La famosa pregunta bíblica, de “¿Cuántas veces debo de perdonar a mi hermano?” (Mt. 18:21), es toda una introducción a un tema muy complicado. Son múltiples los ejemplos que aparecen en las Sagrada Escrituras sobre este tema, en ambos Testamentos. Los discípulos de Cristo, conocedores de la doctrina en el Antiguo Testamento, quieren saber la opinión de su Maestro respecto al perdón. La respuesta de Jesús, de acuerdo con la mentalidad judaica, responde con el conocido “setenta veces siete” (Mt. 18:22), que significa, ‘incontables veces’. En lo concreto de la experiencia humana, el perdonar no es una opción, aunque no todos lo entienden así. Es tan parte de la vida como el amar. Y ese amor, humano al fin, es siempre un amor imperfecto, impredecible, afectado e infectado, por el inevitable egoísmo.
Interesante tomar en cuenta que ‘el amor a sí mismo’ es, no solo una característica propia y normal de las criaturas, es, también, indispensable para la salud mental. El amor al prójimo presume un sentido saludable de uno mismo, que capacita apertura para valorar y aceptar a los demás. (El libro, publicado en el 1967, “I’M OK, YOU ARE OK”, del autor, psiquiatra Thomas A. Harris, trata este tema en detalle.) El ser humano vive en comunidad, es un ser gregario que necesita uno del otro. Por eso, algunos Santos se distinguieron viviendo en soledad, como penitencia y expresión de su amor exclusivo a Dios. Es innegable que ese vivir ‘con los demás’ es un desafío continuo a la caridad, que exige disciplina y una actitud atenta al comportamiento personal. Muchas de las ofensas que se cometen, fluyen de una actitud de indiferencia y egocentrismo. Otro aspecto que afecta mucho a las relaciones humanas es el ‘narcisismo’, problema que se desarrolla a través de los años, cuando la criatura es tan consentida, que se torna insensible al dolor ajeno. En esos casos, el mundo gira alrededor del YO.
Todos han experimentado, en un momento u otro, un intercambio humano que es hostil, o negativo. En todo caso, hiriente. Y sí, especialmente en aquellos que se aman y que viven juntos. Que no se ignore que todo esto es parte del ‘amarre original’. Es cierto que el pecado de nuestros primeros ancestros fue de desobediencia, pero atado a una ambición de poder. Y esa ambición precisamente, es la que continúa afectando la condición humana. El amor siempre es algo noble, sublime. Fluye de un corazón que ha aprendido su propia grandeza y la de los demás. Esto se conoce también como ‘dignidad’. Acto de humildad profunda es cuando los creyentes expresan en la Liturgia de la Eucaristía, “Señor, yo no soy digno…” Entre más genuina es esa confesión, más meritoria.
No siempre se está consciente que el amor, además de ser la pasión más ennoblecedora del ser humano, es también la más frágil y sensitiva. Por eso urge que los que aman, lo hagan sin desfallecer. Y como dice el refrán, “ahí está el detalle”. De ahí, que la apertura a ‘pedir perdón’ y a ‘perdonar’ es sumada a la decisión de amar. Nótese que se ha dicho, “la decisión de amar”. El preámbulo del amor es toda una experiencia de deleite, gozo, duda, confusión e inseguridad. Conocerse a fondo, en todo ese intercambio, es el propósito principal del noviazgo, llevándolos al compromiso y finalmente al matrimonio. Se notan, por supuesto, los fallos y limitaciones de cada uno en la pareja. El amor es tan grande, que los lleva a pensar, que esos defectos son superables en un futuro juntos. Claro, hasta que llegan a la etapa del ‘cansancio’, cuando ese amor heroico se debilita o se muere. Es entonces que la relación se hace insostenible.
El ambiente de la modernidad es uno mayormente de intolerancia, de poco aguante. Los niños mimados de ayer, hoy adultos, se criaron en general, en la abundancia, no tuvieron que sufrir carencia, el no tener, no poder. Sus padres, se sacrificaron al extremo, asegurándose, que sus hijos no iban a sufrir lo que les toco sufrir a ellos. Y esto del poco aguante de la generación actual, ya se ha señalado como algo común, especialmente en el lugar de trabajo. Al empleado hay que tratarlo con ‘delicadeza’, porque de cualquier mal rato, desiste y se va.
En el ámbito de la fe, se ha notado también, un decaimiento en la práctica de la confesión sacramental. Es de preocupación para los párrocos, las muchas comuniones y las pocas confesiones. Y por supuesto, en el ámbito de lo civil, ocurre también lo mismo, con el número creciente de divorcios y separaciones conyugales. Los estudios muestran como el ser humano ha cambiado en su grado de tolerancia. En el reto de los conflictos normales de la convivencia humana, la violencia ha aumentado, al igual que los divorcios. Los disgustos comunes en el seno de la familia parecen ser insuperables, solo porque los individuos se muestran con mayor indiferencia y dejadez afectiva. ¡La distracción de la TV y los celulares, parecen ser el nuevo refugio de ‘memorias heridas’!
El perdonar siempre será una dimensión indispensable de la felicidad y la paz interior. Excepto que hoy por hoy, se vive absorto en otros intereses que traen distracción y entretenimiento, sin la necesidad de tomar la decisión de perdonar. ¿Perdonar? ¡Sí, sí…mañana!
