El obispo Evelio Menjívar se despide de Washington con un llamado urgente a la Iglesia: incluir a los jóvenes hispanos o perderlos para siempre
Evelio Menjívar-Ayala, obispo auxiliar de la Arquidiócesis Católica Romana de Washington y primer centroamericano en ocupar ese cargo, deja la capital estadounidense con una misión nueva: el papa León XIV lo ha nombrado obispo de Wheeling-Charleston, en Virginia Occidental. Antes de partir, reflexiona sobre sus años de trabajo pastoral con la juventud hispana, los errores que aprendió a evitar, el poder transformador de la comunidad y su postura firme ante las políticas migratorias del actual Gobierno. Una conversación sobre fe, identidad y el arte de soñar sin calcular.
Si pudiera rehacer algo de su trabajo pastoral con los jóvenes en Washington, ¿qué haría diferente? ¿Qué llegó demasiado tarde o se quedó sin hacer?
En primer lugar, la oficina de jóvenes nunca estuvo cien por ciento bajo mi responsabilidad. Me hubiera gustado trabajar más directamente con ellos. Con la comunidad hispana hicimos lo que pudimos y acompañamos iniciativas que no estaban bajo nuestra responsabilidad, pero de todas maneras lo hicimos. La Pascua Juvenil, por ejemplo, fue un buen ejemplo de cómo colaboramos, y se ha hecho un lindo trabajo: hemos creado un liderazgo fuerte dentro de los diferentes grupos de jóvenes. Nos hemos unido; hemos colaborado también con Tira la Red, que aglutina varios grupos bajo la espiritualidad de la Renovación Carismática. Hemos estado tendiendo esos puentes con diferentes grupos de jóvenes y se ha hecho bien. Llegamos tarde con la nueva estructura que el cardenal Robert McElroy ha creado, pero creo que se van a dar buenas oportunidades para trabajar aún mucho mejor, por el énfasis que el cardenal está dando a los jóvenes. Yo creo que eso es importante y se verán frutos rápidamente.
¿Qué le diría directamente a un joven hispano que está en el umbral de dejar la Iglesia, que siente que no lo representa, que no habla su idioma ni entiende su realidad?
La Iglesia te ama, y aquí, en la Arquidiócesis Católica Romana de Washington, se está haciendo un gran esfuerzo por construir una Iglesia que incluye a los jóvenes, que los abraza. La Iglesia te ofrece grandes oportunidades porque no es únicamente la estructura vertical de la jerarquía: son los grupos de jóvenes, las oportunidades de compartir con otros, de caminar con otros, de formarte en la fe, en los valores y como persona. La fe nos forma en todas esas áreas. Entonces yo diría: únete a una comunidad, a un grupo, y es ahí donde vas a experimentar realmente lo que es la Iglesia. La Iglesia se vive desde abajo, se vive en comunidad, se vive en pequeñas comunidades donde se te conoce por nombre, donde se te ama por lo que eres, donde se desarrollan también tus talentos para que vayas y los pongas al servicio de la sociedad. Para mí, la Iglesia y, sobre todo, los grupos de jóvenes fueron como una ventana a la sociedad grande, porque allí fue donde conocí jóvenes de otros países, desarrollé el talento para hablar en público, para orar junto a otros. Así vi el potencial que hay dentro de una Iglesia. Allí me inspiré, por ejemplo, en el deseo de ir a la universidad -aunque no lo pude hacer sino hasta que entré al seminario-. Al compartir con jóvenes universitarios me decía: “Si ellos lo hacen, ¿por qué yo no lo puedo hacer?”. Eso sucede cuando compartes con otros, cuando te abres a la diversidad, y eso te lo ofrece la Iglesia. Entonces no te vayas: busca integrarte utilizando las ventanas que están abiertas.
¿Qué errores vio cometerse repetidamente en el trabajo con jóvenes inmigrantes o hijos de inmigrantes, que usted mismo tuvo que aprender a evitar?
