Cómo frenar el éxodo de los jóvenes de la Iglesia y cómo podemos acercarnos a los jóvenes que buscan espiritualidad, pero aún no dentro del contexto de la fe católica, será una prioridad clave para la Arquidiócesis de Washington en los próximos cinco años.
El cardenal Robert McElroy hizo esa precisión en una reciente entrevista con los periódicos arquidiocesanos, El Pregonero y Catholic Standard, al explicar los pormenores de un informe sobre las consultas con los líderes laicos, las prioridades pastorales de ese encuentro y la aportación de los sacerdotes de la arquidiócesis.
Un poco de historia. El 11 de marzo de 2025, cuando fue instalado como el nuevo arzobispo de Washington, el cardenal McElroy explicó que el objetivo clave de su liderazgo sería buscar un encuentro con los feligreses de nuestra iglesia local para comprender las experiencias, las opiniones, los sueños y los desafíos del otro.
Casi un año después, se publica en una sección especial en esta edición (S1-S4) el resumen de ese encuentro. En la citada entrevista, el cardenal McElroy dijo que las razones de las consultas fue conocer la Arquidiócesis de Washington “a través de los ojos de los líderes laicos y de los sacerdotes”.
Como corolario, de esas consultas, quedó claro la importancia de precisar un conjunto de prioridades pastorales que -indicó- nos guiarán en el próximo lustro a nivel arquidiocesano, parroquial y en nuestras escuelas.
El encuentro
Salir y hablar con 400 líderes laicos fue una ardua experiencia sinodal. En cada lugar se hacía una reflexión sobre los Hechos de los Apóstoles y Pentecostés, se leía las Escrituras y una reflexión en oración, y a la luz de lo hecho se compartían las reflexiones individuales que habían traído.
Se replicó el método de conversación sinodal -realizado en Roma- que comienza con oración y reflexión, luego cada uno comparte su declaración preparada, sin comentarios de nadie. Al final, luego de orar para reflexionar sobre lo dicho, se abría un diálogo transversal sobre un tema que podías plantear o sobre algo que habías escuchado, sin volver a tu propio tema.
Cada persona trajo de antemano una presentación escrita de tres minutos sobre lo que consideraban los retos más importantes, las alegrías y logros en su parroquia o en la arquidiócesis.
Los participantes -señaló el cardenal- expresaron con gracia y elegancia las cosas que sentían que iban muy bien, las que consideraban un reto y para las que no iban tan bien cómo se debería ir en otra dirección.
De su interacción con los jóvenes, le sorprendió la variedad de los inmigrantes, en su mayoría hispana, pero que hay también comunidades de África y Asia que tienen una situación similar de vulnerabilidad en términos de estatus legal, amén de las vulnerabilidades generales que tienen los migrantes recién llegados.
Hubo muchos testimonios sobre la situación general de las parroquias en términos de indocumentados, de la situación personal de la gente, de sus familias o de los parroquianos.
Aprendió que la actual experiencia inmigrante -en el área metropolitana- es diferente a la de hace 10 años, debido a la grosera caricaturización de los grupos inmigrantes a quienes, además, se les niega ser parte del tejido de nuestra sociedad y se les retrata como una fuerza destructiva, omitiendo el enorme bien que hacen a nuestra sociedad.
Testimonios y retos
El testimonio de jóvenes y padres de familia fue revelador. Los padres expresaron una gran tristeza porque los niños que habían criado en la iglesia ahora la habían abandonado; y, los jóvenes que siguen en la Iglesia perciben entre sus pares una sensación de desvío de la creencia católica activa, mas no un rechazo a la Iglesia.
Uno de los mayores retos que enfrenta hoy la Iglesia católica es cómo frenar la avalancha de jóvenes que abandonan la Iglesia y cómo podemos acercarnos a los ‘buscadores’ de espiritualidad.
Al respecto, se señalaron programas que han tenido cierto éxito con los jóvenes y que están pasando por un periodo de experimentación, de donde han surgido varios modelos. Hace un par de meses se creó un grupo de trabajo presidido por el padre Conrad Murphy, capellán del Newman Center de la Universidad de Maryland.
