Aunque todavía no habla bien español, el obispo auxiliar Robert Boxie se compromete a aprenderlo como muestra de cercanía con la comunidad hispana del área metropolitana de Washington.
Rafael Roncal
En medio de un contexto migratorio marcado por la incertidumbre y la tensión social, el obispo auxiliar de Washington, Robert Boxie, habla con franqueza sobre su compromiso con la comunidad hispana de la arquidiócesis. Conocido por su ministerio entre los estudiantes afroamericanos de la Universidad Howard, Boxie traza paralelos entre la experiencia de exclusión que ha marcado a la comunidad negra en Estados Unidos y los desafíos que hoy enfrentan los fieles hispanos, especialmente en tiempos de políticas migratorias restrictivas.
En este diálogo, el obispo reconoce con humildad que todavía no domina el español —a diferencia de su predecesor en este ministerio, el obispo salvadoreño Evelio Menjívar— pero se compromete a aprenderlo como muestra de respeto y cercanía pastoral. Habla también de la necesidad de escuchar a los jóvenes, de fortalecer el liderazgo laico hispano y de construir una Iglesia donde ninguna comunidad quede relegada a las sombras.
Ha hablado de la Iglesia como un hermoso mosaico de culturas. ¿Cómo traducimos esa visión en acciones concretas para fortalecer el ministerio en español en la Arquidiócesis de Washington, donde la comunidad hispana representa una parte muy significativa de los fieles?
Me gustaría conocer a tantas de las diferentes comunidades dentro de la comunidad hispana como sea posible: gente de México, Perú, Sudamérica y Centroamérica. Todas esas comunidades son diferentes y cada una aporta un regalo hermoso a la Iglesia, porque los hispanos no son un solo grupo homogéneo, sino que hay una gran belleza y diversidad dentro de esa comunidad. Para mí es importante conocer las necesidades de cada comunidad, conocer a sus líderes y ver cómo podemos trabajar juntos para abordar los desafíos, elevar esas voces y asegurarnos de que todos sean vistos, escuchados y tengan un lugar en la mesa. Quiero asegurarme de que sientan que la Iglesia es un hogar para ellos.
Su ministerio se centra en la comunidad afroamericana en la Universidad Howard. ¿Qué puente ve entre esa experiencia y las realidades de la comunidad hispana? Muchos de ellos también son marginados y vulnerables.
Algo muy hermoso de nuestra comunidad en Howard es que, aunque la universidad es mayoritariamente afroamericana, incluso dentro de la comunidad negra existen muchas diferencias. Parte de nuestra comunidad ha sido la comunidad afrolatina, y hay varios estudiantes afrolatinos en Howard. De hecho, hemos colaborado varias veces con un grupo estudiantil llamado ‘Chango’. En nuestro ministerio católico también hemos celebrado el Mes de la Herencia Hispana, porque esta es gente que forma parte de nuestra comunidad y queremos destacar la belleza y los dones de esas comunidades. Así formamos parte de esta Iglesia universal, donde no competimos entre nosotros, sino que compartimos y aprendemos unos de otros. Creo que eso enriquece la experiencia de Iglesia, de comunidad y de familia para nuestros estudiantes, y así es como debemos vivir la Iglesia. Tenemos estudiantes que hablan español y que vienen del Caribe, y hemos organizado eventos donde bailamos bachata, salsa y merengue. Nuestra comunidad se unió y fue una experiencia muy alegre. Al final del día, somos un ministerio de fe en el campus, y eso es lo que nos une a todos.
En un contexto de políticas migratorias restringidas y del clima social actual, usted ha alzado la voz contra los ataques a la diversidad racial. ¿Cómo ejercería ese mismo compromiso profético en defensa de nuestros inmigrantes que hablan español en la arquidiócesis?
