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Obispo Studniewski: "El testimonio auténtico es lo que escucharán los jóvenes"

FOTO/MIHOKO OWADA El obispo Gary Studniewski habla sobre la importancia de vivir el Evangelio sirviendo a la comunidad durante una misa celebrada en escuela Blessed Sacrament en Washington DC. Foto/Mihoko Owada

El nuevo obispo auxiliar Gary Studniewski reflexiona sobre su experiencia como capellán castrense, su devoción por el Cursillo y su llamado a crear espacios de encuentro entre las comunidades de la Arquidiócesis de Washington.

Rafael Roncal

“Tendemos a vivir en nuestras pequeñas burbujas”, advierte monseñor Gary Studniewski, el nuevo obispo auxiliar de Washington, al reflexionar sobre la diversidad cultural de la arquidiócesis. En esta conversación con El Pregonero, el también capellán militar retirado explica por qué cree que el futuro de la Iglesia depende de crear espacios reales de encuentro entre comunidades —y de testigos auténticos que acompañen a los jóvenes de vuelta a la fe.

De la vida militar al llamado sacerdotal

Los hispanos constituyen un porcentaje significativo del Ejército estadounidense. ¿Cómo moldeó esa experiencia su comprensión de la fe e identidad hispana?

Es interesante: estuve en el Ejército antes de entrar al seminario, donde serví durante 10 años. Cuando solicité a la Arquidiócesis de Washington la candidatura al sacerdocio, el cardenal James Hickey era el arzobispo —previamente había sido obispo de Cleveland, Ohio—. Antes de que él viniera a Washington, le pregunté si me ordenaría sacerdote y me permitiría seguir sirviendo en el Ejército, ya que tenía cierta familiaridad con la vida militar y existía un acuerdo de copatrocinio: el Ejército invitaba a los obispos a visitar instalaciones militares para conocer la necesidad de capellanes católicos.

El cardenal Hickey aceptó una de esas invitaciones y visitó Fort Sill, Oklahoma, un centro de entrenamiento básico al que acudían muchos soldados. Al ver a tantos jóvenes latinos, pensó: “Si no tenemos sacerdotes que atiendan a estos jóvenes, que al menos son católicos de cultura, los vamos a perder”. Cuando le pregunté si me copatrocinaría con el Ejército, aceptó de inmediato, consciente de que gran parte de los hombres y mujeres católicos en las fuerzas armadas son hispanos.

Durante mis 28 años de vida militar conocí a muchísimos hombres y mujeres de fe, y celebré misa en español. Uno de mis destinos fue Fort Belvoir, aquí mismo en el norte de Virginia, donde había una pequeña comunidad hispana con misa dominical en su idioma. Sé suficiente español como para defenderme. De hecho, cuando serví en Egipto con una fuerza multinacional de mantenimiento de paz de 13 naciones, uno de los batallones era colombiano. Tenían sus propios sacerdotes, pero cuando alguno salía de permiso, yo lo sustituía y aprendí a celebrar la misa en español para ellos. Esa experiencia me sirvió después en Fort Belvoir. Me sorprendió siempre la receptividad y la alegría de la comunidad hispana ante la presencia de un sacerdote, y descubrí en ellos una fe muy hermosa y genuina, muy importante para ellos y para enseñar a sus niños a orar. Encontré en esa comunidad un profundo respeto y aprecio.

Obediencia, flexibilidad y confianza en la providencia

Usted recurre a su formación militar para explicar la importancia de la obediencia, la flexibilidad y el trabajo en equipo: se puede tener un plan, pero todo puede cambiar. ¿Cómo aplicaría esa flexibilidad al acompañar al Ministerio Hispano, donde las realidades cambian rápidamente —nuevas migraciones, nuevas necesidades, nuevas generaciones—?

Seré asignado como vicario para el clero, así que no sé si tendré, como sí tendrá el obispo Boxie, un ministerio directo hacia una comunidad cultural específica dentro de la arquidiócesis, con programas de evangelización propios. Lo que sí puedo compartir es mi experiencia como párroco de Blessed Sacrament. El otoño pasado, ante las redadas y deportaciones de ICE, me pregunté qué podía hacer nuestra parroquia para aliviar ese sufrimiento. Como contamos con un programa sólido de servicios sociales, envié a nuestro ministro de Justicia Social a la parroquia del Sagrado Corazón, a unas cuatro millas de distancia, para coordinar con su párroco.

