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Fe sostiene a católicos que perdieron familiares en ataques terroristas del 11 de septiembre hace 25 años

En foto de archivo se aprecia a una mujer que llora ante la inscripción del nombre de su difunto esposo en el Monumento y Museo Nacional del 11 de septiembre en la ciudad de Nueva York. Foto/OSV/Chang Lee, Reuters

El 11 de septiembre de 2001 Joseph Connor estaba de espaldas al gran ventanal de su oficina en el piso 36 cuando "de repente sintió más de lo que escuchó" el brutal impacto de un avión comercial que se estrellaba contra la torre norte del World Trade Center, a unos 500 metros de distancia.

Mientras Connor observaba cómo páginas y páginas de papel de oficina caían lentamente como lluvia desde el rascacielos en llamas contra el cielo despejado y soleado, se dio cuenta de que su primo Steven Schlag, un corredor de bolsa en la firma financiera Cantor Fitzgerald, trabajaba trabajaba en uno de los pisos superiores de las torres.

El banquero sospechó que el número de víctimas mortales estaba aumentando rápidamente mientras intentaba frenéticamente llamar a su primo, un pariente muy cercano. Entonces, la parte central de la segunda torre estalló en una bola de fuego, al ser impactada por un segundo avión. Para Connor, esto confirmó que se trataba de un ataque terrorista.

"¿Cómo pudo volver a suceder esto?", recuerda haberse preguntado. "(Steven) tenía una esposa --una esposa de origen extranjero, como lo fue mi mamá-- y tres hijos. Mi mamá tuvo dos. Pero ¿por qué, Dios? ¿Qué? ¿Cómo permitiste que esto sucediera?"

Conocía bien la angustia de una joven viuda que se quedaba con hijos pequeños. Era la historia de su madre el día en que perdió a su esposo en un atentado terrorista 26 años antes, en 1975, en una antigua taberna cerca de su oficina en Wall Street.

Mientras Estados Unidos se prepara para conmemorar el 25.º aniversario de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, Connor, de 60 años, describió recientemente a OSV News la devastación que se desató ante sus ojos ese día. Los ataques liderados por Al Qaeda en Nueva York y Washington, junto con un intento frustrado en Pensilvania, dejaron cerca de 3.000 muertos.

Connor dijo que cuestionó a Dios después de ver "pequeñas siluetas saltando" desde las torres en llamas hacia su muerte el 11 de septiembre.

"¿Cómo es posible que las personas tengan que elegir entre quemarse o caer 1.000 pies?", preguntó Connor. "Eso es algo con lo que he luchado. Pero creo que, con el tiempo, mi fe se ha fortalecido mucho más, y sin duda en la última década, creo que se ha fortalecido aún más".

Connor, quien asiste regularmente a Misa, atribuye en parte el fortalecimiento de su fe tras esas pérdidas a su hijo, un fraile agustino que se está preparando para el sacerdocio. Dijo que la fe de su hijo lo ha ayudado a "reflexionar más… y a comprender lo que significa ser católico… a acoger verdaderamente a Dios y a Jesús".

Connor, quien reside en Nueva Jersey y ahora es un activista contra el terrorismo, perdió a su padre días después de cumplir nueve años. El 24 de enero de 1975, Frank Connor, de 33 años, estaba almorzando en Fraunces Tavern, en el corazón del distrito financiero de Manhattan, cuando él y otros tres hombres murieron, y casi 60 resultaron heridos en un atentado con bomba. Las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), un grupo separatista puertorriqueño, se atribuyó la responsabilidad.

Connor dijo que nunca ha tenido la intención de alejarse de Dios, a diferencia de otras personas que conoce y que perdieron a seres queridos el 11 de septiembre. La experiencia, dijo, de perder a su padre y ser criado por una madre y una abuela que eran mujeres irlandesas devotas lo mantuvo con los pies en la tierra y le permitió sobrellevar mejor la pérdida de su primo cercano, a quien describió como un hombre fuerte y divertido.

"Íbamos a la iglesia y todo eso, pero la abuela Connor siempre nos inculcó que nunca nos criáramos con odio", dijo Connor.

Su prima Jean Schlag Nebbia, de Naples, Florida, también se aferró a su fe poco después de que su hermano mayor Steven, de 41 años, muriera en el ataque.

