A medida que nos adentramos en el nuevo año y nos acercamos al comienzo de la Cuaresma, he estado reflexionando sobre algunas de las cosas que he aprendido a lo largo de los años sobre el ministerio, el sacerdocio, el servicio y Dios. En concreto, he estado pensando en cinco principios que intento practicar cada día y espero que otros lo hagan también.
Estos principios son míos, aunque no creo que haya gran sabiduría en ellos, pero he descubierto que son una buena guía para mí. Por eso comparto con ustedes estas cinco ideas básicas con la esperanza de que también sean útiles para ustedes.
Procura decir “sí” cada vez que puedas y decir “no” solo cuando tengas que hacerlo. En términos sencillos, este principio me guía en todo lo que hago. Decir que sí a los demás es una forma de amar y servir al prójimo.
También me parece que recibes una reacción muy diferente cuando lo haces. A todos les encanta escuchar la palabra “sí”, porque abre la comunicación y la relación. Por el contrario, la palabra “no” aleja a la gente y puede ser una barrera para la relación, sobre todo si la otra persona siente que uno no está interesado ni siquiera en tratar de atender su petición.
A veces tenemos que decir “no” porque es la respuesta correcta, y no quiero sugerir que digamos “sí” a cosas que la Iglesia no apoya. Lo que sugiero es que decir “sí” siempre que sea posible es una forma pastoral de tratar con las personas y los problemas. Piensa en lo diferente que sería nuestro mundo si todos tratáramos de encontrar la manera de decir que “sí” a cualquier cosa que nos pidan. María dijo “sí” a Dios y el mundo entero empezó a cambiar.
Un “sí” puede abrir muchas puertas. Cuando digas “sí”, tal vez te sorprenda descubrir que no has abierto una sola puerta, sino muchas otras.
En Caridades Católicas lo expresamos de forma un poco diferente, pues decimos “no hay puertas cerradas”. Cuando la gente acude a nosotros en busca de comida puede encontrarse rápidamente en uno de nuestros programas de búsqueda de empleo. Cuando alguien nos pide ayuda para acceder a una vivienda, el “sí” que le damos puede llevarle a recibir una atención médica o dental muy necesaria. Aquellos que piden auxilio para resolver problemas personales o familiares a menudo entran por una puerta que los lleva a recibir consejería y apoyo en alguno de nuestros programas de salud mental.
Todo comienza con ese primer “sí”. Luego se abren otras puertas y la vida de las personas va cambiando. Sinceramente, creo que las instituciones sin fines de lucro en general deberían hacer todo lo posible por abrir más puertas. Creo que a veces nos limitamos a dar soluciones de “parche curita” para tratar el síntoma y no llegamos a la “cirugía” para tratar más a fondo el problema. Lo que deberíamos hacer es buscar todos los medios posibles para ayudar a cada persona a lograr soluciones permanentes para su vida, no solo por un día, una semana o incluso un mes.
¿Qué ha pasado con el gris? Uno de mis amigos abogados me hizo esta pregunta el año pasado y es más importante de lo que parece a primera vista.
Vemos que en este momento el mundo trata de polarizar las cosas, de modo que todo sea blanco o negro, lo uno o lo otro, lo correcto o lo incorrecto. Esta tendencia parece estar en todas partes, desde la política hasta la Iglesia. El peligro es que todo lo vemos desde nuestra propia perspectiva con poco o ningún respeto por las opiniones o pensamientos divergentes. De hecho, no pocas veces despreciamos o descartamos las opiniones contrarias.
Todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, pero la verdad es que todos somos diferentes. Hace poco leímos en la misa dominical que “El cuerpo es uno aunque tenga muchas partes” (1 Corintios 12,12), pero las cosas no se nos presentan siempre en blanco o negro, como quisiéramos. A veces, tenemos que reconocer que hay zonas grises.