Seguiré haciendo lo mismo. Todos somos hijos de Dios, todos hemos sido creados a su imagen y todos tenemos la dignidad de ser hijos e hijas suyos. Desgraciadamente, con la historia del racismo en este país, ese pecado es tan profundo que nos hace estar unos en contra de otros. El trabajo que hemos hecho en justicia racial con la comunidad afroamericana abarca todos los ámbitos: comenzó con los nativos americanos y con los africanos esclavizados en este país, y hoy sigue tomando nuevas formas. Ese pecado continúa asomando su rostro, especialmente en el contexto migratorio, cuando se trata de la comunidad hispana. Abogaré por la justicia racial para todas nuestras comunidades. Eso es parte de lo que somos y está en mi ADN como afroamericano: luchar por los más débiles, los excluidos, los olvidados y los marginados. Eso forma parte de mi comunidad, de mi historia y de mi herencia, y ese debe ser el modelo para todos. Nadie debería ser tratado como ciudadano de segunda clase, sin importar quién sea o de dónde venga.
Usted se ha enfocado en los jóvenes, asegurándose de que sean profundamente conscientes de sus realidades y busquen respuestas auténticas. ¿Qué propuesta concreta tiene para llegar a los jóvenes hispanos, que a menudo se encuentran entre dos culturas y dos lenguas?
En realidad, no es tan diferente ser joven afroamericano o joven negro en este país: a menudo sientes que vives entre dos culturas distintas. La diferencia es que, en mi caso, no hay una barrera de idioma de por medio. Comparto la misma preocupación de que nuestros jóvenes hispanos estén plenamente involucrados en la Iglesia, en la comunidad y en la sociedad. Queremos realzarlos, apoyarlos, escucharlos y hacer todo lo posible por darles las herramientas que les permitan entrar en el plan y el propósito que Dios ha creado para ellos. Me encantaría escuchar a los líderes y a los jóvenes de la comunidad hispana. Seré honesto contigo, Rafael: todavía no los conozco bien, pero este es uno de los temas que quiero conversar con el obispo Menjívar. ¿Quiénes son los líderes de la comunidad? Realmente quiero saberlo, porque son múltiples comunidades. No hay razón para que no estén plenamente activos, aportando todo lo que son a la Iglesia, especialmente el regalo de la juventud. Necesitamos que esa energía de nuestros jóvenes despierte, porque ahora mismo la viven con dificultad: se sienten abrumados, sienten que no tienen oportunidades, que todo está en su contra. Quiero ayudar a sacar esa alegría, esa vida, ese entusiasmo, esa energía que necesitamos de los jóvenes.
El obispo Menjívar fue el primer obispo salvadoreño en Estados Unidos y un referente cercano para la comunidad hispana, especialmente para los jóvenes. ¿Cómo planea honrar y dar continuidad a ese legado pastoral, siendo usted de una tradición cultural diferente?
Mi propia cultura me ha enseñado a ser sensible con otras culturas en general, porque los afroamericanos han sido, con frecuencia, excluidos, descuidados y olvidados. Por eso siempre estoy consciente de quién no está presente y me pregunto por qué no lo está. Eso lo tengo muy presente, y quiero asegurarme de que todos estén en la mesa, de que todos sean escuchados, de que todos sientan que tienen un defensor, alguien que aboga por ellos. Por eso tengo muchas ganas de hablar con el obispo Menjívar: él fue un amigo entrañable para la comunidad hispana, y es un gran legado el que debo continuar. Quiero hacer todo lo posible por conocer a la comunidad y estar presente, para que sepan que sí tienen un defensor, alguien que vela por ellos, que tiene sus intereses en el corazón y que quiere que prosperen, que tengan éxito, que se destaquen y florezcan como Dios quiso. Siento que está en mi ADN ser consciente de las comunidades minoritarias. Mencionaste también algo importante: que el obispo Menjívar fue el primer obispo salvadoreño en Estados Unidos, y eso significa mucho. Lo que puedo decir ahora es que espero trabajar en ello y que la comunidad hispana me acoja. Todavía no hablo bien español —sé francés e italiano— pero espero aprenderlo también.
