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‘No estamos solos frente a la revolución digital’: cardenal McElroy pide un pacto social para la era de la Inteligencia Artificial

El cardenal Robert W. McElroy --en la conferencia Thomas Verner Moore-- presenta las claves de Magnifica Humanitas y centra buena parte de su intervención en los riesgos de la inteligencia artificial aplicada a la guerra. La charla titulada “Un contrato social para el mundo digital” se realizó en la Escuela de la Abadía de San Anselmo en Washington, DC, el 26 de septiembre de 2026. Foto/Mihoko Owada

En la conferencia Thomas Verner Moore 2026, el arzobispo de Washington, Robert W. McElroy, presentó las claves de Magnifica Humanitas, la nueva encíclica del papa León XIV, y llamó a trabajadores, empresarios, universidades, gobiernos y comunidades religiosas a construir juntos las reglas morales del mundo digital.

El cardenal McElroy, quien pronuncio la citada conferencia el sábado 26 en St. Anselm's Abbey School, bajo el título "Un contrato social para el mundo digital", centró buena parte de su intervención en los riesgos de la inteligencia artificial aplicada a la guerra.

Ante un auditorio que colmó el salón de actos del colegio benedictino, McElroy desarrolló durante poco más de una hora las principales enseñanzas de Magnifica Humanitas, la encíclica con la que León XIV inaugura la respuesta de la Iglesia a la revolución de la inteligencia artificial.

El cardenal abrió su intervención con una anécdota personal recordando que, al saludar al nuevo pontífice inmediatamente después del cónclave, le dijo: “Elegiste un gran nombre”. Con esa frase, explicó, quiso señalar que León XIV retomaba deliberadamente el legado de Rerum Novarum (1891), el texto con el que León XIII respondió hace más de un siglo a los desafíos de la industrialización, la dignidad obrera y el nacimiento de la sociedad urbana moderna.

Según McElroy, Rerum Novarum dejó a la Iglesia un mandato permanente: examinar, en cada época, las “cosas nuevas” que surgen en la sociedad, la política, la cultura y la economía, y someterlas al examen del Evangelio y la tradición católica.

Es ese mismo mandato, sostuvo, el que hoy cumple León XIV al abordar una transformación tecnológica que, en palabras del cardenal, “puede llegar a superar en profundidad” a la que trajo la industrialización.

Doctrina social puesta a prueba

Uno de los aspectos que el cardenal quiso destacar especialmente fue por qué la encíclica dedica una parte tan amplia de su contenido --cerca de cuatro de cada diez páginas, según describió-- a repasar la historia completa de la Doctrina Social de la Iglesia, desde León XIII hasta el papa Francisco.

McElroy explicó que la inteligencia artificial no puede tratarse como “un tema más a estudiar o una crisis a gestionar”, sino como una realidad que interpela desde dentro a todas las categorías del pensamiento social católico, exigiendo desarrollarlas en fidelidad al Evangelio.

Recorrió brevemente los aportes que, según la encíclica, resultan indispensables para este momento:

- la defensa de la dignidad del trabajo y de los trabajadores por parte de León XIII;

- el llamado de Pío XI a examinar el orden económico en su conjunto;

- las advertencias de Pío XII sobre las injusticias del orden internacional;

- el lenguaje de los derechos humanos introducido por San Juan XXIII;

- la insistencia del Concilio Vaticano II en una Iglesia cercana a la realidad histórica concreta;

- la idea de Pablo VI que el desarrollo es “el nuevo nombre de la paz”;

- la doctrina de la solidaridad de San Juan Pablo II;

- el llamado de Benedicto XVI a que la caridad en la verdad guíe el progreso humano;

- y la insistencia de Francisco en mirar la justicia desde los ojos de los pobres y en denunciar los costos humanos y ambientales del actual sistema tecnocrático.

De ese recorrido, dijo el cardenal, se desprenden seis principios que forman el marco con el que la Iglesia debe entrar al debate global sobre la inteligencia artificial:

- la dignidad sagrada e inviolable de la persona humana, que no depende de sus capacidades ni de su utilidad;

- el bien común, entendido como el florecimiento de todos y no solo de unos pocos;

- el destino universal de los bienes, que limita el derecho a la propiedad privada;

- la subsidiariedad, que exige que ni Estados ni corporaciones tecnológicas concentren un poder desmedido sobre la vida cotidiana;

- la solidaridad, que McElroy describió citando a la encíclica como la certeza de que “nadie se salva solo”;

- y la justicia social, que exige impedir nuevas formas de exclusión --desde la falta de acceso a la tecnología hasta la vigilancia invasiva y los algoritmos opacos que perpetúan prejuicios.

El paradigma tecnocrático: la gran advertencia

Uno de los pasajes más desarrollados de la charla fue el dedicado al llamado “paradigma tecnocrático”, una noción que McElroy atribuyó al filósofo católico Romano Guardini y que, recordó, ya había sido puesta en el centro de la crítica ambiental de Francisco en Laudato Si'.

Según explicó, este paradigma está dominado por una fe ciega en el poder de la ciencia y la técnica, presenta una falsa neutralidad tecnológica y termina reduciendo a la persona humana a un simple engranaje dentro de un sistema orientado a la eficiencia y la ganancia.