Desde entonces vamos allí cada semana para ofrecer comida a familias necesitadas, y hemos recaudado miles de dólares para su ministerio Madre Cabrini, que ayuda con gastos legales y con la inseguridad alimentaria de personas sin hogar. Bajo ese liderazgo, Blessed Sacrament —una comunidad muy bendecida— no se quedó atrás en cubrir las necesidades de nuestros hermanos y hermanas. Creo que ese será mi enfoque como obispo: identificar dónde están las necesidades y cómo abordarlas. La gente está dispuesta a responder; solo necesita saber cuál es la necesidad y recibir un poco de liderazgo y ánimo.

Jóvenes, distracción y la urgencia de la fe vivida

El cardenal Robert McElroy enfatizó la importancia de los jóvenes en la Iglesia y advirtió que “la Iglesia está sangrando” porque los jóvenes se alejan. ¿Qué ha funcionado en su experiencia, especialmente en el ámbito militar, para mantenerlos comprometidos con la fe?

Hoy hay muchas distracciones para nuestros jóvenes. Están comprometidos con tantas cosas que la fe termina relegada. Si los perdemos, será difícil recuperarlos —probablemente no lo hagamos hasta que ellos mismos tengan hijos—. Lo que necesitamos, y algo que ayudé a instaurar en el Ejército, son programas que unan a los jóvenes: experiencias donde juntos sientan el amor de Dios y al Espíritu Santo. Puede ser un campamento juvenil, un retiro, o programas como Youth 2000 o los que la arquidiócesis prepara para el otoño.

El reto viene después: una vez que los jóvenes tienen esa experiencia transformadora, ¿qué ofrece la parroquia para sostenerla? Ahí creo que a veces fallamos. Mantener viva esa chispa, en medio de tantas distracciones, es uno de los grandes desafíos pastorales que enfrentan nuestros párrocos hoy.

Como capellán, sirvió con jóvenes soldados que tarde o temprano enfrentaban situaciones peligrosas. ¿Qué aprendió de ellos que le ayude hoy a acercarse a los jóvenes?

En gran parte, los jóvenes soldados no son religiosos. Muchas veces es el matrimonio y la vida familiar lo que los trae de regreso a la fe con el tiempo. Muchos crecieron en un hogar religioso, pero atraviesan una etapa donde eso deja de ser prioridad —yo mismo pasé por esa fase como joven oficial—. Además, existe una fuerte presión de grupo: como casi nadie practica su fe abiertamente, quienes sí lo hacen suelen ser menospreciados.

La única manera de contrarrestar eso es estar presente. No puedes esperar en tu despacho o en tu capilla a que vengan a ti, porque no vendrán. Tienes que salir con ellos, incluso a situaciones de peligro. Cuando serví en Irak, formaba parte de una unidad de ingenieros de combate encargada de despejar minas y artefactos explosivos improvisados en las carreteras —una misión de altísimo riesgo—. Cada mañana, al terminar el informe previo al convoy, yo rezaba una oración. Las primeras veces me miraban con extrañeza; cuando insistí en bendecir los vehículos antes de salir, me miraron “como si tuviera tres cabezas”.

Pero seguí rezando cada día. La primera vez que un artefacto explosivo dañó un vehículo, un soldado solo sufrió un golpe en la cabeza. La segunda vez, un soldado salió disparado desde la parte superior del vehículo y rodó por el suelo completamente ileso. Empezaron a pensar que alguien los cuidaba, que había una fuerza protectora. Con el tiempo, no salían sin que yo rezara. Aunque no se volvieron religiosos, aprendieron a respetar la fe de quien creía genuinamente en lo que hacía. Esa autenticidad es lo que predica, y tal vez sea la semilla que un día los lleve a buscar esa fe cuando llegue su momento.

Reflexionando sobre esa experiencia —jóvenes que, tras ver su fe, sintieron que alguien los protegía—, ¿cómo ayudar a los jóvenes de hoy a reconocer que hay Alguien superior que los cuida?

Nuestro testimonio es fundamental. No se trata de hablar todo el tiempo de uno mismo, pero un testimonio auténtico —una historia personal sobre la importancia de Dios en la propia vida— genera una escucha genuina; a la gente le interesan las historias humanas. Para los jóvenes en particular, y especialmente en la adolescencia, cuando naturalmente se distancian de sus padres, necesitamos testigos adultos y respetables fuera del círculo familiar: por eso existen los padrinos y los patrocinadores de Confirmación. Ellos escucharán a testigos auténticos.