Creo que, en primer lugar, es no conocerlos, no conocer su historia personal. Ese es un error grande, y quizás muchas veces no se evita porque no te sientas con ellos, no compartes con ellos o, simplemente, los ves cuando vienen a misa, pero no te das el tiempo para caminar junto a ellos. Es importante conocer la realidad que vive el joven, no solo de dónde viene, sino también cuál es su realidad aquí, en este momento: cuáles son sus ansiedades, cuáles son sus miedos. Hay que conocer el estancamiento que muchas veces experimentan porque solo trabajan y no tienen la oportunidad de continuar sus estudios. Se necesita una cercanía con ellos para acompañarlos no únicamente en el ámbito religioso, sino también en el personal y profesional, para impulsarlos como personas. Al joven hay que cultivarlo, y eso implica acompañarlo también en situaciones que van más allá del puro campo religioso.
¿Qué aprendió de los jóvenes que le cambió a usted? ¿Hubo algo que ellos le enseñaron sobre cómo ser mejor pastor, que no venía en ningún libro de teología?
Muchas cosas. Los jóvenes son soñadores, y creo que uno, cuando se va haciendo mayor y cuando va obteniendo cargos de responsabilidad —ya sea como párroco y después como obispo—, se vuelve muy calculador; todo lo quiere calcular. Primero piensa en el presupuesto, en lo que podría salir mal. El joven es soñador por naturaleza, y eso lo aprendí con ellos. Me volví también soñador junto a ellos, en el sentido de que puedes ilusionarte con proyectos, aunque no sepas si se van a poder llevar a cabo o si vas a obtener el apoyo económico necesario; pero los jóvenes lo hacen y arman lío, en el buen sentido. Como decía el papa Francisco: "armen lío", porque son soñadores, y eso es importante dentro de la Iglesia. Jesús era un joven —no se nos olvide— que también armó lío y que no calculó los esfuerzos para acercarnos al amor del Señor. Yo aprendí eso de los jóvenes, y mi vocación nació dentro de un grupo de ellos, como líder juvenil. Aunque ya soy mayor, todavía me considero un joven adulto, aunque esté más allá que para acá.
En sus años como párroco en comunidades como Landover Hills y el noroeste de Washington, ¿hubo un momento específico en que sintió que realmente había logrado conectar con los jóvenes? ¿Qué fue diferente en ese momento?
Sucedió algo interesante durante la pandemia, con el proyecto de distribución de comida. Los jóvenes buscaban hacer algo, involucrarse en algo; no querían estar encerrados, pues tenían la escuela en línea (online). La oportunidad de salir los sábados a repartir comida nos ayudó a conectarnos como comunidad. Es más, el grupo de jóvenes prácticamente nació en ese tiempo. Había muchísima gente que quería colaborar —todos querían ser voluntarios—, pero nosotros dábamos prioridad a los jóvenes, y fue así como los llegué a conocer. Trabajamos hombro a hombro bajando la comida de los camiones y repartiéndola a la gente. Para mí fue un periodo de crecimiento, muy difícil —por supuesto, ver a la gente sufrir es muy duro—, pero como Iglesia nos unimos y, sobre todo, llegué a trabajar con los jóvenes. Haciendo fila para bajar las cajas de comida los conocí y me di a conocer con ellos. Tengo una bella relación con esos jóvenes que se involucraron en ese ministerio.
¿Qué mensaje les envía a los jóvenes inmigrantes hispanos que quedaron en Washington y que lo vieron como una figura cercana y representativa de su propia historia?