Los modelos incluyen también el ministerio adolescente en parroquias, escuelas y fuera de los colegios. El ministerio para jóvenes aborda cómo puede desarrollarse, qué parece haber funcionado, qué ha funcionado en otros lugares, qué se puede replicar y qué se necesita para pensar creativamente en términos de nuevas iniciativas.
Gracias a la donación de una generosa pareja, la arquidiócesis cuenta con una subvención plurianual de un millón y medio de dólares al año para experimentar qué funciona.
Sobre los experimentos, indicó que está muy consciente de que cada experiencia es diferente. Lo que podría funcionar en el condado de St. Mary's, no necesariamente funcionará en una parroquia afroamericana ni en una parroquia muy hispana.
La razón de los experimentos es ver qué puede funcionar. Por lo pronto -dijo-, contamos con los recursos y el entusiasmo de las personas involucradas para intentar idear caminos que ayuden a que este ministerio sea sólido en la arquidiócesis.
Para el cardenal McElroy no hay prioridad mayor, ni más difícil de entender, que la avalancha de jóvenes que abandonan la Iglesia, que es la máxima prioridad de la Iglesia en Estados Unidos hoy en día.
Comunidad indocumentada
Sobre el cuidado de los vulnerables, la Conferencia Católica de Maryland y la oficina del gobernador Wes Moore han creado un grupo de trabajo conjunto, para analizar cuáles son las áreas en las que los programas y recursos estatales y los recursos y programas de las comunidades religiosas pueden trabajar en sincronía para abogar, acoger, brindar ayuda y asistencia a hombres, mujeres, niños y familias indocumentados.
A su vez, la Arquidiócesis de Washington está preparando un plan multifacético sobre la cuestión de los indocumentados que estará listo en unos dos meses, anunció el cardenal. “La comunidad indocumentada es notablemente resiliente. Lo viví en San Diego, y lo vivo aquí. Ellos no son pasivos”.
El Gobierno, en sus esfuerzos de deportación, ha involucrado a las instituciones federales de formas inimaginables, para obtener información del IRS y la Seguridad Social. Un desafío mucho mayor que en el 2017 o 2018. Ahora se está usando a las instituciones para avanzar en la política de deportación generalizada.
El derecho de un Gobierno a asegurar sus fronteras y a deportar a los condenados por delitos graves es coherente con la enseñanza católica. Sin embargo, eso es lo que no está ocurriendo, lo que hay es una persecución y deportación generalizada de todos los indocumentados, sin distingo alguno, que ha ocasionado rupturas familiares de personas que llevan aquí 10, 20, 30, 40 años.
Lenguaje preocupante
El uso del perfil racial que autoriza a las fuerzas de seguridad a detener a cualquiera que tenga “un aspecto diferente” llegó a la Corte Suprema, de donde salió una opinión rápida no firmada que retrasa el caso y, hasta que no se resuelva, no se prohibiría la detención por lengua, raza o etnia.
Eso es problemático -indicó el cardenal-. No estaban resolviendo la pregunta, pero decían que por ahora está bien actuar sobre esa cuestión, lo cual me sorprendió y decepcionó mucho.
Recordó la importancia de no ser partidista y de elegir los momentos, como lo hacemos, por ejemplo, con el aborto en la Marcha por la Vida.
Para los católicos, los obispos y laicos, el votante católico está sin hogar en términos de partidos políticos, porque los partidos bifurcan la doctrina social católica. Lo que nos da -como obispos- un sentido de independencia, porque tenemos que alzar la voz de una manera que va a alejar a cualquiera de los partidos en este mundo hiperpolarizado.
Está también presente la cuestión pastoral de no dedicar tanta atención a cuestiones políticas que oscurecen el núcleo pastoral que es mi papel, acotó.
Para que las prioridades cobren vida
Se ha creado un comité que en los próximos tres meses elaborará una lista de oportunidades, mejores prácticas y formas de implementar los planes en las parroquias de la arquidiócesis.