¿Habla o estudia español? ¿Cuánta importancia le da al hecho de que un obispo pueda comunicarse directamente con sus fieles en su lengua materna?
Desafortunadamente, no he estudiado español todavía. Conozco un par de palabras y frases, pero espero aprender más. Es absolutamente vital hablar el idioma de la comunidad en la que uno sirve. Viví en el extranjero —tuve el privilegio de vivir y trabajar en Francia, y también viví en Italia— y tuve la oportunidad de viajar a muchos países diferentes. Una cosa que siempre procuré, adondequiera que iba, fue aprender frases en el idioma local, porque eso muestra respeto y amor: demuestra que me importas, que quiero aprender de ti y que quiero ser tu amigo. El lenguaje es fundamental para muchas cosas. No creo que sea casualidad que Jesucristo, la segunda persona de la Trinidad, también sea conocido como la Palabra de Dios. Nos comunicamos a través de nuestras palabras, y hay algo muy significativo en que Jesús sea la Palabra de Dios: Él es capaz de revelarnos quién es Dios en nuestro propio idioma, de una manera que podemos entender. Por eso es vitalmente importante, y confieso que me da un poco de vergüenza no saber español todavía, porque nunca lo he estudiado formalmente. He usado un poco de Duolingo, pero sé que es de vital importancia aprenderlo.
Parte de la misión de la arquidiócesis para la comunidad hispana incluye invitar y formar a ministros laicos para servir a la comunidad hispana. ¿Qué papel desempeñará en ese proceso de formación y empoderamiento?
Absolutamente. Formo parte del equipo de vocaciones aquí en Washington y soy consciente de la necesidad de vocaciones en la comunidad afroamericana. También debemos enfocarnos en la comunidad hispana, especialmente en aumentar el número de candidatos. Tenemos un par de jóvenes hispanos de El Salvador en nuestra parroquia, y aunque para algunos no parezca importante, para mí sí lo es: cada hombre, cada joven, debe considerar y estar abierto a una vocación, al seminario y al sacerdocio, y en cualquier comunidad a la que vaya seguiré promoviendo las vocaciones. En cuanto al liderazgo laico, la Iglesia ha hablado desde sus orígenes sobre la formación de líderes laicos en las comunidades. Desde los Hechos de los Apóstoles vemos el deseo de enviar a hombres de la propia comunidad para que sean sus líderes y atiendan sus necesidades, y eso continúa vigente hoy. Por eso la formación laica de nuestros líderes hispanos es vital, tanto como lo es para la comunidad afroamericana. Hay muchos desafíos similares entre ambas comunidades, y voy a abogar en los dos frentes, porque es necesario hacerlo.
¿Cuál es la mayor desconexión entre la juventud actual y la Iglesia? ¿Y cómo piensa afrontarla?
Creo que en la juventud en general hay una pérdida de identidad que, en este momento, se está agravando. No saben quiénes son, y cuando no sabes quién eres, intentas encontrarte en otras cosas que, al final, no te dan una verdadera identidad. Por eso el gran reto con los jóvenes es ayudarles a saber que son amados. Ellos reciben mensajes e imágenes, y escuchan de ciertos líderes, que les dicen que no son queridos, que no tienen oportunidades, que su voz no importa. Esos son los mensajes que escuchan nuestros jóvenes, y esa es la gran desconexión que enfrentan hoy: esta pérdida de identidad, el no saber que son amados, que tienen un Padre en el cielo que los ama inmensamente, mucho más de lo que ellos creen. El segundo punto es que hay una desconexión en cuanto al mensaje mismo de la Iglesia: ¿de qué se trata la Iglesia hoy? Los jóvenes buscan autenticidad y son capaces de discernir si alguien es genuino o no. Se puede decir una cosa, pero si las acciones dicen otra, esa falta de autenticidad aleja a la gente de la Iglesia, de la religión, y en última instancia —porque la Iglesia debe reflejar a Dios— aleja a la gente de Dios mismo. Si a nadie le importo, si a la Iglesia no le importo, y se supone que ella representa a Dios, entonces, ¿tampoco le importo a Dios? Yo diría que hay dos desconexiones: una es esta pérdida de identidad y de saberse amados por Dios, y la otra es la falta de autenticidad dentro de la Iglesia.
