En un mundo donde los niveles de pertinencia son cada vez más inestables, los líderes tienen un papel capital en la formación de los demás y en la elaboración de una acción inmediata que salga al frente de la inevitable pregunta: ¿A dónde vamos? Ahora que iniciamos un nuevo año es un buen momento para reflexionar –en el seno de nuestros hogares, en nuestra comunidad y en nuestros círculos de influencia– todo lo que logramos juntos sin perder de vista que por encima del creciente ‘ruido’ nuestra fe imperecedera en la familia es la brújula que nos conducirá a buen puerto. No es un pecado ignorar algo, mas sí una negligencia el no querer ‘ver’ y ‘saber’ lo que pasa en nuestra ‘aldea global’, donde el desinformado no es el que ignora algo, sino el que cree saber cuándo lo que replica y dice se basa en prejuicios y estereotipos, claro está que ‘no hay mayor dificultad que la poca voluntad’, vale decir, aunque no hay obstáculos para saber algo, los crea el poco deseo de saber y el nefasto facilismo de las medias verdades.
Amén de lo señalado, la formación y educación de nuestros jóvenes es un imperativo que no debe ni puede postergarse. Si no lo hacemos, ellos serán presa fácil de sus ‘circunstancias’, una nave al garete. Insistamos con determinación –este 2026– en todo lo que nos une y muestra la madera de la que estamos hecho: en la manera cómo celebramos nuestras festividades religiosas, cómo cumplimos con nuestros compromisos y en nuestra buena voluntad de servir a la Iglesia y a nuestra comunidad, con la certeza de que nuestros sueños serán una realidad si caminamos juntos y nos entregamos a la acción con energía, firmeza y ganas de hacer del hoy el mañana. Los paradigmas son fundamentales, de allí la vital necesidad de formar y alentar a nuestros jóvenes a educarse y a poner en práctica sus talentos.
El papa Francisco nos mostró que la levadura del ejemplo reside en la intención de cambiarse a uno mismo toda vez que todos tenemos algo o mucho de fariseos: parecer y no ser, decir y no hacer. Ahora que en muchos lugares en nuestro país se ha perdido el sentido de hospitalidad hacia los extranjeros, sería bueno que subrayáramos lo que Francisco nos recordaba: Jesús, quien vino hacia nosotros, vivió la realidad cotidiana de la gente común, lloró y sufrió la traición de un amigo. Acompañar a Cristo requiere un ‘salir’ de nosotros mismos y no ‘contentarse con permanecer en el recinto de las noventainueve ovejas, significa ‘salir’ a buscar con Él ‘la oveja perdida, la más lejana’. Ser ese fermento en la masa es el liderazgo que nos pidió Francisco, no solo ser ‘chicos buenos’, sino hombres que hagan la diferencia en un mundo indiferente a la pobreza y al ‘olor de la oveja’.
El liderazgo conlleva un ‘ser para’ los demás en un mundo secularizado, donde no se trata de buscar culpables, sino de vivir nuestra fe sin temor y sin acobardarnos, con la alegría y entusiasmo de un constante nuevo amanecer. Si algo enseña la historia es que no se puede construir un país unido incitando la cólera de la gente o explotando sus temores, que la mejor manera de ser libre es asegurando la libertad de los demás, que la mejor manera de asegurar nuestra fe es compartiéndola y que la mejor manera de asegurar nuestra esperanza es creando esperanza para los demás. Los jóvenes, pues, tienen ante sí el inmenso reto de forjar una ‘cultura del encuentro’ y de construir un mundo mejor del que han recibido de sus mayores.
(‘I am captain of my soul, master of my fate / Soy el capitán de mi alma, dueño de mi destino’)