Claro que hay principios que debemos observar y cosas que tenemos que hacer, pero también hemos de admitir que posiblemente otros no coincidan con nuestros razonamientos o que no vean una situación de la misma manera que nosotros. A ellos también debemos amarlos y respetarlos como seres humanos. Tenemos que reconocer que Dios actúa en todos como él quiere, no como nosotros pensamos que debería hacerlo.
Y eso me lleva al siguiente principio...
Todos debemos aprender dos cosas: Primero, que Dios existe; segundo, que yo no soy Dios. Esto me hace sonreír, pero es cierto. Todos tenemos que recordar que no somos Dios.
¿Qué significa esto? Por un lado, que no somos los que mandamos. Por otro lado, también significa que no llevamos el peso de todo el mundo sobre nuestros hombros. Dios nos tiene grabados en la palma de su mano, no al revés.
A veces actuamos como si fuéramos Dios en las decisiones y acciones cotidianas. ¡Esto es esencialmente el primer pecado de Adán y Eva! Un antídoto eficaz contra esto es vivir el Gran Mandamiento. Si recordamos que Dios existe y que debemos amarlo con todo el corazón, toda el alma, toda la mente y todas las fuerzas, y que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, entonces empezamos a vivir de forma diferente. Ya no se trata tanto de nosotros, sino de Dios y de cómo podemos amar y servir al prójimo.
Dios quiere que estemos con él en el cielo. Cada vez que recuerdo esto crece mi amor a Dios. No hay que tenerle miedo y debemos dejar de preocuparnos por lo que él nos pueda hacer. Más bien, es mejor vivir teniendo plenamente claro que Dios nos ama y quiere que seamos felices y que vivamos en su presencia por toda la eternidad.
Sí, es cierto que el cielo es un regalo de Dios, a menos que no queramos recibirlo. Jesús murió en la cruz porque nos ama y gracias a su muerte y su resurrección nos salvó a cada uno de nosotros del pecado y de la muerte. Además, Dios nos ha prometido que un día estaremos con él en su gloria para siempre, a menos que decidamos lo contrario, a menos que voluntariamente decidamos rechazar el amor de Dios y participar en alguna maldad realmente grave con pleno conocimiento de que eso nos separará de Dios para siempre.
Cuando nos encontremos cara a cara con Dios, creo que él nos hará una pregunta principal. No será para dejar constancia de lo bien que hayamos cumplido los mandamientos, sino para saber si tratamos de hacerlo lo mejor que pudimos. Si hicimos el mayor esfuerzo para amar, estoy convencido de que Dios nos llevará a todos a casa con él. Jesús nos anunció que iba a preparar un lugar para nosotros (Juan 14,2), de modo que, si vivimos creyendo que estaremos con Dios en el cielo, nuestra forma de vivir será diferente. Podremos vivir más plenamente en el amor de Dios en lugar de tratar de evitar su juicio y nos llenaremos de entusiasmo al saber que podremos estar con Dios para siempre cuando nos llame a casa.
He estado pensando en estas ideas y rezando sobre ellas en estos dos años pasados. Ahora las tengo más claras que antes y me ayudan a ver mejor todo lo que Dios nos ha dado y trato de vivir como él quiere que lo haga.
Estas reflexiones las comparto con la esperanza de que les ayuden a ustedes de la misma forma. Ojalá les sirvan para crecer espiritualmente en 2022 o en la temporada de Cuaresma que se avecina. Que Dios los bendiga mientras ustedes hagan todo lo que puedan cada día para ser las personas que Dios quiso que fueran cuando los creó.
(Monseñor John Enzler, Presidente y Director Ejecutivo de Caridades Católicas de la Arquidiócesis Católica Romana de Washington, escribe la columna “Fe en Acción” para los periódicos Catholic Standard y El Pregonero y los sitios web de la Arquidiócesis Para obtener más información sobre Caridades Católicas y cómo contribuir a su obra visite catholiccharitiesdc.org).
