Cada noviembre, miles de familias hispanas de nuestra arquidiócesis preparan la mesa de Acción de Gracias. Hay pavo en algunas, pupusas, tamales o arroz con pollo en otras, y en muchas, ambas cosas. Pero en demasiados hogares hay también algo que no se ve en las fotografías: las sillas vacías de los padres que quedaron en sus países, de los hermanos que no han podido viajar, de los abuelos a quienes solo se ve a través de una pantalla.
Para el migrante, la gratitud nunca es un sentimiento simple. Se da gracias con la alegría de lo recibido y con la nostalgia de lo dejado atrás. Y es en esa tensión donde la fe tiene algo que decir.
El Evangelio según san Lucas narra que diez leprosos fueron curados, pero solo uno volvió para dar gracias, y era samaritano, un extranjero. Quien mejor reconoce el don es quien conoce la necesidad. Así el inmigrante que trabaja con esfuerzo, que sostiene a su familia aquí y allá, que sigue creyendo, sabe que nada se da por descontado. Su gratitud es testimonio de que la vida, el trabajo y el pan de cada día son gracia.
La Eucaristía, cuyo nombre significa “acción de gracias”, nos enseña que quien da gracias se une a todos los que forman el mismo Cuerpo. Por eso invitamos a las familias a nombrar en voz alta, antes de comer, a quienes no están; a llamar a quien espera una voz al otro lado del teléfono; y a no dejar solo a quien este año se sienta a la mesa sin familia. Una parroquia que abre su salón o una familia que suma un plato convierten la nostalgia en comunión.
Dar gracias, sin embargo, no puede quedarse en el sentimiento. Quien reconoce lo que ha recibido se siente llamado a responder, y hoy esa respuesta es, de manera imperativa, tarea de los jóvenes hispanos. Hijos y nietos de quienes cruzaron fronteras, están llamados a involucrarse en el quehacer social, político y económico del país: en la parroquia y la escuela, en el lugar de trabajo y la asociación de vecinos, en el servicio público y, quienes pueden hacerlo, en las urnas.
El papa León XIV nos recuerda que el trabajo es el corazón de la economía y que los trabajadores tienen “el derecho y el deber de participar en las decisiones que afectan a su actividad”, afrontando los conflictos con diálogo y acciones no violentas. Comprometerse en la economía y en la política según los criterios del Evangelio, afirma, “es un modo de construir la paz”. Esa paz no se reduce a la ausencia de guerra: se edifica cuando se exige un trabajo digno, cuando se defiende al más débil, y entre ellos al migrante, y cuando se cuida el bien común. Por eso el Santo Padre anima a los jóvenes a seguir el ejemplo de quienes dieron buen testimonio en estos ámbitos.
Y el ejemplo es, desde siempre, el patrón moral más persuasivo. Hay una sabiduría antigua según la cual “saber y obrar no son más que una cosa”: el conocimiento solo es tal cuando se vuelve carácter. La participación se aprende mirando. El niño que acompaña a su padre a votar, o que ve a su madre alzar la voz en una reunión escolar, aprende sobre ciudadanía más que en cualquier clase. El ejemplo de participación es proverbial, y nuestra comunidad trabajadora, que madruga, sirve y sostiene, ya lo da cada día. Falta que los jóvenes tomen la posta.
A ellos decimos: su formación, su bilingüismo y su talento no son un adorno, sino un don que se multiplica al servicio de todos. Fórmense, asóciense, estudien la doctrina social de la Iglesia y participen sin miedo y sin partidismos, sabiendo que cada gesto cívico es también un acto de fe y de paz.
Pronto comenzará el Adviento, tiempo de espera confiada. El migrante, que sabe esperar un reencuentro, un documento o un regreso, tiene mucho que enseñar a toda la Iglesia sobre la esperanza. Damos gracias por lo que tenemos y esperamos, con paciencia y con fe, lo que Dios sigue preparando para nuestras familias.
Qué en cada hogar haya un lugar para el que llega, un recuerdo para el que no está y una oración para todos.
