En medio de un intenso debate nacional sobre qué significa amar a Estados Unidos, el cardenal Robert W. McElroy ofreció el 5 de julio una respuesta que rechaza los extremos: el patriotismo católico, dijo, no puede reducirse ni a una simple adhesión a ideales abstractos ni a un apego ciego a la cultura concreta, sino que debe sostenerse en ambos a la vez — y medirse siempre por las Bienaventuranzas.
Con motivo del 250º aniversario de la independencia de Estados Unidos, el cardenal Robert W. McElroy pronunció una homilía en la Catedral de San Mateo en la que llamó a los católicos estadounidenses a repensar el sentido del patriotismo a la luz del Evangelio.
El cardenal describió el momento actual como uno marcado por “un amplio y vigoroso debate público” sobre la base del patriotismo estadounidense y sobre la propia identidad central de EEUU, un debate que, dijo, se ha intensificado en los meses previos a la celebración del aniversario.
La misa reunió a figuras clave de la vida eclesial de Washington en un momento de transición para la arquidiócesis. Entre los presentes estuvo el arzobispo Gabriele Giordano Caccia, nuncio apostólico en Estados Unidos, quien asumió el cargo en marzo de este año tras la jubilación del cardenal Christophe Pierre. Su asistencia cobra un significado particular en este aniversario: Caccia ha señalado públicamente que ve su misión como nuncio, iniciada justamente “en el año del 250 aniversario de la fundación de Estados Unidos”, como un servicio a la comunión y la paz de la Iglesia en el país de origen del papa León XIV.
También estuvo presente el obispo auxiliar de Washington, monseñor Juan Espósito, junto al obispo electo Robert P. Boxie III, quien será ordenado obispo auxiliar este martes 7 de julio en la Basílica de la Inmaculada Concepción. Boxie, capellán durante varios años de la Universidad Howard, se convertirá en uno de los obispos católicos más jóvenes del país y en la más reciente incorporación afroamericana al episcopado de la arquidiócesis. Su presencia en la celebración, a solo dos días de su propia ordenación, subrayó el carácter comunitario de la jornada, en la que la reflexión del cardenal sobre la identidad nacional se entrelazó con el propio momento de renovación que vive el liderazgo episcopal de Washington.
Las Bienaventuranzas como patrón de vida, no como sueño lejano
El cardenal partió de la lectura del Evangelio del día, centrada en las Bienaventuranzas, que dijo están “en el corazón de nuestras misiones como discípulos de Jesucristo”. Señaló un problema recurrente en la manera en que los creyentes suelen leerlas: tratarlas como algo meramente aspiracional, demasiado idealista para ser vivido en la práctica. Frente a esa lectura, McElroy insistió en que ese es precisamente el llamado que los católicos están invitados a profundizar y renovar en el corazón. Las Bienaventuranzas, dijo, “están pensadas para ser directamente el patrón que vivimos como discípulos de Jesucristo” — no un sueño de lo que podría ser, sino “la llamada y la misión de Cristo para transformar nuestro mundo” según ese patrón, de modo que el reinado de Dios esté verdaderamente presente entre nosotros.
De ahí surgió la pregunta que articuló el resto de la homilía: ¿qué es el patriotismo, y cómo hacer de las Bienaventuranzas el modelo con el que los católicos, como ciudadanos y creyentes, ejercen su deber y responsabilidad como estadounidenses patriotas?
Dos caminos hacia el patriotismo, y un falso dilema
El cardenal describió con detalle las dos visiones que, según él, han dominado el debate público reciente sobre la identidad nacional. Durante la mayor parte de la historia reciente del país, explicó, la dedicación y el amor por Estados Unidos se han entendido como un compromiso con los ideales establecidos por los Fundadores en la Declaración de Independencia, junto con los esfuerzos reformistas que a lo largo de la historia nacional han buscado corregir los “enormes fracasos históricos” en el intento de vivir esos ideales como país.
Desde esa visión, dijo McElroy, Estados Unidos en su núcleo es un conjunto de ideales y aspiraciones que estamos llamados a alcanzar, y el patriotismo consiste precisamente en ese esfuerzo. La unidad nacional, en esta lectura, no nace de lazos de sangre —como ocurre en tantas otras naciones— sino de los principios que han forjado al pueblo estadounidense.