Hay dos perspectivas diferentes. Una es la sensación de que estos objetivos se implementen en la vida de cada parroquia durante los próximos cinco años. No tienes que hacerlo todo de golpe, pero es importante avanzar y abrazarlos todos.
Otra es asegurarnos de que haya responsabilidad y energía detrás de los esfuerzos para implementar estos objetivos en parroquias que son muy diferentes. El tema de los pobres, los vulnerables y los no nacidos en una parroquia se ve de manera distinta en otra, ya sea por el tamaño de la parroquia o por las diferentes regiones. Algo similar sucede con los jóvenes, el matrimonio y la vida familiar.
El primer objetivo, el más importante y en el que todos coincidimos, es formar una cultura parroquial que lleve a las personas a un encuentro personal profundo con Jesucristo, pero el cómo hacerlo va a diferir en las distintas parroquias.
La idea es llevar y avanzar -todos en la misma dirección- nuestros objetivos a la vida de las parroquias de la arquidiócesis en los próximos años, pero la especificación exacta de eso va a variar de un lugar a otro.
El cardenal McElroy reconoció que la enseñanza católica en nuestras escuelas es la forma más eficaz de hacer las cosas planteadas, pero consume mucho de nuestros recursos. El Consorcio hace grandes cosas, pero está limitado. Se podría duplicar la asistencia en nuestras escuelas si tuviéramos becas o fondos gubernamentales, pero no los tenemos.
A casi un año de su llegada a nuestra arquidiócesis, el cardenal McElroy dijo que todos le han acogido muy bien y que ha encontrado una gran vitalidad y mucha energía, y que entre los sacerdotes hay un buen sentido de comunión social que es muy útil.
Antes de convertirse en arzobispo de Washington, el cardenal McElroy participó en el Sínodo realizado en Roma, gracias a esa experiencia -y a la de San Diego- le fue posible comprender las realidades y las gracias en la Arquidiócesis de Washington.
Pastoral hispana
A propósito de la pastoral hispana y la sinodalidad -escuchar y aprender- y cómo encontrar nuevas vías de acercamiento a los jóvenes hispanos, quienes viven realidades diferentes, dijo que el enfoque está en tratar de discernir qué funciona y qué no, y entender que lo que funcionará en un lugar no necesariamente funciona en otro. En suma, el enfoque con el ministerio juvenil tendrá que ser multifacético.
Precisó, como ejemplo, que muchos jóvenes hispanos con estudios universitarios tienen más en común con los anglosajones con estudios universitarios que con los hispanos sin estudios universitarios. La cuestión está en averiguar cómo entran en juego la raza, la clase y las etnias para llegar a ellos.
Santo Tomás de Aquino tiene una frase maravillosa que dice: “Cada uno puede recibir en la capacidad que tiene, la misma que es diferente en cada persona”. Por eso -indicó- es importante la experimentación, para encontrar un menú de vías a través de las cuales podamos ayudar a que los jóvenes vuelvan a la Iglesia o a involucrarlos plenamente en ella o a afrontar la alienación de ella.
Agregó que uno de los problemas más apremiantes es la cuestión de la ciencia y la razón o la ciencia y la fe. A la mayoría de los jóvenes se les enseña una versión de la ciencia que los lleva a concluir que la fe y la ciencia no son compatibles. Esa suposición operativa de la educación no es cierta y tenemos que afrontarla.
El padre jesuita Spitzer, expresidente de la Universidad Gonzaga, ha desarrollado materiales, para un módulo de séptimo curso y otro de secundaria, sobre la cuestión de fe y ciencia, que van muy bien al corazón de lo que hablamos.
El profesor de Notre Dame, Christian Smith, quien viene siguiendo y se mantiene en contacto -desde hace unos 20 años- con jóvenes de distintos grupos de edad, subraya que esta percibida divergencia entre ciencia y fe es tremendamente responsable del descontento de los jóvenes por la religión.
Los jóvenes consideran que no se pueden hacer ambas cosas y, por eso, son más reacios a aceptar la visión religiosa del mundo. Creo que esa es una parte importante a la que debemos abordar porque los jóvenes se van antes, se van a los 13 años, acotó el cardenal McElroy.
