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El sufrimiento de los buenos

Madre de familia de origen haitiano participa de un servicio religioso en solidaridad por el sufrimiento social, económico y espiritual que vive la población en Haití. Foto/Mihoko Owada

Atrevimiento es escribir sobre este tema del sufrir de la gente buena. Y lo es, porque la Palabra de Dios ya nos ha dado el clásico en esta trama. Todos conocen el Libro de Job en el Antiguo Testamento. ¡Es todo un tesoro de riqueza espiritual! El meditar sobre el pobre Job, quien fiel y firme en la convicción que nuestro Dios es un Dios justo, compasivo y misericordioso, se somete humildemente a la voluntad de Yahvé. En el capítulo 1:21-22, Job se expresa diciendo: “Desnudo vine a este mundo, y desnudo saldré de él. El Señor me lo dio todo, y el Señor me lo quitó; ¡bendito sea el nombre del Señor! Así pues, a pesar de todo, Job no pecó ni dijo nada malo contra Dios.” No hay duda que son muchos los que, en un momento dado, han acudido a la reflexión de este pasaje bíblico. No es difícil creer en Diosito, cuando todo anda bien en la vida. El reto de la fe siempre será, cuando la situación de la condición humana arroja consecuencias duras y difíciles. “¡Tengo ya seca la garganta y mis rodillas entumecidas…, y Diosito todavía no me hace caso!” Esa actitud es común, en la frustración de algún penitente que clama al Señor sin recibir una respuesta. Alguien comentó, “No, no es que Diosito se tarde en responder a tu petición, es que tu fe es muy corta”.

No hay duda que ser fiel y perseverar en la fe, no es fácil. Uno de los peligros que amenaza a los discípulos de Jesús, es el sentimiento de “tener derecho” o el pensar calladamente, “no me merezco esto”. Es una actitud, conectada con la soberbia. Y por supuesto, esa soberbia usualmente es una fachada de la inseguridad e inmadurez del individuo. La vida espiritual siempre se parece a la persona del creyente. Por eso se valora tanto la sabiduría del dicho, ‘conócete a ti mismo’, originario de la filosofía griega. La relación con el misterio de lo sobrenatural fluye del carácter y temperamento del creyente. El Dios que cada creyente concibe se parece al mismo creyente. ¡Es todo un fenómeno psicológico! La indiferencia y enajenación respecto a lo espiritual, es clara expresión de la libertad del ser humano. Nadie cree por obligación. La fe es un don del Espíritu.

Es precisamente el creer, lo que sostiene a los discípulos del Señor, “en la buenas y en las malas”, según la convicción espiritual de cada uno. Pero el asunto que se plantea, al momento, es el prolongado sufrimiento de la gente buena, los que fieles al amor del Padre, viven de acuerdo al Evangelio y enseñanza del Señor Jesús. La redención de la humanidad insiste en el don de la eternidad. No en la liberación total de las angustias y malestares que son parte común de lo ordinario de la condición humana. Sufren los buenos y los malos, y eso se aprende meditando en la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús. Es su gloriosa resurrección lo que sostiene todo el misterio de la fe. No, no se sufre como el resultado de algún pecado en particular. De ahí, el gran error de pensar que alguna aflicción personal, es ‘castigo de Dios’. “Lo ves, te lo dije, ‘Dios te va a castigar por eso’, …me debiste hacer caso”. Fácil, pero erróneo ese argumento por algo que es todo un misterio.

Cierto, el amor de Dios es incondicional. ¡Pero no juega con la vida! Cada creyente fue creado a ‘imagen y semejanza de Dios’, porque tiene el don de razonamiento y libre voluntad. Amamos a Dios libremente. Y de igual manera, libremente, nos alejamos de Él. El sufrir, el sobrellevar la carga de la condición humana fallida, es el desafío de los que se ‘arriesgan’ a seguir creyendo y amando a Cristo Jesús. Siempre es una experiencia de mucha inspiración, cuando un ser querido sufre una tragedia y se mantiene fiel en su fe y amor a Dios. ¡Muchos no entienden! La mayoría se maravilla y crece en su admiración por el afligido. En ocasiones, algunos se cuestionan si ellos podrían soportar tal situación. Es bueno aquí, recordar la convicción pueblerina, de que Dios no permite una carga más pesada de lo que se pueda llevar. Se origina propiamente en I Corintios 10:13, “Hasta ahora, ninguna prueba les ha sobrevenido que no pueda considerarse humanamente soportable. Dios es fiel y no permitirá que ustedes sean puestos a prueba más allá de sus propias fuerzas; al contrario, junto con la prueba les proporcionará también la manera de superarla con éxito.”

Cuando la fe se debilita, toda la experiencia espiritual queda afectada, incapaz de sostener al creyente en su proyecto de crecimiento. Lleva a la enajenación de la práctica religiosa, y al descuido de la relación con Dios. La indiferencia tiene sus consecuencias. Se vive entonces de lo que es conocido como la ‘religiosidad popular’. Celebra fiestas patronales, Miércoles de Ceniza, Viernes Santo y por supuesto, un traje nuevo para el Domingo de Resurrección. Esto calma la conciencia y se vive lo ‘normal y rutinario’ en un pueblo que no niega a Dios. Abundan los símbolos religiosos, pero no necesariamente impactan la vida. Es en este ambiente que el ‘sufrimiento de los buenos’ se convierte en toda una tragedia sin posibles remedios. ¡Ay bendito!



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