En su primera homilía como décimo obispo de la Diócesis de Wheeling-Charleston, monseñor Evelio Menjívar delineó hoy, 2 de julio, la misión que guiará su ministerio pastoral: convertir a la Iglesia en un lugar donde nadie se sienta extraño, donde “todos sean bienvenidos y amados como hijos e hijas de Dios” y donde cada persona, sin importar su condición, sepa que pertenece.
La misa de instalación, celebrada en la Catedral de San José, fue presidida por el arzobispo de Baltimore, monseñor William E. Lori. El nuncio apostólico, monseñor Gabriele Giordano Caccia, leyó el documento oficial del papa León XIV que decreta el nombramiento de Menjívar como el décimo obispo de la diócesis.
Menjívar, de 56 años, se convierte en el primer salvadoreño en encabezar una diócesis católica en Estados Unidos, tras haber servido como obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Washington desde 2023, cuando fue ordenado por el cardenal Wilton Gregory.
Sucede en el cargo al obispo Mark Brennan, a quien el nuevo obispo agradeció públicamente durante la celebración por su testimonio pastoral, y llega a Virginia Occidental tras dejar Washington, donde había servido bajo la autoridad del cardenal Robert McElroy, actual arzobispo de la capital.
También estuvo presente el cardenal Gregorio Rosa Chávez, arzobispo de San Salvador, cuya asistencia subrayó el lazo entre la nueva sede episcopal de Menjívar y su tierra natal.
El anhelo de un hogar
El obispo Menjívar construyó buena parte de su reflexión alrededor de la idea del hogar y la pertenencia, un tema que —dijo— está “entretejido en la experiencia estadounidense” y que también atraviesa su propia historia como inmigrante. Citando la canción “Take Me Home, Country Roads” de John Denver, el obispo señaló que ese anhelo de un lugar al que pertenecer no es solo un sentimiento pasajero, sino “algo que está presente en lo más profundo de cada corazón”.
A partir de esa imagen, trazó un paralelo entre las generaciones de inmigrantes católicos que llegaron a los Apalaches y construyeron comunidades a pesar de la discriminación, y su propio recorrido: llegó a Estados Unidos hace más de 35 años desde El Salvador, tierra natal de san Óscar Romero, un viaje que —afirmó— nunca imaginó que lo llevaría hasta este nuevo ministerio.
El obispo rindió homenaje explícito a su predecesor en el cargo, el obispo Patrick Donahue, tercer obispo de la diócesis, cuyo báculo dijo portar con “orgullo y honor”.
Recordó que Donahue, también inmigrante, fue un defensor incansable de los trabajadores, los inmigrantes y los pobres, y enfrentó con valentía el antisemitismo de su época. Ese legado, dijo Menjívar, continúa hoy en el testimonio del obispo Brennan y de otros obispos, sacerdotes y religiosos que han sabido estar junto a “quienes están en los márgenes”.
Un llamado a acompañar
El núcleo pastoral de su homilía fue un prolijo llamado a la Iglesia diocesana a escuchar y acompañar a distintos grupos: los jóvenes que buscan sentido y pertenencia “en un mundo que cambia rápidamente”; los ancianos, cuya sabiduría y sacrificio sostienen a la comunidad actual; las familias que atraviesan dificultades económicas o que cuidan a seres queridos que luchan contra la adicción o problemas de salud mental; los trabajadores, desempleados e inmigrantes que se sienten invisibles; y de manera particular, quienes cargan “las heridas profundas del abuso y la traición”, especialmente cuando el daño provino de quienes debían protegerlos.
Sobre ese último punto, Menjívar pidió a la comunidad buscar junto a las víctimas “el camino de la justicia, la sanación y la esperanza”. También dedicó palabras a los padres de familia, a quienes exhortó a seguir transmitiendo la fe y formando a sus hijos en las virtudes cristianas.
La pequeñez como gracia
Uno de los pasajes más personales de la homilía giró en torno al tamaño de la nueva diócesis. Menjívar observó que en Virginia Occidental hay “aproximadamente un católico por kilómetro cuadrado”, una realidad que —lejos de presentarla como una limitación— convirtió en principio espiritual: “Cuando la Iglesia es pequeña... aprende a confiar menos en sí misma y más en Dios”. Comparó esa condición con la de los primeros apóstoles, que no contaban con riqueza ni influencia política, pero sí con el Espíritu Santo, “y eso fue suficiente para transformar el mundo”. De ahí derivó su entendimiento del ministerio episcopal: uno ejercido, dijo, “con el poder oculto en la humildad, la sencillez, la misericordia y el amor sincero”, y no desde la búsqueda de prestigio o reconocimiento personal.
“¿Me quieres? Alimenta a mis ovejas”
Menjívar ancló su misión en el pasaje evangélico del día, el diálogo entre Jesús resucitado y Pedro a orillas del lago, en el que Cristo pregunta tres veces al apóstol si lo ama y le encomienda cuidar de sus ovejas.
El obispo aplicó esa escena directamente a su propia vocación, afirmando que esas mismas preguntas “ahora me van dirigidas a mí”. Advirtió que sin una comunión real con Cristo —sostenida por la oración y, en especial, por la Eucaristía— el ministerio corre el riesgo de volverse egoísta y de desviarse hacia la búsqueda de poder personal en lugar del servicio genuino a los pobres y vulnerables.
El obispo concluyó su homilía con un pedido explícito de oración por su nuevo ministerio y una invitación a “caminar juntos” —laicos, diáconos, religiosos y sacerdotes— bajo el lema que ha marcado su vida episcopal desde su ordenación como auxiliar en Washington: Ibat cum illis, “caminaba con ellos”, tomado del relato de los discípulos de Emaús. Pidió también la intercesión de la Virgen María y de san José, patrono de la diócesis.