Frente a esa visión, el cardenal describió una segunda corriente, más reciente en el debate público, que sostiene que el patriotismo no puede sostenerse eficazmente en un conjunto de ideales abstractos, sino que debe estar arraigado en el amor por la sociedad concreta en la que se vive. Desde esta perspectiva, es una comunidad y una cultura nacional específicas —no un catálogo de principios— de donde debe brotar el patriotismo afectivo.
Para los católicos estadounidenses, afirmó McElroy, presentar estas dos vías como contradictorias es “un falso dilema”. A los ojos de la fe, dijo, ambos caminos son esenciales para comprender el llamado del creyente a actuar como ciudadano y patriota en los tiempos turbulentos que vive el país.
La base de los principios fundacionales
El cardenal invitó a los presentes a recuperar el dilema que enfrentaron los Fundadores al declarar la independencia de Gran Bretaña. En ese momento, dijo, comprendieron que estaban lanzando “un experimento peligroso” en un mundo que no había conocido una república democrática en más de mil doscientos años. Se embarcaban en una guerra contra la mayor potencia militar del mundo, y debían forjar la unidad entre las fracturadas trece colonias.
La Declaración de Independencia que surgió de ese momento, recordó McElroy, estableció una serie de principios que “cautivaron al mundo por su belleza y profundidad”: que todos los hombres son creados iguales, que su Creador les otorga derechos inalienables —entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad—, y que la justicia debe ser el marco de la vida política y del derecho. A estos principios, y a la democracia que impulsaban, los Fundadores prometieron, en palabras del propio documento que citó el cardenal, “sus vidas, sus fortunas y su sagrado honor”.
Para los católicos, dijo McElroy, estos principios y estándares constituyen “una base convincente para el patriotismo estadounidense”, precisamente porque están explícitamente arraigados en Dios como fuente última de la dignidad humana, y porque señalan elementos clave de la enseñanza social católica contemporánea sobre igualdad, libertad y justicia.
Pero subrayó que lo más importante es que esos principios han clamado, y siguen clamando continuamente, por una reforma en la sociedad estadounidense para corregir fracasos masivos: la esclavitud, el trato dado a los pueblos indígenas, los derechos de las mujeres, el imperialismo, el racismo y la persecución religiosa.
Este patriotismo arraigado en los principios fundacionales, sostuvo el cardenal, es “profundamente aspiracional”, nunca contento con limitaciones a los derechos humanos fundamentales. De este modo, dijo, se corresponde con la doctrina social católica, que busca continuamente la reforma y nunca es complaciente — “una misión que nunca disminuye y nunca termina para nosotros como católicos y como ciudadanos de los Estados Unidos”.
El amor por la sociedad concreta: la voz de cuatro Papas
Si el patriotismo de principios ofrece una base esencial para entender el patriotismo católico, dijo McElroy, el amor por la sociedad y cultura concretas en que vivimos es la otra. Para desarrollar esta segunda dimensión, el cardenal recurrió extensamente a las palabras que los cuatro papas más recientes han dirigido al pueblo estadounidense en sus visitas al país.
Citó primero a san Juan Pablo II, quien durante su visita de 1987 declaró: “Saludo una vez más al pueblo estadounidense con su historia, sus logros y sus grandes posibilidades de servir a la humanidad”, y rindió homenaje a lo que el país ha logrado “por su propio pueblo, por todos aquellos a quienes ha acogido con creatividad cultural y acogido en una unidad nacional indivisible”, conforme a su propio lema, E pluribus unum.
El mismo santo, recordó McElroy, subrayó también la libertad como una de las grandes gracias de la vida y cultura estadounidenses, señalando que desde el inicio del país esa libertad estuvo dirigida a formar una sociedad bien ordenada, a promover la vida pacífica y a salvaguardar los derechos humanos — “una experiencia de libertad ordenada”, en palabras del Papa, que es “una parte muy apreciada de la historia de esta tierra”.
El cardenal citó después al papa Benedicto XVI, quien en su visita de 2008 destacó el logro de Estados Unidos al llevar una perspectiva religiosa sólida al corazón de la vida pública, sosteniendo al mismo tiempo una auténtica cultura de libertad religiosa. Benedicto, recordó McElroy, afirmó que “desde el albor de la República, la búsqueda de libertad de América ha estado guiada por la convicción de que los principios que rigen la vida política y social están íntimamente ligados a un orden moral basado en el dominio de Dios nuestro Creador”.