¿Qué ha funcionado realmente en su experiencia para mantener a los jóvenes involucrados en la fe?
Mi experiencia es descubrir qué les apasiona, qué les hace sentirse vivos, y ver cómo eso se puede emplear en la Iglesia: cómo pueden usar sus habilidades y sus dones dentro de ella. Creo que, muchas veces, las personas mayores se aferran demasiado tiempo a las cosas y no dan espacio para que los jóvenes se expresen o compartan sus ideas, y eso los frustra. ¿Por qué alguien querría quedarse si no se le permite adorar de la manera en que le resulta natural, la manera en que siente que alaba a Dios? Entonces, una forma de hacerlo es escuchar, averiguar qué les apasiona, qué les da vida, y darles el espacio para vivirlo, para compartir sus dones. Otra cosa que considero muy importante es simplemente escucharlos. Por ejemplo, algo que me gusta hacer es escuchar a mis alumnos y dejar que me cuenten sus historias: ¿de qué tratan tus clases? ¿qué te da alegría? ¿qué se te hace difícil? ¿cómo ha sido tu vida? ¿qué esperas con ilusión? ¿cuáles son tus esperanzas y tus sueños? ¿qué te apasiona? Creo que simplemente escuchar a los jóvenes, hacerles saber que son apreciados, que se les ve, que son amados, que alguien se preocupa por ellos, marca la diferencia. Quiero continuar haciendo eso como sacerdote y ahora en este episcopado, para que la gente sepa que su obispo se preocupa por ellos, que realmente los ama, que son un regalo para él. Así es como siento que mis alumnos son para mí, y solo quiero llevar eso a una escala más amplia.
¿Qué mensaje tiene para las decenas de miles de fieles hispanohablantes que asisten a misas en español cada semana en parroquias de la Arquidiócesis de Washington?
Nos alegra que estés aquí. Contribuyes a la riqueza y a la belleza de nuestra Iglesia local en el área metropolitana de Washington. Eres una parte importante del testimonio de fe en esta arquidiócesis, y espero aprender de ti, acompañarte y caminar en la fe junto a ti, para que juntos nos convirtamos en los santos que Dios nos ha llamado a ser, en este momento, en este tiempo, en este lugar y en este contexto que todos compartimos ahora mismo.
A propósito de la participación…
Es importante, para cualquier cultura, el momento en que se encuentra con otra cultura distinta a la suya: creo que ahí debe haber reciprocidad. No me gusta cuando las comunidades quedan relegadas o separadas, como si cada una viviera solo en lo suyo. Ahora bien, hay algo válido en preservar la propia cultura, pero también creo que hay algo valioso en compartirla con todos. Parte de la razón es que no quiero que la comunidad hispana, por ejemplo, se convierta en una especie de "Centroamérica dentro de Estados Unidos", aislada del resto. Debería existir una participación mutua, un beneficio mutuo. Somos católicos: podemos ser ambas cosas a la vez. Podemos preservar nuestra cultura y, al mismo tiempo, ser parte de algo más grande. Por eso quiero la mayor participación posible. Sobre todo, no quiero que la gente viva en la sombra, que se esconda, que quede relegada. Si yo fuera a Perú, no querría comportarme simplemente como un estadounidense en Perú: querría abrazar la cultura peruana, el idioma, las costumbres, las tradiciones, sin dejar de reconocer quién soy como estadounidense y afroamericano. Podemos hacer ambas cosas, y podemos hacerlo sacando a la gente de las sombras. Vivimos tiempos difíciles con todo lo relacionado con la inmigración, pero invitar a la gente a participar plenamente es una tarea que va en ambas direcciones.
