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Yo, hombre…

Imagen de archivo de varios mayores en un parque. Foto EFE/Salvador Sas

El género masculino es todo un misterio. Parece ser, más que el género femenino. Usualmente, la mujer se siente con toda libertad de expresar sus sentimientos y compartir sus penas y alegrías. Su instinto maternal, la lleva a una capacidad de comprensión y aceptación que son admirables. Vive en una actitud de apertura ante lo inesperado en la vida y se ajusta con cierta facilidad a los desafíos. Es creativa, inventiva y capaz de adaptarse a lo cambiante de las situaciones de familia. En contraste, el hombre tiende a ser más rígido y cauteloso. Su prioridad emocional y psicológica, es su imagen personal. Desde su adolescencia, su inquietud es su identidad. Se preocupa de cómo otros lo ven y cómo lo juzgan y consideran. En general, busca ‘dar el grado’, o sea, que no quepa duda de su hombría. Esto lo lleva a ser competitivo y agresivo. Como consecuencia, experimenta cierta ansiedad. Le interesa la afirmación de sus talentos y destreza. No se ajusta con facilidad a lo inesperado, ya que eso es un riesgo ante la posibilidad de ‘lucir incapaz’.

Firme y fuerte, físicamente, su proeza no es de largo plazo. Se entrena con frecuencia para desarrollar mayor capacidad de aguante. En general, le interesan los deportes, los juegos de competencia y todo entrenamiento que saque a relucir su hombría. Por supuesto que, existen hombres de todo tipo: tiernos y melancólicos, fieles y diligentes, dedicados y capaces de sacrificarse por los que ama. Los hay también, indiferentes, emocionalmente impedidos, egocentristas y narcisistas. Mucho tiene que ver el ambiente donde se criaron y si hubo la presencia de un papá que le sirviera de modelo. Como adolescente, le urge tener una figura masculina que modele su propio género.

Una de las mayores tragedias en el desarrollo del hombre, es no haber tenido un papá o alguna figura masculina que le sirviera de inspiración. En la cultura hispana, en general, el varón adolescente tiende a obsesionarse por su propia imagen como hombre. Se concentra, usualmente, en su genitalia, preocupado de su sexualidad y su habilidad de actuar como hombre. Su mayor tormento es el miedo de cómo sus compañeros lo ven y lo juzgan. Aquí se puede añadir, que, en la cultura machista, una de las preocupaciones de unos padres, es que su varoncito ‘le salga homosexual’. De ahí, que le toleren al adolescente todo tipo de comportamientos inapropiados en su trato con las niñas. Noten como aún, a modo inocente, se le pregunta a un varoncito de 5 o 6 años, “¿Y cuántas novias tienes?” Este tipo de trato tiene sus consecuencias. El entendido común suele ser entonces, que un hombre tiene derecho a ‘tener más de una mujer’.

Otra ironía, …un papá queda fascinado con su hijito varón. De bebito, el papá lo acaricia, lo recoge en sus brazos, le hace ‘cariñitos’, todo con una ternura conmovedora. Sin embargo, tan pronto este varoncito se desarrolla, su papá deja de mostrarle el mismo afecto. De hecho, se enajena de él, y todo por el miedo de que su afecto, lleve al infante a ‘gustarle los hombres’. ¡Ay, pueblo de Dios …cuánta ignorancia! ¡Y cuánto daño esto causa al adolescente! Este varón se desarrolla con ‘un vacío’ que le afectará en su adultez, convirtiéndose en un posible obstáculo a su propia capacidad afectiva. Sus dudas e incertidumbre sobre su propia masculinidad, se disipan poco a poco, según el mismo se esfuerza por probarse a sí mismo. Madurez la logra en la contienda diaria de su superación personal, dándole cara a los problemas normales del desarrollo humano. Con cierto orgullo, él contempla su físico, su vestido, su peinado, …o sea, toda su apariencia. Se mira en el espejo con frecuencia, solo por aquello de afirmar lo que el tanto anhela, “verme atractivo”.

Es muy cultural que el hombre, en su adultez, no hable mucho. Su autoridad y su deseo de proyectarse capaz, no necesita explicación. Además, en el contexto de la familia, es la mamá la que está a cargo. En su rol de ‘padre’, el delega a su esposa ‘que se encargue de los pormenores de la familia’. Interesante, ese ‘silencio’, culturalmente, se interpreta como un tipo de autoridad intocable. Al hombre, lo que le interesa es mantener su imagen de ‘cabeza de la familia’. Si no está de acuerdo con algo, usualmente, él calla y luego se desahoga con su esposa en privado. La dinámica de ‘la apariencia’ es muy propia, como esposo y papá. La prioridad en todo momento, es salvaguardar esa ‘imagen de poder’ que se cree necesaria en su rol como hombre. En el renglón de lo espiritual, el hombre ha aprendido desde su infancia, que esa dimensión de piedad religiosa, corre el riesgo de interpretarse como una debilidad. Prevalece pues, el sentimiento que la religión y la práctica piadosa es más del género femenino. La inseguridad, que plaga a la mayoría de los hombres, afecta, por supuesto toda su experiencia espiritual. Valga señalar que cuando los hombres participan de un Cursillo, Retiro Carismático o de Juan XXIII, se sienten con mayor libertad de vivir su fe católica. Para muchos, esa experiencia es memorable y edificante. El desafío entonces, es poder perseverar y seguir creciendo en su fe católica. En el contexto del matrimonio, la esposa no siempre está convencida de la ‘conversión súbita’ de su marido. Los ajustes son continuos y constantes.

Habría mucho más que decir sobre toda la personalidad del hombre. Valga lo señalado, como motivo para la continua reflexión personal del hombre católico.



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