El Cursillo y el llamado al sacerdocio

¿Hay alguna historia que le haya marcado especialmente y que quiera compartir con nuestros lectores?

El momento más crítico de mi camino de fe fue un fin de semana de Cursillo aquí en la Arquidiócesis de Washington, donde conviven comunidades de habla inglesa, hispana y vietnamita, cada una con su propio fin de semana. Mis primeros años en el Ejército no me tomaba la fe muy en serio, pero eso cambió gracias al testimonio de compañeros oficiales. Cuando llegué a Washington, tras ocho años en el Ejército, asistí a ese Cursillo y sentí un verdadero bautismo del Espíritu Santo.

Mi relación personal con Dios se transformó en una relación con la Iglesia, con la comunidad. Comprendí que el amor de Dios se manifiesta a través de la acción de la Iglesia, de mis hermanos y hermanas en Cristo. Ya no bastaba una relación privada con Dios: sentí el llamado a compartir ese amor, a servir, a ser instrumento de la misma sanación y perdón que había recibido. Eso fue lo que me impulsó a preguntarme cómo Dios me llamaba a servir a la Iglesia, un proceso de oración y discernimiento que finalmente me condujo al sacerdocio.

Comunidades divididas y el llamado a encontrarse

En el área metropolitana de Washington coexisten diversas comunidades, muchas de ellas inmigrantes y bajo situaciones de estrés. ¿Qué reflexión haría al respecto?

Tendemos a vivir en pequeñas burbujas. La Eucaristía es lo que más nos une, pero incluso ahí solemos celebrar por grupos lingüísticos separados. El Cursillo me enseñó que una experiencia inicial no basta: hay que sostenerla con una comunidad que se reúne regularmente, con testimonios y encuentros constantes. En mi propio fin de semana de Cursillo conviví con personas del sur de Maryland, de Montgomery, de Prince George's y del Distrito de Columbia, de todos los colores y círculos sociales.

Necesitamos más foros que nos permitan encontrarnos de verdad con nuestros hermanos y hermanas en Cristo, incluso con quienes no conocemos. Si yo fuera el obispo Boxie —o cualquiera de nosotros—, buscaría promover más encuentros entre nuestros diversos grupos culturales, porque una vez que conoces el corazón del otro, lo único que quieres es saber cómo ayudarlo.

Este año se celebra el 250º aniversario de la independencia de Estados Unidos, fundado sobre ideas de libertad e igualdad de oportunidades. ¿Honramos hoy ese compromiso fundacional?

Algo anda mal con nosotros ahora mismo: tenemos demasiado miedo. Queremos sentirnos cómodos solo con quienes piensan como nosotros y evitamos exponernos a nuevas ideas, culturas y formas de pensar. Yo crecí en una parroquia polaco-americana conservadora, de clase media-baja, y fui a una escuela secundaria pública en un barrio donde no cruzábamos cierta calle porque ahí vivían familias afroamericanas con quienes no teníamos contacto. De pronto esas personas eran mis compañeros de clase, y descubrí que eran maravillosas —se convirtieron en mis amigos—. Esa misma apertura continuó en el servicio militar, donde convivía con gente de todos los orígenes.

Cada vez que me he arriesgado a salir de mi zona de confort para conocer a mis hermanos y hermanas en Cristo, mi vida se ha enriquecido enormemente. Esa es la oportunidad que tenemos en la Iglesia de Washington si nos encontráramos más. En Blessed Sacrament creamos, durante una Cuaresma, un programa para que los feligreses —muchos de los cuales llevaban años sentados en la misma banca sin conocerse— pudieran compartir su historia. Ese sencillo programa, de apenas nueve semanas, transformó la parroquia, porque la gente empezó a encontrarse de verdad. Ahí es donde nace el amor y se forman los vínculos reales.

Palabras finales

¿Desea añadir algo o dirigir unas palabras a los jóvenes de nuestra comunidad?

Espero con ilusión este nuevo capítulo. Ya no seré solo el párroco de Blessed Sacrament, sino que tendré contacto con muchas comunidades de fe distintas —por ejemplo, a través de las Confirmaciones visitaré muchas parroquias que aún no conozco—. Como párroco, uno a veces se concentra en su propio rebaño; ahora tengo muchas ganas de conocer a esas diversas comunidades, amarlas y servirles.



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