“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructifiquen y multiplíquense; llenen la tierra, y sojúzguenla, y señoreen en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Gen.1:27-28). Ésta es nuestra fe en la que está inmersa la totalidad de nuestra vida. En igualdad de dignidad, en igualdad de grandeza, el varón y la hembra se hicieron ‘una sola carne’ (Gen.2:21). En el desarrollo de la historia, el hombre asumió la postura de ‘superioridad’ sobre la mujer, y desde entonces la desigualdad ha prevalecido.
En la Carta a los Efesios, (5:22-25), el Apóstol señala: “Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es la cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo ÉL mismo el Salvador del cuerpo. Pero, así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo. Maridos, amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella…” Sin duda, que esta doctrina sigue causando gran controversia entre el Pueblo de Dios, especialmente, en estos tiempos que se vive la conocida ‘liberación femenina’. Es toda una tendencia hacia la ‘independencia’ de la mujer. Lo innegable es que, el ‘conjunto familia’, exige compromisos y obligaciones de parte de cada miembro, conducentes a la paz y bienestar de todos. Son los jóvenes adolescentes quienes en general, muestran mayor dificultad en acoplarse a ese compromiso.
En lo difícil de esa situación, es mami quien busca ‘remediar’ las tensiones ante la ‘rebeldía’ de los hijos. Papi es, comúnmente, menos tolerante. Sin duda, son las etapas más desafiantes que le toca vivir a toda familia con hijos adolescentes. Se ha dicho, y la experiencia lo demuestra, que esa mujer, esposa y madre, es toda una campeona, buscando medios y maneras de mantener la tranquilidad y la armonía entre todos en la familia. Interesante es toda la dinámica de cómo se maneja la ‘autoridad’ en el hogar. El papá (que no habla), usualmente delega la responsabilidad en la esposa. Cuando los hijos vienen a pedirle permiso para algo, la respuesta común es, ‘pregúntale a tu madre’. A manera no tan sutil, él sobrecarga a mami con la responsabilidad de lo que pueda ocurrir con el hijo que viene a pedir permiso. Mami bien lo sabe, pero, aun así, acepta la situación.
Dueña y señora del hogar, la mujer usualmente viene bien entrenada para su rol, porque eso fue lo que ella misma vivió cuando niña. Un detalle no siempre tomado en cuenta es ese ‘don especial’ que la mujer posee que se llama ‘intuición femenina’. Es un ‘saber y entender’ lo que en general, el hombre ni cae en cuenta. En el contexto de una cultura machista, la mujer desarrolla esa intuición a la perfección. Sí, es un tipo de compensación, que remedia su ‘estatus de sumisión’, como madre y esposa ejemplar. No, no es altanera, jactanciosa ni huraña. Al contrario, su estrategia de docilidad, le da poder para hacer y deshacer según ella juzgue necesario. ¡Y papi…tranquilito, sabiendo que ella sabe o es más atrevida que él! Al pasar de los años en el matrimonio, los roles y posturas de papá y mamá quedan bastante bien definidos. La mayoría de los hijos llegan a reconocer toda esa dinámica, una vez que dejan el hogar.
La maternidad como tal, se considera todo un misterio. Aparte de la realidad desafiante de un embarazo de nueve meses, los malestares e incomodidad de cargar un embrión en desarrollo, y todo en el ‘mientras tanto’ de seguir cuidando y atendiendo a los demás hijos. Esa mujer se distingue por su capacidad de aguante. No desatiende a los antojos y quejas de un marido, quien también está en continuo proceso de ajuste. Usualmente, no, no hay quejas, no hay desesperos, no hay resentimientos dañinos. ¡Solo, quizás, unos suspiros profundos de ansiedad y cansancio! Pero, lo que predomina es un corazón receptivo, …y sí, también unas lágrimas al escondido, que continúan enriqueciendo ese mismo corazón. Ella es quien apoya y fortalece toda la cohesión de la familia. Sueña y se ilusiona por un porvenir del cual ella es la protagonista principal. Esposa, madre, compañera y amiga, administradora, secretaria, sirvienta y mensajera, enfermera, refugio y albergue, consejera, … ¡toda una ‘hace-lo-todo’! Por eso se parece tanto a Dios, su Creador. Si pudiéramos escuchar en silencio el posible soliloquio común que se proclama calladamente en el palpitar del corazón de todas las madres, esto es lo que escucharíamos:
“Yo mujer, vivo mi vida atesorando lo que he logrado en mi relación con mi ‘adorado tormento’, no perdón …, ¡mi adorado marido! Contemplo en secreto y en lo más profundo de mi ser, la grandeza y belleza de cada uno de mis hijos. Claro, son el retoño de mi vientre y míos siempre serán. Yo mujer, tengo el privilegio de amar incondicionalmente. Sin duda, regalo de mi Dios, que me concede la gracia de vivir en total abnegación, sin esperar nada de vuelta. Mi felicidad, esa que comparto con todos, nadie la entiende, excepto mi corazón, y esa felicidad se hace más mía, al pasar de los años. Mil gracias por dejarme ser mujer, Señor y Dios mío”.