Del papa Francisco, en su visita de 2015, McElroy recogió la referencia a los sueños que animan la cultura estadounidense —su espíritu aventurero, su creatividad, su productividad y su impulso positivo—. “Me alegra que EEUU siga siendo para muchos un país de sueños”, citó el cardenal. “Sueños que llevan a la acción, a la participación, al compromiso. Sueños que despiertan lo más profundo y verdadero en la vida de un pueblo”.
El cardenal añadió también las palabras de Francisco sobre el sacrificio y el arduo trabajo de generaciones de estadounidenses para construir la sociedad de la que forman parte: “Ellos moldearon valores fundamentales que perdurarán para siempre en el espíritu del pueblo estadounidense. Un pueblo con este espíritu puede sobrevivir a tantas crisis, tensiones y conflictos, encontrando siempre los recursos para avanzar y hacerlo con dignidad”.
Finalmente, McElroy citó al papa León, quien ese mismo fin de semana aceptó la Medalla de la Libertad y habló de su amor por su país de origen: “Como hijo de este gran país, fundado por hombres y mujeres que soñaron con la libertad y una vida mejor para ellos y para sus hijos, me uno a vosotros para pedir la bendición de Dios sobre el futuro de América”.
El cardenal citó también las palabras del papa León sobre el significado histórico de Estados Unidos para el mundo: que en los últimos doscientos cincuenta años, para tantos pueblos del planeta, fue “la firme determinación de lograr la noble visión de los fundadores de la nación” lo que convirtió a Estados Unidos en sinónimo de libertad, mientras el país abría sus puertas a sucesivas oleadas de inmigrantes; y que ese mismo amor por la libertad inspiró a Estados Unidos, en las horas más oscuras del siglo pasado —durante las dos guerras mundiales— a mirar más allá de sí mismo y, con gran sacrificio, defender la causa de la libertad más allá de sus propias fronteras.
Unidad, libertad, libertad religiosa, una tierra de sueños, una nación de sacrificio y sed de justicia: estas y muchas otras cualidades profundas de la cultura estadounidense, dijo McElroy, llaman a amar a la nación por sus logros y su riqueza en estos últimos doscientos cincuenta años. Son, afirmó, “un ancla fuerte para un patriotismo emocional genuino” y para la celebración de estos días.
La solidaridad como antídoto a la polarización
El cardenal explicó que la teología de la Iglesia ofrece un marco preciso para comprender este patriotismo afectivo: la enseñanza católica sobre el principio de solidaridad. Esta enseñanza, dijo, señala que todos estamos bendecidos por la sociedad en la que vivimos, y que todos somos deudores de ella.
La solidaridad, explicó McElroy, es “un antídoto al individualismo radical” que puede cegarnos ante las muchas riquezas recibidas de la sociedad y la cultura en su conjunto. Nos lleva, dijo, a entender que la participación en la vida social nos llama a fortalecer las comunidades cívicas, a proveer por el bienestar de los demás y a buscar la armonía entre todos.
Sin embargo, advirtió el cardenal, esa solidaridad “está siendo eclipsada por la polarización que está desgarrando nuestra nación en este momento”. Cualquier patriotismo genuino, dijo, y de manera especial uno arraigado en la fe católica, debe resistir “las mareas sociales que nos alejan unos de otros” y que amenazan con volver a la sociedad hacia dentro de sí misma, transformando el amor por la patria en “un patriotismo distorsionado que es exclusivo y puro”.
Un llamado a la reforma constante
Al cerrar su homilía, el cardenal McElroy invitó a los fieles a abrazar, como personas de fe, un patriotismo arraigado tanto en la visión fundacional de la nación como en el profundo amor por la cultura y sociedad concretas en que viven. Pero insistió en que ese doble fundamento debe ser reformado constantemente a la luz del Evangelio y de las Bienaventuranzas, que son el modelo de la transformación del mundo a la que los católicos están llamados. “Porque debemos siempre, con patriotismo, avanzar, nunca complacientes, siempre aspiracionales y llamados a la grandeza”, concluyó, “la verdadera grandeza a la que nuestro país debe avanzar”.
