdozain describe como un patriotismo que estima al Estado por encima de la persona. Liam Ramos, de cinco años, fue detenido con su disfraz de Spider-Man y su gorro de conejo azul. Un juez federal ordenó su liberación y citó el Evangelio: “Jesús lloró”. Ninguna teoría sobre la grandeza nacional puede explicar esa imagen. La historia ofrece una coincidencia elocuente: dos Emmas. Emma Lazarus escribió los versos que invitan a recibir a “los cansados” y “los pobres”. La inmigrante Emma Goldman defendió ante un jurado, en 1917, otro patriotismo: el del hombre que ama a una mujer “con los ojos abiertos”, que se deja encantar por su belleza, pero ve sus defectos. Ella fue deportada a Rusia en 1919. El país que predicaba la igualdad expulsó a quien se la reclamaba.

La paradoja de Erdozain es que Estados Unidos tendrá que volverse menos patriota para recuperar lo verdadero y bello de su credo. El cardenal invoca a Moisés, que pide a Israel recordar que también fue esclavo y extranjero en tierra ajena. Amar a un país con los ojos abiertos es recordar de dónde se viene, no cantar su gloria.

El epílogo de To Love a Country propone un modelo: John F. Kennedy, que supo detenerse ante el fanatismo de sus propios generales. En su discurso en la American University sostuvo que “ningún Gobierno o sistema social es tan malvado como para que su gente deba ser considerada carente de virtud”. Su lección sirve también para el debate migratorio: quien reduce a millones de personas a una amenaza ha dejado de verlas.

Queda lo más difícil: ¿qué hacer? El cinismo no es una política, y tampoco lo es la ironía. El movimiento de derechos civiles triunfó porque los ciudadanos marcharon también en las aulas, en las reuniones de los condados, en las escuelas de leyes y en las urnas. Por eso McElroy pidió a los católicos presionar, o incluso reemplazar, a los representantes que toleren la injusticia. Y hace falta memoria. ¿Cómo pueden los jóvenes saber adónde van si nunca aprenden de dónde vienen? Enseñar a los hijos la historia, incluida la de los inmigrantes que construyeron este país, es buscar las huellas del viejo camino antes de que la maleza lo cubra.

En el 250º aniversario de su independencia, Estados Unidos no necesita menos amor, sino un amor que mire de frente. Hoy la promesa de Jefferson se prueba en el rostro de un niño vestido de Spider-Man. El patriota que se atreva a mirarlo, y a no pasar de largo, es el que de verdad ama a su país.



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