El cardenal Robert W. McElroy no usó eufemismos. En la misa por el 112º Día Mundial de los Migrantes y Refugiados, el arzobispo de Washington acusó a Estados Unidos de haber elegido, durante el último año y medio, el papel del sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano: los que ven al herido y cruzan de vereda para no actuar.
En una homilía de tono inusualmente directo, titulada “Pasamos de largo”, el arzobispo McElroy sostuvo que el país ha optado, durante el último año y medio, por apartar la mirada del sufrimiento de los inmigrantes indocumentados, y llamó a los católicos a abandonar el papel de espectadores para convertirse en el Buen Samaritano de la parábola.
Dos legados, un mismo mandato
En la misa celebrada --el 27 de septiembre-- en la catedral de San Mateo Apóstol, el cardenal estructuró su homilía alrededor de dos herencias que, dijo, definen la relación de Estados Unidos con el extranjero.
La primera es religiosa y se remonta al Libro del Deuteronomio, donde Moisés pide a Israel recordar que también fue esclavo y extranjero en tierra ajena, y ordena no violar los derechos del forastero, del huérfano ni de la viuda. Ese mandato, señaló el cardenal, atraviesa por igual al judaísmo, al cristianismo y al islam, así como las tradiciones morales de prácticamente todas las religiones presentes en el país.
La segunda herencia, explicó, es propiamente estadounidense: la reverencia histórica por la inmigración que construyó la nación, encarnada en los versos de Emma Lazarus inscritos en la Estatua de la Libertad, que invitan a recibir a “los cansados”, a “los pobres” y a “los sin hogar, azotados por la tormenta”. McElroy lamentó que esas palabras, que alguna vez conmovieron a todo el país, sean hoy “rechazadas, plagadas de condiciones o completamente ignoradas”.
La parábola como espejo
Citando a un profesor de Escritura de su seminario, el cardenal recordó una enseñanza incómoda: ante cualquier parábola de Jesús, hay que buscar el personaje que menos nos gusta, porque ese es el que verdaderamente somos.
Aplicada a la Parábola del Buen Samaritano, la lectura resulta directa: McElroy sostuvo que buena parte del país ha actuado como el sacerdote y el levita, que vieron al herido, reconocieron su sufrimiento y, aun así, cruzaron al otro lado del camino para no involucrarse.
Escalada que describió paso a paso
El arzobispo repasó lo que llamó una progresiva normalización de la injusticia. Recordó que, a comienzos de 2025, se aceptó que la aplicación migratoria se limitara a asegurar la frontera y deportar a quienes hubieran cometido delitos graves, en línea con lo que la propia doctrina católica reconoce como derecho de una nación a proteger sus fronteras.
Pero, agregó, ese consenso se rompió cuando se conocieron redadas indiscriminadas en campos agrícolas, estacionamientos, residencias de ancianos y escuelas, que –sostuvo-- convirtieron la política migratoria en lo que describió como una ofensiva contra todos los indocumentados del país, incluidos quienes llevaban décadas de arraigo y aporte a la economía y la cultura nacional.
El cardenal señaló que, incluso cuando las deportaciones comenzaron a alcanzar a familias, feligreses y compañeros de trabajo conocidos, la reacción social fue una preocupación pasajera antes de “cruzar al otro lado del camino y pasar de largo”.
Mencionó también el operativo del Gobierno federal en Minneapolis, con despliegue de tropas mal entrenadas y muertes entre quienes se manifestaron en resistencia, como un episodio que generó indignación inmediata.
El cardenal lamentó, también, que la máscara se hubiera convertido en “el nuevo símbolo de la justicia estadounidense” -- pero que, según describió, terminó igualmente diluido en el mismo patrón de indiferencia.
El argumento legal se desmoronó
En uno de los pasajes más duros de su homilía cuestionó el fundamento oficial de las deportaciones. Recordó que, durante más de un año, se justificó la expulsión de inmigrantes alegando que habían infringido la ley al entrar o permanecer en el país. Pero, señaló, más de un millón de personas admitidas legalmente bajo asilo o el programa de Estatus de Protección Temporal --precisamente por el peligro que enfrentarían en sus países de origen-- están siendo hoy deportadas sin haber violado ninguna norma.
Para el arzobispo, esto revela que la motivación real no es el cumplimiento de la ley, sino un deseo general de excluir al inmigrante de la sociedad estadounidense.
El caso que dio nombre y rostro a su homilía
Citó como ejemplo el caso de Liam Ramos, un niño de cinco años detenido por agentes de ICE en enero, todavía vestido con su disfraz de Spider-Man y un gorro de conejo azul, y trasladado con su padre a un centro de detención en Texas, donde permaneció un mes hasta que un juez federal indignado ordenó su liberación.
McElroy recordó que ese juez acompañó la orden con dos citas del Evangelio: una que llama a dejar que los niños se acerquen a Jesús, y otra, brevísima, que dice simplemente: “Jesús lloró”.
Para el cardenal, esa frase resume el sentido de toda su homilía: Jesús llora por los niños arrestados, detenidos, trasladados a centros lejanos en condiciones terribles y separados de sus familias.
Un llamado explicito
El cardenal McElroy cerró su homilía con un pedido explícito a la comunidad católica: dejar de “pasar de largo”, reconocer el mal que se comete en nombre del país y combatirlo en cada una de sus dimensiones, incluso presionando o buscando reemplazar a los representantes políticos que lo toleren.
Insistió en que abandonar el espíritu del Deuteronomio y de la Estatua de la Libertad equivale, para la nación, a perder su alma, y convocó a los fieles a dejar atrás su identidad de sacerdotes y levitas para asumir el papel del Buen Samaritano, que no reconoció límites para socorrer a la víctima del camino.
La inmediata reacción de la abigarrada multitud que colmó el recinto de la catedral de San mateo fue ponerse de pie y prorrumpir en sostenidos aplausos al arzobispo de Washington, quien agradeció a los que trabajan por la justicia.