El mensaje que les envío es: me voy, pero los llevo en mi corazón. Y “échenle ganas”. Ustedes pueden salir adelante siempre; y, como se ha dicho, ustedes no son el futuro de la Iglesia, sino el presente de la Iglesia. Son presencia viva y activa en ella. Sigan adelante, no se desanimen. Como inmigrantes, muchas veces se nos cierran las puertas, y sabemos que eso, de vez en cuando, va a pasar; pero confíen en la Iglesia. A veces los sacerdotes están muy ocupados y quizás no dedican suficiente tiempo a los jóvenes, pero la Iglesia los ama, y tienen un arzobispo —el cardenal McElroy— que tiene como prioridad trabajar con ellos. Los invito a aprovechar la oportunidad que está por abrirse aquí en Washington: crear un ministerio juvenil que responda a las necesidades reales. ¡Involúcrense! No tengan miedo de alzar su voz dentro de la Iglesia para ser reconocidos y para ser incluidos; y tampoco tengan miedo de alzar la voz en defensa de los demás. Especialmente si han nacido aquí o son residentes: tienen la responsabilidad de ser una voz para sus padres, para su familia, que quizás no la tienen.
Ha cuestionado el enfoque que asocia la migración irregular con criminalidad y ha sido crítico de las políticas de deportaciones masivas del actual Gobierno. ¿Cómo ha logrado sostener esa posición pública sin que la comunidad inmigrante se sienta más vulnerable o expuesta?
Es una retórica que no ayuda a la construcción de una sociedad más humana ni más segura, porque lo que genera es miedo en la gente. Equiparar a los inmigrantes con criminales es éticamente falso e insostenible. Las estadísticas indican que hay más criminalidad en otras comunidades que en la comunidad inmigrante. Sabemos que trabajamos desde una posición de desventaja, porque no tenemos poder. Los políticos se dejan llevar más por ideologías y por quienes votan. Entonces hay que demostrar que la comunidad inmigrante trabaja, que aporta y que es capaz de servir no únicamente a su propia comunidad, sino a todos. Creo que ese es el mensaje que el Papa está enviando con mi nombramiento como nuevo obispo de Wheeling-Charleston, Virginia Occidental: que estamos listos como inmigrantes para aportar no solo a nuestra comunidad, sino a todo el país. El inmigrante tiene que saber que siempre habrá estigmas, pero que de todas maneras hay que seguir adelante.
La salud mental de los jóvenes —depresión, ansiedad, soledad, uso problemático de las redes sociales— es una crisis reconocida a nivel nacional. Desde su perspectiva pastoral, ¿qué respuesta está preparada para dar la Iglesia ante esta realidad?
Es una problemática presente y la Iglesia es muy consciente de que hay que trabajarla. La Iglesia ofrece herramientas —quizás no la solución completa, pero sí herramientas— que ayudan a prevenir o a enfrentar los problemas de salud mental. En primer lugar, ofrece esperanza ante situaciones difíciles que afectan a la persona: el miedo, la ansiedad, la desesperanza. Todo eso no son síntomas aislados, sino parte central de la problemática de la salud mental. La Iglesia ofrece fe, esperanza, y motiva a la confianza. En ella tienes la medicina para la soledad y el aislamiento: tienes comunidad, amistad, oportunidades de sentirte útil y de poner tus talentos al servicio de algo más que el trabajo. Creo que la Iglesia tiene las herramientas necesarias para cuidar la salud mental y para apoyar a quienes atraviesan situaciones de fragilidad.
¿Cómo abordó el fenómeno de la desconexión de los jóvenes latinos con la Iglesia Católica, en un contexto donde muchos se identifican sin religión o se acercan a iglesias evangélicas?
Creo que el joven hispano católico es naturalmente religioso y, en su mayoría, cree en Dios. Cuando se les dan oportunidades en las parroquias, los jóvenes las aprovechan. Antes se hacían torneos de fútbol —que todavía se hacen—, y creo que en estos días hay uno. Es importante no limitarse a invitar a los jóvenes a ver la Iglesia como un lugar donde pasar sus domingos o sus fines de semana; hay que buscar maneras de integrarlos también a través de actividades deportivas y sociales. No podemos quedarnos encerrados en la parroquia: hay que salir afuera y crear canales de conexión con los jóvenes que no están yendo a la Iglesia.
