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Creyendo saber, sin saberlo

Un sacerdote escucha la confesión de una madre junto a su hija en la misa en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, el 27 de octubre de 2013. Foto/OSV/CNS/Alessandro Bianchi, Reuters/archivo

Junto con el instinto de querer preservar la vida, está también la inclinación a creer que se sabe todo. O por lo menos, a creer que, “de eso sé yo”. Es parte de la condición humana, ambicionar el ‘poder’, y el saber algo que los demás no saben, es también ‘poder’. ¡Ah, cuántos conflictos no se han desarrollado por esta situación, especialmente en el matrimonio! El ser ‘competitivo’ es parte del carácter humano, en algunos más que otros, dependiendo del temperamento. Se podría asociar también con el complejo de inferioridad. De eso, todos tienen un poco. Diosito es el único que lo sabe todo.

La condición humana viene afectada desde el tiempo de los orígenes, cuando aquellas primeras criaturas desafiaron al Creador. Querían alcanzar la máxima sabiduría, que solo pertenece a Dios. Desde entonces, la historia de la humanidad se ha desarrollado en una continua tensión entre los que saben y los que no, entre ricos y pobres, los que dominan y los dominados, las diferentes razas, las diferentes lenguas, entre los géneros mismos, las diferentes religiones, y los diferentes estratos sociales. Los grandes conflictos bélicos, todos se han desarrollado por alguna situación de juego de poder. A través de la historia, millones son los que han perdido la vida en guerras, instigadas por la ambición. ¡El ‘pelear’ es la máxima expresión del fracaso! O sea, esa inclinación de resolver dilemas, conflictos, desacuerdos, malentendidos, … lo que sea, a través de la violencia verbal o física, es señal de la incapacidad o la mala voluntad, de manejar una situación compleja.

El honestamente admitir que ‘no sé o no puedo’, es un acto de humildad. ¡Para algunos, una humillación! Por eso en la relación humana, todo depende de la madurez emocional y psicológica de cada uno. Ayuda por supuesto, cuando la persona vive su fe y se preocupa por la calidad de su vida espiritual. El conocido ‘examen de conciencia’, como preparación para una buena confesión, es un ejercicio muy efectivo para la salud mental. En todo esto, es irónico que hoy en día, algunos gastan un dineral yendo a un consejero en psicología, buscando algún desahogo o resolución de conflicto. ¡Bastaría acercarse con fervor al Sacramento de la Confesión! En esa experiencia de fe, el único requisito es un corazón contrito y un empeño renovado de fidelidad a la voluntad de Dios.

Existe el obstáculo de un creerse personalmente, que su situación espiritual es aceptable. “Mire Padre, yo no mato, ni robo…, y me llevo bien con todo el mundo”, usualmente es el argumento que se usa para considerarse exento de tener que acudir a la confesión. ¡Cierto, todos son buenos! Pero el continuo problema en la vida de fe es que sentirse ‘ser bueno’, no ayuda para ver la necesidad de ‘ser mejores’. Aquí, el consabido creer que, ‘yo sé, sin saber que no sé’, impide toda posibilidad de superación en la vida espiritual. Lo apropiado, por supuesto, es ‘saber que no sé, y así, reconocer la inquietud de una búsqueda de mejoramiento espiritual. Interesante notar, que la mayoría de los católicos, viven su fe con los conocimientos básicos que se aprendió para poder recibir la Primera Comunión. Hoy en día, existen muchas posibilidades de formación en la fe, dependiendo de cuan activa es la parroquia local. Y por supuesto, como ya mencionado en otras ocasiones, la bendición de participar en algún movimiento apostólico.

El amor de Dios es como aire que se respira, existe en la vida de todo ser humano. Cada cual, sin embargo, debe de reconocerlo para poder responder. Nadie está obligado a amar, por eso es que se insiste en repetir, que el amor es una decisión, más allá de una mera emoción o sentimiento. La experiencia de amar es siempre una experiencia sublime, más grande que la vida. Y es precisamente, el Cristo Resucitado quien convalida el sufrir por causa de un amor. Que nunca se ignore que el decidir amar, es decidir hacerse vulnerable al dolor. Así ha sido con todos los que se han arriesgado a vivir con fidelidad una vida de virtud y entrega. Lo grandioso del tiempo de Pascua, es que los bautizados celebran que no han sido defraudados. Que vale la pena amar, que vale la pena sacrificarse por un amor, y como consecuencia, aprender a llorar por ese amor que tanto exige. ¡Sin lágrimas, el corazón permanece árido y endurecido! Por eso, la mayor riqueza de todo ser humano es aprender a amar con generosidad, con entrega y apertura hacia el bien de la persona amada. La entrega continua, buscando siempre el bienestar de los demás, no es fácil. El amarre egoísta como legacía del pecado original, se rebela contra cualquier esfuerzo de sacrificarse por los demás. La tentación común, es esa voz interna del egoísmo que susurra, “No, no seas tonto, …se están aprovechando de ti.” Cierto, no hay duda, se aprovechan de la nobleza y bondad personal, como lo hicieron con Jesús mismo, el modelo y ejemplo de todos Sus discípulos.

‘Creyendo saber sin saberlo’, es una actitud común, legacía de la arrogancia con la cual se nace. Es expresión de la búsqueda del ‘individualismo’ que distingue al YO. Se fundamenta en el germen de la inseguridad y el miedo de no ser tomado en cuenta, …de ser ignorado. ¡Parte del síndrome común del ‘pobre yo’!



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