Las historias de inmigrantes hispanos que necesitan someterse a un trasplante de riñón, hígado o cornea se cuentan por miles. A pesar de los problemas derivados del nuevo coronavirus SARS-CoV-2, todos los días, los médicos se esfuerzan por salvar vidas de hombres, mujeres y niños que esperan un órgano que les permita recuperar su salud.
Hoy el drama de los pacientes se agudizó porque muchos han perdido sus empleos, no tienen seguro médico o su condición de indocumentados les impide acceder a programas de asistencia social. Y es que en medio de la pandemia del COVID-19 es casi imposible reunir más 150 mil dólares antes de ingresar al quirófano.
Para individualizar el problema, basta con revisar un reciente informe de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) que indica que más de 29 millones de personas en EEUU tienen diabetes, estimándose que 2.5 millones (10.4 %) son hispanos mayores de 20 años con alta probabilidad de sufrir insuficiencia renal. Si a estos datos se suma la disparidad en el acceso a los servicios de salud que experimentan los latinos, resulta sencillo colegir el oscuro panorama sanitario que enfrenta nuestra comunidad.
Dos casos distintos
En las últimas semanas fuimos testigos presenciales de un mismo drama, pero con desenlaces distintos. El peruano Leonardo T. (51) y la ecuatoriana Sofia L. (49) desde hace cinco años se sometían a sesiones semanales de diálisis para tratar su insuficiencia renal en fase terminal. Los dos tenían la esperanza de recibir un riñón donado y de someterse a un trasplante en el hospital de Fairfax (Virginia). Antes de la pandemia él ya estaba registrado en los programas Medicare y Medicaid, pero élla tenía meses de haber perdido su empleo y su seguro médico.
La primera semana de agosto, ambos recibieron la llamada de la Oficina de Trasplantes del Departamento de Salud de Virginia indicándoles la existencia de riñones disponibles para ser trasplantados en un plazo máximo de diez horas. Esa noche los dos llegaron presurosos al hospital e inmediatamente empezaron a ser preparados para la intervención quirúrgica, los médicos comprobaron la compatibilidad de los órganos donados con los pacientes receptores y únicamente restaba culminar los trámites exigidos por la ley antes de entrar al quirófano.
En la madrugada Leonardo ingresó a la sala de operaciones y fue operado exitosamente. Sofia no logró su cometido debido a que nunca se pudo acreditar la vigencia de su seguro médico, ni tampoco su registro migratorio legal y los funcionarios del hospital tampoco pudieron encontrar a una persona o institución que asuma los costos de la intervención.
Hoy Leonardo T. se recupera satisfactoriamente del trasplante en el hospital, mientras que Sofia L. espera en su casa que algún día alguna dependencia estatal o empresa privada decida hacerse cargo de los gastos de la delicada operación.
Los médicos proyectan que el inmigrante peruano en pocas semanas recuperará su función renal de manera plena y de manera paulatina se reintegre a su vida normal, mientras que la inmigrante ecuatoriana tendrá que seguir sometiéndose a diálisis tres veces por semana, con el temor a ser sorprendida en cualquier momento por la muerte.
Estas historias son un simple reflejo de la dura realidad que enfrentan los inmigrantes hispanos cuando necesitan un trasplante.
Esperanza de vida
Según la Organización Mundial de la Salud más de 1.500.000 personas viven con un órgano trasplantado en todo el mundo y en Estados Unidos, aproximadamente 40.000 pacientes reciben un trasplante de órgano cada año, pero 120.000 pacientes permanecen en una lista de espera para el trasplante, con 7.600 personas que mueren anualmente mientras esperan un trasplante de órgano.
La saturación clínica que enfrentan los hospitales estadounidenses debido al COVID-19 se registra un efecto negativo en la donación y el trasplante de órganos en todo el mundo. Según un reciente estudio publicado en la revista médica The Lancet la reducción general en los trasplantes de donantes fallecidos desde el brote de COVID-19 fue del 51.1 por ciento en EEUU.
Los más afectados hasta el momento son los pacientes que desde hace años esperan trasplantes de riñón, hígado, corazón y pulmón para recuperar su salud o reducir drásticamente las probabilidades de muerte.
Datos preocupantes
Según las proyecciones de la Administración de Recursos y Servicios de Salud del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, desde julio de 2020, hay más de 120.000 candidatos para trasplantes en la lista de espera en el país. Dos de cada tres personas que figuran en la lista son mayores de 50 años y cerca de 2.000 niños menores de 18 años también esperan recibir un órgano en donación. Y lo más preocupante, es que cerca de 67.000 pacientes (59 %) pertenecen a minorías étnicas.
Las estadísticas relacionadas con las donaciones revelan que, en 2019, hubo un total de 19.267 donantes; 11.870 eran donantes fallecidos y 7,397, donantes vivos. Esto significa que el 36 por ciento de los donantes fallecidos en 2019 eran mayores de 50 años.
Done vida
Inscribirse como donante de órganos en el registro estatal significa que algún día podría salvar la vida de una persona. Al inscribirse, la mayoría de los estados le permiten elegir qué órganos y tejidos desea donar. Se puede tener mayor información en español visitando la página electrónica https://donaciondeorganos.gov/r5r/inscribirse.html.
El trámite es sencillo y se puede realizar en línea o personalmente en su departamento local de vehículos motorizados. La inscripción en línea tarda unos minutos. Todo lo que necesita es su información de identificación y su licencia de conducir o número de identificación con foto.
Se recomienda que cada persona que se convierta en donante se lo comunique a su familia para que reciba apoyo en sus deseos altruistas.
