La llegada de nuevos inmigrantes es fácil de advertir en las esquinas aledañas al centro comercial de Langley Park (Maryland). Muchos acaban de cruzar la frontera y no han tenido reparos en convertirse en “jornaleros”. Desde las 6:00AM esperan la llegada de contratistas para que los lleven a realizar diferentes trabajos como limpiar zonas de construcción, cargar materiales, pintura, mudanzas, jardinería e instalaciones de tuberías.
Los nuevos jornaleros, en su mayoría son venezolanos y hondureños, han hecho un “pacto” con los otros jornaleros para respetar a los “clientes viejos” cuando llegan preguntando por determinadas personas, pero de lo contrario todos se lanzan como “pirañas humanas” sobre los autos de los potenciales clientes.
El hondureño Roberto (38) y el venezolano Ignacio (31) todos los días enfrentan el problema de no hablar inglés, no tener movilidad propia y la urgencia de generar dinero para mantener a sus familias. Ambos son jóvenes, pero ninguno de los dos tiene algún tipo especialidad, por lo cual no pueden ser muy exigente al momento de cobrar o aceptar un trabajo por horas.
Roberto, quien tiene pocos meses en el país, admite que aprovechó y subió sin pensarlo a uno de los ómnibus de Texas que lo traía gratis a Washington, DC. “Me vi en la obligación de convertirme en jornalero para tener dinero de una manera rápida, poder sobrevivir y mandarle dinero a mi esposa que está en Puerto Barrios. Sin papeles es muy difícil conseguir un trabajo donde te paguen lo justo y te traten bien”.
También reconoce que la situación económica de los jornaleros de Langley Park es difícil, pues todos quieren trabajar y hay pocas oportunidades de conseguir un empleo en el día. “Hay días en que todos estamos tranquilos, comprensivos, como una familia, pero no faltan las discusiones o empujones en el afán de conseguir que alguien te contrate por 15 dólares la hora”.
Ignacio logró cruzar la frontera el marzo pasado, estuvo unos meses en Nueva York, pero llegó a Maryland con la ilusión de poder trabajar como pintor junto con su primo. “Mi pariente no me pudo ayudar y decidí buscarme la vida en las esquinas de Langley Park. Todo esto es nuevo, angustiante, porque es duro no saber si tendré trabajo al día siguiente. Esta semana solo gane 150 dólares ayudando a cargar cajas en una mudanza, tengo que enviar dinero a mi familia y pagar el cuarto donde estoy viviendo”.
El inmigrante llanero dijo que su esposa y dos hijos viven con su suegra en Puerto la Cruz y siempre están pendientes del dinero que pueda enviarles. “En Venezuela no hay futuro. Yo camine casi dos meses para llegar a Estados Unido, ahora necesito trabajar y espero traer a mi familia pronto. Las lágrimas que derrame en el camino para llegar hasta aquí, espero que no sean en vano”.
Ambas historias son un pálido reflejo del drama humano que viven los nuevos inmigrantes que llegan al país. Hace unos días el gobernador de Texas, Greg Abbott, anunció que el estado ha transportado en autobús a más de 58.000 migrantes indocumentados a “ciudades santuario” dentro de su Operación Estrella Solitaria contra la inmigración irregular.
Eso representa en números que más de 20.800 inmigrantes se han transportado a Nueva York, 16.100 a Chicago, 12.500 a DC, 4.400 a Denver, 3.200 a Filadelfia y más de mil a Los Ángeles. Se estima que desde el 2021 el traslado masivo le ha costado al estado unos 75,5 millones de dólares, cifra que incluye el despliegue de la Guardia Nacional de Texas para contener la inmigración indocumentada.