"Nunca culpé a Dios por el 11 de septiembre. Sentí que se te da el regalo de la vida y luego se te da el regalo de la libre elección. Y a veces hay gente mala que toma malas decisiones, y otras personas resultan lastimadas por esas malas decisiones", dijo Nebbia a OSV News.

Tres meses después de los ataques, llegó a una conclusión.

Nebbia, de 63 años y ex-auxiliar de maestros de educación especial, describió cómo veía obsesivamente las imágenes de las torres en llamas en las noticias, tratando de encontrar a su hermano entre quienes saltaban de los edificios. Tras pasar tres meses viéndolas sin parar, su esposo le dio un consejo que un compañero de trabajo cristiano le había dado a él: "decir 'voy a poner esto en manos de Dios'".

"El momento en que me dijo eso fue el momento en que empecé a vivir… dejando de lado mis preocupaciones y aceptando lo desconocido", dijo Nebbia a OSV News. "Ya sabes: 'Dios, necesito dormir bien esta noche. Voy a poner esto en tus manos'. Eso, para mí, fue un punto de inflexión. Y no sé si hubiera podido hacerlo si no contara con mi base católica".

Nebbia dijo que sus 12 años de educación católica y el hecho de haber crecido asistiendo regularmente a Misa le dieron una base sólida en la fe en la providencia de Dios. Dijo que recurre a Dios en oración para casi todos los aspectos de su vida porque "él me respalda", tal como "siempre lo hizo" su hermano mayor, con quien era muy unida.

Vera Murphy Trayner también se apoyó firmemente en su fe tras perder a su esposo, Patrick Murphy.

La mañana del ataque, Trayner rezó el rosario con fervor mientras se apresuraba a regresar a casa desde la guardería de su hijo, empujando su carriola. Murphy, de 36 años y vicepresidente de tecnología en la firma de consultoría de recursos y gestión Marsh McLennan, se encontraba en el piso 97 de la primera torre, que fue impactada tres pisos más abajo. Su departamento se había mudado allí apenas unos meses antes.

La oración a la que Trayner recurría "siempre" le había dado resultados, ya que sus oraciones eran escuchadas.

"Recé y recé y recé para que Patrick encontrara una salida. Era tan inteligente… y atlético y joven… y fue la primera oración que hice que no fue escuchada", dijo Trayner a OSV News.

Dijo que "se sintió decepcionada", pero también se mantuvo firme en la creencia de que la muerte de su esposo "sucedió por una razón" y que "tenía que aceptarla".

"Bueno, es el libre albedrío. Los terroristas, obviamente, están guiados por el mal y pudieron cometer un acto tan malvado", dijo Trayner. "No quiero compadecerme de mí misma porque, a lo largo de la historia, ha habido traumas, guerras. Hay muerte. Hay incendios".

Trayner, quien ahora tiene 60 años, dijo que sus estudios en el Boston College, una institución dirigida por jesuitas, la acercaron aún más a la fe durante los momentos difíciles.

"Pude hacer preguntas y, como mujer de fe católica, como viuda de fe católica y como madre, leí bastantes libros diferentes… para responder a mis propias preguntas y hablar con la gente", dijo.

Trayner, una orientadora universitaria de Tampa que se volvió a casar en 2006, ha confiado en el Espíritu Santo "para que me dé las palabras adecuadas", en la Santísima Virgen para que interceda en la crianza de sus hijos, y en los santos, especialmente en Santa Juana de Arco, para que la guíen a través de cada desafío importante.

Aun así, dijo, mientras describía cómo le brotaba el sudor al hablar con OSV News, sigue atormentada por la idea de cuánto debió haber sufrido su primer esposo cuando la torre norte quedó envuelta en un infierno y se derrumbó.

Nebbia admitió que, como católica, en las últimas semanas ha comenzado a tener dificultades para perdonar a los terroristas.

"Simplemente siento que no necesito perdonarlos. Ese no es mi trabajo. Así que ahora me cuestiono a mí misma, pensando: 'Bueno, ¿cómo hago para perdonar a estas personas? ¿Cómo?'. Ese era su objetivo. Lo lograron. Ahora, me cuestiono esa parte de mí", dijo.

Connor dijo que ha llegado a aceptar las trágicas pérdidas de su familia.

"Quizás no entendía la razón, y quizás no entiendo la razón por la que mataron a Steve y a las otras 3.000 personas, pero sí siento que Dios tiene una razón para ello", dijo.



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