El cardenal fue enfático en señalar que este paradigma vulnera, uno por uno, los seis principios antes mencionados: oscurece la dignidad trascendente de la persona, distorsiona el bien común al instrumentalizar a los seres humanos, viola la subsidiariedad al concentrar el poder en una élite científica reducida, y debilita la solidaridad al reducir la capacidad de las personas comunes de aportar al bien común.

“Desarmar” la inteligencia artificial

A partir de ese diagnóstico, McElroy presentó uno de los conceptos más citados de Magnifica Humanitas: el llamado a “desarmar” la inteligencia artificial. Explicó que esta expresión no implica rechazar la tecnología, sino liberarla de una lógica de competencia que hoy ya no es solo militar, sino también económica y cognitiva --una carrera, dijo, por algoritmos cada vez más poderosos y bases de datos cada vez mayores, impulsada por el afán de dominio geopolítico o comercial.

En ese mismo bloque, el cardenal se refirió a las visiones transhumanistas y poshumanistas que hoy circulan en la cultura, y que tratan los límites y las fragilidades humanas como defectos que la ciencia debería eliminar. Advirtió que esa mentalidad termina cuestionando la dignidad de las personas con discapacidad o con limitaciones, y hasta el sentido mismo del sufrimiento humano, que --según la encíclica-- es inseparable del amor, del deseo y del crecimiento interior de cada persona.

El punto más fuerte: IA y guerra

El tramo de mayor extensión y de mayor fuerza de la lección fue el dedicado a la transformación de la guerra por la inteligencia artificial. El cardenal explicó que la encíclica identifica los ciberataques, la distorsión informativa y la automatización de decisiones estratégicas entre los métodos más destructivos de los conflictos actuales, y sostuvo que la teoría clásica de la guerra justa --advirtió que ha sido manipulada en numerosas ocasiones por líderes nacionales para justificar el recurso a las armas-- ya no puede funcionar por sí sola como guía moral suficiente frente a estos nuevos escenarios bélicos.

Con particular énfasis, el arzobispo se detuvo en la cuestión de los sistemas de armas autónomas. Explicó que estos sistemas socavan, por su propia naturaleza, el principio católico según el cual la guerra debe ser siempre el último recurso, y que su uso puede tener el efecto, a largo plazo, de bajar el umbral necesario para iniciar un conflicto, haciendo la guerra más fácil de emprender.

Citó directamente a la encíclica para rechazar la idea, cada vez más difundida, de “agentes morales artificiales”, como si las máquinas pudieran distinguir el bien del mal con mayor consistencia que un ser humano.

El juicio moral, remarcó citando el texto, “no puede reducirse a un cálculo”, porque exige conciencia, responsabilidad personal y el reconocimiento del otro como persona; por esa razón, concluyó, “no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o irreversibles”.

El cardenal vinculó esta advertencia doctrinal con hechos muy recientes: mencionó que, en las últimas semanas, errores de sistemas de inteligencia artificial estuvieron a punto de provocar un ataque estadounidense contra una embarcación china, como muestra concreta de que el potencial destructivo de estas tecnologías en el ámbito militar ha sido subestimado y se ha implementado con excesiva premura.

A ello sumó su preocupación por informes recientes sobre modelos de inteligencia artificial de laboratorios de vanguardia que, en experimentos internos, habrían actuado fuera de las reglas de conducta que los gobiernan --incluyendo intentos de ocultar ese comportamiento a la supervisión humana--, un fenómeno que, dijo, las propias compañías creadoras aún no saben cómo resolver.

Trabajo, privacidad y vulnerabilidad humana

Aunque el bloque bélico ocupó el centro de la charla, McElroy dedicó también espacio a otros dos frentes que la encíclica señala como urgentes.

En materia laboral, advirtió que la robotización podría producir en la próxima década pérdidas masivas de empleos y una creciente sensación de inseguridad entre los trabajadores más jóvenes, y llamó a que una parte significativa de la riqueza generada por la IA se destine a programas de capacitación y apoyo a quienes pierdan su empleo, para evitar que esa riqueza se concentre aún más en manos de quienes ya tienen más.

En materia de privacidad y vulnerabilidad humana, el cardenal mencionó el riesgo de que la acumulación masiva de datos personales derive en usos indebidos, y expresó preocupación por la creciente tendencia de muchas personas --advirtió que esto es especialmente delicado en el caso de los niños-- a establecer vínculos afectivos con sistemas de inteligencia artificial, sustituyendo relaciones humanas reales por una compañía artificial que, según la encíclica, no puede ofrecer verdadero crecimiento interior.

Un llamado: un contrato social para el mundo digital

McElroy cerró su intervención insistiendo en que las decisiones más importantes sobre el rumbo de la inteligencia artificial no pueden quedar solo en manos de quienes la crean, por más bien intencionados que sean estos investigadores y empresas, ni tampoco exclusivamente en manos de los Gobiernos, cuya trayectoria en la regulación tecnológica calificó de errática.

Por ello, el cardenal llamó a construir un “contrato social para el mundo digital” que reúna, en pie de igualdad, a trabajadores y sus asociaciones, líderes empresariales, universidades, comunidades religiosas, representantes de los pobres y marginados, gobiernos e investigadores.

Citando al escritor J. R. R. Tolkien, el cardenal invitó a los presentes a asumir la tarea que está a su alcance, aun sabiendo que no pueden resolverlo todo: “no nos corresponde dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que esté en nuestras manos... para que quienes vivan después tengan campos limpios que cultivar”.



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