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Más allá de la coincidencia, el misterioso camino de una estampa de San Romero

Funeral del padre Rogelio Ponseele. El recuerdo de San Romero en su pecho, el 26 de marzo de 2025. Foto/cortesía Edson James Santiago Vásquez.

Esta es la historia, real y conmovedora, del inesperado camino que recorrió una sencilla estampa de San Óscar Arnulfo Romero antes, durante y después de su fiesta litúrgica el año pasado.

Todo comenzó con una misión personal en El Salvador. Desde hace un tiempo, he dedicado parte de mi ministerio a colaborar con comunidades salvadoreñas en la preservación del legado de San Romero y en ese esfuerzo convergen dos de mis pasiones: Las palomas de la paz hechas en origami y la figura del arzobispo mártir.

Con paciencia, suelo elaborar pequeñas cadenas de palomas de papel y al final cuelgo una estampa del santo. A veces añado cuentas de colores o pequeños corazones brillantes, pues en realidad son recuerdos sencillos que regalo a amigos y distribuyo en actividades conmemorativas en honor a Romero.

Días antes del 24 de marzo- fecha en que la Iglesia recuerda su martirio- pasé por la oficina de mi amigo Larry para dejar algunos de estos recuerdos en origami para él y sus compañeros de trabajo. No encontré a Larry, pero horas más tarde me escribió por WhatsApp: “Mis compañeros me dijeron que pasaste a dejar estos hermosos recuerditos de nuestro pastor. Me gustaría llevar uno para mi amigo, el padre Rogelio, que está grave en el hospital tras un accidente. ¿Tienes alguno extra?”

Yo respondí de inmediato que sí. La verdad, me alegró pensar que aquel pequeño gesto pudiera llevar consuelo a un sacerdote hospitalizado.

El amigo de Larry era el padre Rogelio Ponseele, misionero belga que dedicó su vida a acompañar a comunidades marginadas en El Salvador. El religioso europeo conoció personalmente a Romero y aunque en ocasiones sus caminos pastorales divergían, ambos compartían una amistad profunda, nacida del amor por el pueblo salvadoreño y del compromiso con la opción preferencial por los pobres.

El recuerdo destinado al padre Rogelio era especialmente sencillo: una paloma de origami en tonos azul y blanco, cuentas de madera moradas y una estampa de Romero al final. Nada ostentoso. Solo fe hecha papel e hilo.

Larry viajó varias horas para visitarlo. Sin embargo, al llegar, el sacerdote permanecía inconsciente en la unidad de cuidados intensivos. Durante días no supe más.

Mientras tanto, llegó el 24 de marzo y yo me encontraba en la capilla del Hospital Divina Providencia, el mismo lugar donde Romero fue asesinado en 1980 mientras celebraba la Eucaristía. Al inicio de la misa, el celebrante principal, monseñor Oswaldo Escobar, anunció que el padre Rogelio había fallecido esa madrugada.

La noticia estremeció a los presentes, sin embargo, el obispo invitó a recordar con alegría y gratitud al misionero durante la celebración. La liturgia, marcada por bellos cantos, se convirtió en una fiesta de esperanza en medio del duelo.

Semanas después, Larry me relató lo sucedido. Me dijo que al llegar al hospital días, antes del fallecimiento, pegó la cadena con la estampa en la puerta de vidrio de la UCI. Cuando el padre Rogelio recuperó brevemente la conciencia, Larry levantó la imagen para que pudiera verla y el sacerdote sonrió.

Acto seguido, una doctora se ofreció a colocar el recuerdo dentro de la habitación. Así, la pequeña estampa quedó colgando de uno de los cables conectados a las máquinas que lo asistían.

Tras el fallecimiento, uno de los amigos del grupo, Daniel, tomó el recuerdo y lo colocó sobre el pecho del sacerdote. En vida, el padre Rogelio había adornado su casa con imágenes humildes de Romero y ahora, en la muerte, descansaba con la imagen del santo salvadoreño junto a su corazón.

En la funeraria ocurrió otro detalle inesperado. El personal notó que el cuerpo había llegado con aquella estampa. Suponiendo que era importante, los trabajadores la colocaron nuevamente en su pecho tras vestirlo con sus ornamentos sacerdotales.

Durante el velorio, la misa y entierro del padre Rogelio Ponseele la imagen de San Romero, su amigo y pastor, lo acompañó hasta el final.

Cuando Larry terminó de contarme la historia, sentí una mezcla de asombro y consuelo. Días después confirmé lo sucedido al ver un video del velorio en redes sociales: la estampa era visible sobre el pecho del sacerdote.

Confieso que, en ese tiempo, yo misma atravesaba un momento de desaliento. Las secuelas de la enfermedad de Lyme limitaban mis fuerzas y me preguntaba si tenía sentido seguir dedicando energías a “decorar imágenes”.

Pero aquella historia me ofreció otra perspectiva. Quizá el Espíritu Santo había multiplicado un gesto mínimo: Larry visitó al enfermo; la doctora mostró compasión; Daniel honró al difunto; el personal de la funeraria respetó un símbolo de fe; la comunidad consoló a los tristes. Tres obras de misericordia- visitar a los enfermos, enterrar a los muertos y consolar al afligido- se entrelazaron alrededor de una sencilla cadena de papel.

Que todo haya ocurrido en torno a la fiesta de San Romero parece ir más allá de una coincidencia.

Desde entonces, comparto esta historia como un recordatorio de la comunión de los santos y de cómo la fe puede viajar de mano en mano, creciendo en significado. Me gusta imaginar que, al cruzar las puertas del cielo, el padre Rogelio fue recibido por su viejo amigo.

“Rogelio, bienvenido”, podría haber dicho Romero. “Veo que llegas con mi imagen en el pecho. ¿Cómo sucedió?”

“Yo tampoco lo sé, Óscar”, respondería él. “Pero qué alegría verte. Feliz fiesta.”

Y así, entre memoria, amistad y esperanza, la pequeña estampa encontró su destino final.

¡Feliz fiesta, San Óscar Arnulfo Romero!

*Cinnamon Sarver, feligrés del Santuario del Sagrado Corazón en DC, tiene títulos en teología de Boston College y la University of Notre Dame.



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