No hay duda de que los tiempos actuales son de mucho desafío para todos. El cambio tan vertiginoso de una sociedad agrícola a una industrial arroja consecuencias negativas. Y aquí se hace referencia al pueblo hispano, que vive en continuo movimiento, entre sus países latinoamericanos y Norteamérica. Se señala que algunos que ya son ciudadanos de este país, inicialmente emigraron con el expreso propósito de mejorar su situación económica. Después de arduo trabajo, han comprado propiedades, se han construido casas y viven a modo permanente en algún estado de la nación. Mayormente, en las grandes ciudades industriales, donde las oportunidades de trabajo abundan. Allí se establecieron, crearon una familia y los hijos se sienten más de aquí que de allá. Algunos de éstos solo hablan inglés. Un detalle interesante es, que los más prósperos, regresaron a su tierra, compraron propiedades y construyeron su casita allá. Viajan con frecuencia, especialmente, si ya están retirados de su trabajo.
Es en este escenario, que surgen tensiones y dificultades en el matrimonio. En el Norte, sus hijos nacieron, se criaron, se establecieron con buenos trabajos, se casaron, procrearon una familia y se establecieron permanentemente. La ‘abuelita’ vive muy a gusto, disfrutando de sus hijos y sus nietos. En contraste, el ‘abuelito’ se siente que el propósito por el cual emigraron al Norte, ya se logró. Él quiere regresar a su tierra, a aquel ambiente de tanta añoranza. Por supuesto, que los sentimientos de afecto, apego y puro disfrute, hacen que la abuelita no desee regresar. Se han sentado como familia, se ha dialogado y compartido el asunto de los abuelitos regresar a la patria. Los hijos abogan a favor de la mamá… ¡que no, que se quede por acá con ellos! Los ánimos se acaloran y el abuelito termina molesto y enojado. Es una situación delicada y repleta de emociones, nunca fácil de resolver.
Es muy interesante, escuchar a nuestro Santo Padre, León XIV, que durante su visita misionera a España, señalo: “El mundo está pasando por una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en un sin número de modos de violencia, polarización y desconfianza mutua…”. Esto claramente, se podría aplicar a la situación aquí mencionada. La experiencia muestra que, ante lo difícil de las consecuencias, la familia hispana se disgrega, perdiendo la cohesión tradicional y dando lugar a la desconfianza. Algunos se resignan a vivir descontentos y amargados, desconectados de la familia grande. Los hijos, en general, se desasocian de sus padres y parientes, buscando no envolverse en ese dilema. En ocasiones festivas, se reúnen, pero con la cautela de no tocar ese tema del regreso a la patria.
Lo que no se toma en cuenta, es que el extranjero que llega a este país queda impactado emocional y psicológicamente. Se ajusta a un modo de vivir, muy diferente al que se vivió en la patria. Se da el fenómeno, entonces, de algunos que, habiendo vivido años por acá, regresan a la tierra natal y no se acostumbran. Esto jamás lo van a admitir abiertamente, y continúan ‘disimulando’, como que aquí no ha pasado nada. Y es que no se está tomando en cuenta que, el ser humano es frágil y muy sensible. En el Norte, el ambiente, la cultura, las costumbres y estilos de vida son distintos y moldean al extranjero. Sin darse cuenta, queda afectado, adaptándose y adoptando una nueva manera de ser y de pensar, o sea, se han asimilado. ¡Todo esto ocurre en negación inconsciente! Precisamente, esto es lo que le impide sentirse a gusto, cuando regresa al ‘terruño amado’. ¡Ironía… jamás se imaginaba que algo así podría ocurrir!
Un aspecto que es importante mencionar en toda esta experiencia, es el elemento de la fe y la religiosidad del pueblo. La parroquia local, para muchos emigrantes, ha servido de ‘ancla’, ofreciendo asistencia, tanto económica como espiritual. Existen grupos de feligreses muy activos, que, en su generosidad, se dedican a la búsqueda de aquellos inmigrantes que posiblemente sin documentos, viven ‘recluidos’ y con temor a salir en público. Lo innegable es que la pobreza de Latinoamérica continuará siendo motivo de angustia y desespero, empujando a muchos a tomar la difícil decisión de emigrar. Mientras los medios de comunicación continúen publicando ‘la buena vida’ del Norte, el pueblo pobre de Latinoamérica continuará buscando medios y maneras de emigrar hacia este país. La sobrevivencia no es una opción, es una de las necesidades fundamentales del ser humano. Se añade como punto importante, que nuestros obispos se han mostrado continuamente preocupados por esta situación. Sus declaraciones y esfuerzos han sido de gran inspiración y ayuda en mejorar este problema pastoral. Muchas parroquias en las áreas más afectadas han respondido con efectividad, tratando también de remediar la situación.
Actualmente, se agrava la situación de los inmigrantes, cuando las autoridades establecidas, han ‘criminalizado’ su presencia en la nación. ¡No, no son santos… pero tampoco todos son ladrones y asesinos! Triste admitirlo, pero se ha creado un ambiente de homofobia e inseguridad que continúa perjudicando su presencia y cualquier esfuerzo de ayuda. Posiblemente, esta situación para muchos nunca ha sido tomada en cuenta. Pero que valga como punto de reflexión para todos los que, con grandes sacrificios, tomaron la decisión de emigrar y establecerse en la nación norteamericana. Recuérdese, los únicos que han vivido aquí toda su vida, son los indígenas, por tanto, todos los demás son inmigrantes.
