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Llamado a la conversión

Inmigrantes venezolanos rezan por el fin de la violencia en su país durante una misa celebrada en la catedral de St. Mateo en enero de 2026. Foto/Mihoko Owada/archivo

Ningún atleta gana medalla de oro en unas olimpiadas, sin antes haber vivido una vida disciplinada de ejercicio, práctica, dieta adecuada, descanso y diversión. La pasión con que vive su deporte es la clave de su éxito. Los talentos son regalo de Dios, pero el recipiente tiene que reconocerlos y desarrollarlos. Ayuda muchísimo, la actitud y postura que se adopta ante el saberse dotado y beneficiado de tal manera.

El enemigo mayor en cualquier competencia es la arrogancia de creerse ‘campeón’, aún antes de competir. ¡Se cree ganador sin haber sudado una gota! Claro, tiene que creer en sí mismo como buen atleta, pero sin presunción. Sacrificio, esfuerzo ilimitado y convicción son el motor de todo su competir.

La analogía se plantea, ante el llamado recibido en este bendecido tiempo de Cuaresma que hemos comenzado. La Iglesia, como ‘Madre y Maestra, (Encíclica de San Juan XXIII; mayo 15, 1961), vive con gran entusiasmo este tiempo, llamando a la conversión. Con insistencia, busca motivar a todos los seguidores de Cristo Jesús, a abrazar la urgencia del ayuno, la oración y la penitencia. El derramar cenizas en la cabeza de los fieles creyentes, es siempre un acto de humildad. Simboliza un corazón contrito y abierto a restaurar la gracia del compromiso bautismal. Pero la tarea difícil es perseverar en esa actitud de penitente que anhela conversión. Que busca de corazón, un compromiso serio y una resolución de disciplina que sacuda el letargo de la conformidad. La mayoría de las parroquias preparan todo un programa especial para este tiempo penitencial. Sin embargo, usualmente, los que aprovechan estas oportunidades de profundización espiritual son los mismos de siempre. La gente mayor que ya acostumbran a asistir a cualquier actividad religiosa que se les ofrece, son los primeros en enlistarse. El reto pastoral continuo es como motivar a aquellos que son gente buena, pero que se limitan a su misa dominical.

Es ya conocimiento de todos, que los movimientos parroquiales, como la Renovación Carismática, los Cursillos de Cristiandad, el Movimiento Juan XXIII y otros, son siempre de gran ayuda para motivar a los feligreses a un mayor compromiso en su fe católica. Estos son los que, con diligencia, muestran la apertura necesaria para seguir dándole vida a la parroquia. Son ellos también, los que colaboran con el sacerdote a programar actividades especiales durante los tiempos fuertes de penitencia. Se sabe que el desafío pastoral más grande es cómo mantener a una comunidad de fe, que vibre con entusiasmo y sea inspiración para todos. En esto está incluido el crear y ofrecer actividades especiales durante este tiempo de cuaresma. No, no es fácil motivar al Pueblo Santo de Dios a la penitencia, pero tampoco es imposible.

El enfoque de estos días es la figura de Jesús mismo, quien se fue al desierto buscando la soledad y la comunión con su Padre (Mt 4:1-11). Lo hizo como preámbulo a su vida pública. Esta experiencia es la que motiva todo el concepto de oración, ayuno y penitencia en este tiempo de Cuaresma. Es propiamente, una invitación a la interioridad, a la mirada franca a sí mismo. Cada uno de los creyentes es el protagonista de su propia salvación. Por más amor que se tenga por otro ser querido, uno no puede obligar a nadie a cambiar su vida. (¡Que lo digan tantos papás y mamás sobre sus hijos adolescentes!) Por supuesto, que el ejemplo y testimonio de un verdadero compromiso de fe, impacta a la comunidad. Ahí, la efectividad de los movimientos parroquiales ya mencionados, que tanto enriquecen la parroquia.

Es también en este tiempo cuaresmal, que los ‘buenos’ corren el riesgo de no sentir la urgencia de la conversión. Caen en la bien conocida ‘herejía de los buenos’ que, no consideran ser mejores. El conformismo es hermano de la apatía y ésta es hija predilecta de Satanás. Todos son vulnerables a la conocida fatiga espiritual, donde el cansancio asfixia cualquier esfuerzo de conversión. Pero ¡no tiene que ser así! Por eso la diligencia de los pastores en ofrecer ejercicios espirituales, misiones, retiros y charlas por algún predicador conocido, que motive con efectividad a la conversión. Existen parroquias, como todos saben, que no toman ninguna iniciativa. La actitud de ‘lo mismo del año pasado’, predomina y lleva a la falta de motivación e indiferencia.

Se reconoce que se viven tiempos difíciles de violencia, amenazas y contrariedades. El pueblo en general, vive con temor e inseguridad. Prefieren la seguridad del hogar, a tener que salir a la calle para lo que sea. Mengua grandemente la asistencia a cualquier actividad parroquial nocturna que, necesariamente, expone a los feligreses al riesgo del peligro. Muchos también, prefieren quedarse cómodos, viendo en la TV, algún programa piadoso en el canal católico. Sea la razón que sea, el resultado es el mismo, falta de motivación hacia la penitencia y conversión. ¡La comodidad nunca fue un lujo que pudo darse nuestro Salvador y Redentor! Por eso la imagen del Cristo Crucificado es el símbolo por excelencia del cristianismo, mucho más en este tiempo que propiamente, es un llamado a la conversión.



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