La campaña de la detención masiva y la deportación de migrantes es un tema preocupante para la Iglesia. A finales de marzo, el obispo auxiliar de Washington, Evelio Menjívar Ayala, participó de una jornada de reflexión y oración en El Paso (Texas) en donde compartió su trabajo pastoral como religioso y migrante en Estados Unidos. A continuación, un resumen de las experiencias vividas con sus hermanos en la frontera.
Usted tuvo diálogos fraternos con varios sacerdotes, diáconos y lideres católicos sobre las necesidades de los inmigrantes indocumentados ¿Qué nos puede compartir de esas conversaciones en El Paso?
La realidad es que hay muchos sacerdotes y diáconos profundamente involucrados en este tema y que lo predican activamente; sin embargo, también hay otros que tienen reservas y prefieren no abordarlos de forma directa. Nosotros hicimos énfasis en que no podemos ser indiferentes, porque no se trata solo de empatía, sino de identidad. El inmigrante es Cristo e inmigrante somos todos nosotros, es nuestra propia gente. En mi caso, el inmigrante soy yo. Por eso, la Iglesia se ha identificado con los inmigrantes, así como Cristo se identifica con ellos.
¿Usted habla de dos maneras de ver la realidad migratoria?
Lo que vemos en la práctica es una doble realidad. Por un lado, hay sacerdotes y parroquias muy comprometidos con el tema migratorio, como sucede en El Paso, donde muchas comunidades están dando ejemplo. Pero, por otro lado, aún faltan muchos religiosos por involucrarse más activamente en el tema. Como Iglesia lo que queremos es sensibilizar aquellos que no se pronuncian, que no abordan estos temas vinculados con el sufrimiento de los migrantes.
¿A qué atribuye esas reservas?
Sabemos que muchos sacerdotes, diáconos y líderes actúan así por miedo. Algunos, siendo migrantes, temen generar conflictos con un sector de sus feligreses que no comparten la visión de la Iglesia sobre este tema. Esta situación también se refleja en la política y se manifiesta dentro de las parroquias. Sin embargo, como Iglesia no podemos permanecer en silencio ni ser indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas. Es una realidad que debemos enfrentar.
¿Se necesita una mejor formación y capacitación para corregir esas reservas?
Creo que, aunque hay parroquias muy comprometidas y abiertas a los temas migratorios, otras aún necesitan formación. No se trata de malicia, sino de falta de educación. Ahí está también nuestra tarea como Iglesia: educar. No es una cuestión política, sino de humanidad. En el centro de esta lucha está la dignidad de la persona y todo debe hacerse respetando esa dignidad.
¿Como ve la respuesta de las parroquias de nuestra la arquidiócesis?
Aquí vemos respuestas muy valiosas en varias parroquias. Llevar alimentos a las casas a las familias necesitadas y organizar apoyo comunitario a los familiares de personas detenidas o en peligro de ser deportadas es un buen ejemplo. Las acciones de parroquias como San Camilo, Santa María o Sagrado Corazón, por citar algunas, reflejan una madurez cristiana, una capacidad de llevar el Evangelio a la realidad concreta. Aquí el papel de los jóvenes hispanos es fundamental.
¿Es algo similar a lo que sucedió durante la pandemia del Covid-19?
Es importante entender que la teología latinoamericana parte precisamente de la realidad, no de ideas abstractas. Por eso, cuando las comunidades ven el sufrimiento, el miedo y la ansiedad, responden de inmediato. Lo mismo ocurrió durante la pandemia: algunas parroquias reaccionaron con liderazgo y compromiso, mientras otras no supieron cómo hacerlo. Estas respuestas, impulsadas en gran medida por el entusiasmo de los jóvenes, son señales de madurez espiritual, humana e incluso política, entendida como la participación responsable en la vida comunitaria.
¿Hace poco usted habló del incremento de los jóvenes en nuestras parroquias?
Como decía el papa Francisco, todos estamos llamados a ser participantes activos. En este contexto, es alentador ver el crecimiento de jóvenes en la Iglesia local, este año 1.700 catecúmenos y candidatos serán bautizados o recibidos plenamente en la Iglesia católica durante la Vigilia Pascual en las parroquias arquidiocesanas, una cifra muy alta en los últimos 15 años. La respuesta de los jóvenes también refleja el trabajo positivo de catequistas y sacerdotes.
¿Le sorprende el aumento de jóvenes?
Esto refleja que los jóvenes están buscando respuestas a preguntas profundas sobre el sentido de la vida y las están encontrando en la Iglesia. Sin embargo, no podemos quedarnos en una espiritualidad desconectada de la realidad. La formación debe ser integral. La verdadera fe no nos aísla, sino que nos impulsa a transformar la realidad con la fuerza del Evangelio. Estamos llamados a ser luz del mundo y sal de la tierra, es decir, a influir y transformar.
¿Ese despertar espiritual impulsa a la acción de los nuevos creyentes?
La fuerza espiritual siempre impulsa a los nuevos creyentes a involucrarse también en las realidades sociales. Como dice la enseñanza de la Iglesia, las alegrías y esperanzas del pueblo son también las de los discípulos de Cristo. En esa línea, el V Encuentro Nacional de Pastoral Hispana subrayó la importancia de fortalecer el liderazgo de la pastoral hispana. Para seguir avanzando, es clave mantener una pastoral de cercanía y acompañamiento, así como ofrecer una formación integral que prepare a los jóvenes como discípulos misioneros comprometidos con la realidad.
Hoy existen muchas amenazas judiciales contra la comunidad migrante ¿Cuál le preocupa más?
Todo lo que afecte a la dignidad humana y libertad religiosa nos preocupa. Por citar dos temas que se están viendo en la Corte Suprema de Justicia: las discusiones sobre la ciudadanía de hijos de migrantes indocumentados y el aumento de deportaciones. Aquí el mensaje a la comunidad es doble, pues se debe mantener la fe y la oración, pero también despertar como comunidad. Los derechos fundamentales pueden perderse fácilmente si no se defienden.
¿Los niños serían las principales víctimas?
No hay duda de que en el centro de los debates estén los niños y las personas más vulnerables. No se trata solo de ciudadanía, sino también de acceso a salud, cuidado prenatal y otros beneficios esenciales. Es una cuestión de vida y dignidad humana. No podemos decir que defendemos la vida si negamos apoyo a quienes más lo necesitan. Estas políticas pueden empujar a situaciones límite, incluso a decisiones dolorosas como el aborto, al dejar a las madres sin apoyo, desamparadas y sin ningún tipo alternativas.
En un año electoral la participación de la ciudadanía resulta clave ¿Cuál debe ser el papel de los católicos?
Es fundamental tomar conciencia y participar activamente como ciudadanos. La Iglesia no indica por quién votar, pero sí invita a considerar valores esenciales como la defensa de los más vulnerables, la justicia, la paz y el cuidado de la creación. Tenemos la responsabilidad de participar, de votar y de ser voz de quienes no la tienen.
