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Reflexiones de un sacerdote tras recibir la vacuna contra el COVID-19

Soy uno de los afortunados que han sido bendecidos con la vacuna contra el COVID-19. En realidad, no lograba apreciar del todo la sensación de alivio y libertad que tendría con ella. Hay mucho que hacer y aún quedan precauciones que tomar, pero me siento esperanzado de que ya se vislumbra el final y que podré volver a ser el tipo de sacerdote que me gusta ser.

Hace un mes recibí la vacuna Pfizer, pues la edad y mis condiciones de salud me hacían estar entre las personas aptas para ser vacunadas antes que la mayoría. Espero y pido en oración que otros tengan la misma oportunidad lo antes posible, con el fin de desarrollar cierta inmunidad frente al grave virus que ha afectado al mundo entero.

Ya hace aproximadamente un año que estamos lidiando con los males derivados del COVID-19 y las noticias buenas que recibimos son pocas. Vimos cómo los casos aumentaban de unos cuantos en marzo pasado a miles en la primavera, decenas de miles en el verano y cientos de miles en el invierno. Es una gran tragedia que medio millón de personas hayan fallecido en Estados Unidos a causa del virus y que cerca de 30 millones lo hayan contraído. Los informes aclaran que es posible que la cifra sea mucho mayor, tal vez de unos 100 millones, si se agrega a todos los que fueron contagiados pero que no experimentaron síntomas y nunca lo supieron. 

Las vacunas nos dan una gran esperanza. Felicitaciones a aquellos de nuestra comunidad científica que encontraron una vía para desarrollar una vacuna tan rápidamente. Es una especie de milagro moderno el que se hayan aprobado vacunas tan eficaces en menos de un año. El récord anterior era de cuatro años para la vacuna contra las paperas en la década de 1960. ¿Se imaginan tener que esperar otros tres años?

Sé que no puedo bajar la guardia ni por mí mismo ni por quienes tengo cerca. Sigo usando la mascarilla y manteniendo la distancia social. Continúo lavándome las manos y siguiendo otros protocolos recomendados para ayudar a contener el contagio. Siempre me sorprende ver que algunos no acatan los protocolos, y me preocupo no solo por ellos, sino también por las otras personas que ellos pueden contagiar sin saberlo.

Me preocupan además aquellos que no quieren recibir la vacuna. Hay gente en nuestro país que al parecer desconfía de la ciencia y de estas vacunas. Más de una persona me ha dicho que no se la pondrán. Aunque respeto sus deseos, me parece que esta es la mejor manera de que todos, como familia y como país, nos unamos para que el virus se detenga.

Me complace informar que los clientes de nuestros albergues de requisitos mínimos situados en el Distrito de Columbia (que suman alrededor de 1.400 en tiempos normales) y los empleados que los atienden tuvieron la oportunidad de recibir la vacuna a través de Unity Health. Esa es una gran bendición, y creo que nos ayudará a evitar más tragedias y dificultades en dichos albergues, donde muchos se ven obligados a vivir sin poder distanciarse debido a las circunstancias de la vida.

También me preocupo por todos aquellos que están en prisiones, asilos de ancianos y otros lugares de atención; así como por los clientes a quienes atendemos todos los días. Todas estas personas necesitan y merecen la vacuna tanto o más que yo, y debemos buscar vías para que la reciban cuanto antes. 

Para las personas que no quieren recibirla, respeto su decisión; pero quiero animarles a reflexionar bien en qué es lo mejor para ellos, claro que sí, pero también para el bien de toda nuestra comunidad. Como dije antes, la vacuna puede darle a uno un grado de libertad y agradecimiento que era inesperado antes de recibirla. Es la sensación de haber hecho todo lo posible para superar el COVID-19, y así me parece que me protejo a mí mismo, a mi familia, a mi comunidad parroquial, a mis colegas de Caridades Católicas y a cualquier otra persona con quien tenga contacto. Me siento parte de una familia más amplia que hace todo lo posible para avanzar y volver al menos a una parte de la normalidad que nos permita estar juntos una vez más. 

Una de las cosas que extraño muchísimo es tratar directamente con aquellos que forman parte de mi familia espiritual. Espero poder ayudar a distribuir comidas a quienes las necesitan, visitar albergues y simplemente hablar con personas en la calle. Me he perdido oportunidades de atender a personas en situación de calle, a los pobres y a quienes han sido víctimas de los estragos de la vida. Amparado por la vacuna, siento que puedo volver a ser pastor de los pobres, pues me siento protegido por Dios y por la medicina. 

No me había dado cuenta de cuánto me animan, me vitalizan y me inspiran los necesitados y los vulnerables. Estar con ellos me permite ver a Jesús con mayor claridad y llevarlo a quienes acuden a nuestras puertas. Es maravilloso poder hacerlo una vez más, al menos hasta cierto punto, y espero poder hacerlo más y más a medida que pasen los meses. 

Seguiré siendo muy cauteloso, como todos hemos de serlo; y continuaré buscando alguna manera de ser portador de consuelo a cuantos lo necesitan y merecen la mano amiga de una Iglesia y de nuestras instituciones de caridad que están aquí para ellos. 

Le doy gracias a Dios por la maravilla de la medicina moderna, y anhelo que llegue el día en que todos podamos reunirnos nuevamente sin temor ni restricciones, y rezo para que la vacuna permita que así suceda cuanto antes. 

* Mons. John Enzler es presidente y director ejecutivo de Caridades Católicas de la Arquidiócesis de Washington. Esta es su columna "La fe en acción" para los periódicos y sitios web Catholic Standard y El Pregonero de la Arquidiócesis.

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