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Migrantes recién llegados reciben ayuda y consuelo en el Distrito

En la puerta principal del Observatorio Naval en Washington, DC, inmigrantes venezolanos y centroamericanos esperan que una camioneta los lleve hasta un refugio temporal. Foto/CNS/Reuters/Marat Sadana

Desde abril la llegada de más de diez mil inmigrantes indocumentados procedentes de la frontera de Texas y Arizona se ha convertido en una dolorosa rutina en nuestra capital. Todas las semanas llegan -en ómnibus- familias enteras que son dejados a su suerte en Union Station, en las puertas de algunas parroquias, en calles aledañas a la Casa Blanca o en el Observatorio Naval, obligando a las autoridades locales a declarar al Distrito de Columbia en emergencia pública para liberar diez millones de dólares destinados a la asistencia social. 

Ante la falta de recursos económicos para atender a los recién llegados, las autoridades municipales coordinan con diversas organizaciones humanitarias, como Caridades Católicas de Washington, para ofrecer asistencia inmediata en alimentación, aseo personal, ropa, cuidados de salud, vestimenta y refugio temporal, mientras logran comunicarse con sus familias y continuar su viaje hasta su destino final.

Debido al volumen de inmigrantes los refugios de la ciudad se encuentran al máximo de su capacidad, por lo que ahora varias familias han sido alojadas temporalmente en modestos hoteles del Distrito de Columbia y en los condados de Montgomery y Prince George. También en los albergues regentados por Caridades Católicas se brinda cuidado a quienes cruzaron la frontera escapando de la violencia y el hambre.

St. Peter y su párroco Daniel B. Carson brindan asistencia primaria a las familias que llegan de la frontera en ómnibus y que son dejadas en la calle. En sus instalaciones dos veces por semana se reciben grupos de inmigrantes para que puedan alimentarse, recibir donaciones de ropa y alimentos, ducharse e informarse de las opciones disponibles de transporte y alojamiento temporal.

A diario se observan a niños y jóvenes jugando en los jardines de dichos hoteles, mientras sus padres coordinan con sus familiares la compra de pasajes para llegar a diversas ciudades en Carolina del Norte, Georgia, Pensilvania, Boston, Chicago y Florida. Los pequeños no asisten a la escuela en espera de saber exactamente donde empezarán su nueva vida en el país. 

Emergencia y asistencia

Con la declaratoria de emergencia, la alcaldesa del Distrito de Columbia, Muriel E. Bowser, anunció la creación de la “Oficina de Servicios para Migrantes”, que estará bajo la tutela del Departamento de Servicios Humanos, la cual permitirá articular una mayor atención en situaciones inesperadas como la llegada de inmigrantes o situaciones similares.

“No somos una ciudad fronteriza, tenemos que tener una infraestructura que nos permita lidiar con la crisis fronteriza que tiene repercusiones sociales y políticas en todo el país. Lamentablemente, hoy no tenemos más espacios disponibles en el Distrito de Columbia”, dijo recientemente Bowser a la prensa. 

La religiosa Sharlet Ann Wagner, de Caridades Católicas de la Arquidiócesis de Washington, calificó de positiva la implementación de la “Oficina de Servicios para Migrantes” que en breve permitirá a las organizaciones comunitarias poder contar con algún tipo de ayuda para atender las necesidades de las personas que se encuentran en calidad de indocumentados. 

“Nosotros hacemos todo lo posible por ayudar a nuestros hermanos que llegan procedentes de la frontera. Somos conscientes que los actuales recursos son insuficientes, pero gracias a las donaciones y el trabajo solidario de los voluntarios les damos la bienvenida a los inmigrantes. También mostramos una Iglesia viva que se preocupa por los desvalidos tanto en las parroquias como en los hoteles temporales”, manifestó la hermana Sharlet.   

El párroco Carson mencionó que por varias semanas han llegado buses desde la frontera con familias desorientadas y buscando no solo ayuda para sus hijos, sino también asistencia para comunicarse con sus familiares residentes en otros estados.

“En el sótano de la parroquia hemos habilitado duchas para damas y caballeros, ofrecemos alimentos y fórmulas para bebes. También, hemos colocado mesas con ropa para todas las edades. Les recibimos con alegría, ayudamos a nuestros hermanos y les damos consuelo en nombre de Dios”, indicó el párroco de St. Peter en Capitol Hill.

Edwin Méndez, líder parroquial en San Miguel Arcángel de Silver Spring, dijo que los fieles de la parroquia desde hace meses realizan diversas acciones de asistencia en favor de los inmigrantes indocumentados que llegan procedentes de Texas o Arizona y deciden quedarse en Maryland.

“En nuestra parroquia todos son solidarios con los hermanos procedentes de la frontera. El comité parroquial hispano, así como los voluntarios del grupo de la Renovación Carismática y de la Legión de María coordinamos la ayuda que se necesite, que es material y espiritual. Cuando llegan a nuestra parroquia siempre les apoyamos en todo lo que esté a nuestro alcance”, puntualizó Méndez. 

Testimonios

Los guatemaltecos Juana y su esposo Alvin, junto a su pequeña Eliana, pudieron quedarse en la zona de Silver Spring. Ellos prefieren no recordar la odisea que pasaron durante cinco semanas antes de poder ingresar a territorio estadounidense.

“Le damos gracias a Dios el estar aquí. Nosotros tuvimos que escapar de la violencia desatada por el crimen organizado y la corrupción en Guatemala. Estamos a la espera de nuestra cita en la corte de inmigración para ver si nos conceden el asilo. La única opción que tuvimos fue venir a Estados Unidos con la esperanza de iniciar una vida nueva. Le damos gracias a la Iglesia por abrirnos sus puertas”, dijeron los esposos guatemaltecos.

Los guatemaltecos Juana y su esposo Alvin, junto a su pequeña Eliana, participaron recientemente de una actividad en favor del TPS para los salvadoreños. Foto/MV

La salvadoreña Martha J., que ahora cuenta con el apoyo espiritual del Grupo Carismático de la parroquia San Miguel Arcángel de Silver Spring, admitió sentirse bendecida de estar rodeada de personas de buen corazón que la ayudan de manera incondicional.

“Viaje sola desde El Salvador. Allá se quedaron mis padres y hermanos esperando mi ayuda. Por la gracia de Dios ya tengo trabajo y puedo enviar dinero a mi país. He pasado momento muy difíciles, peligrosos e inesperados, pero aquí estoy de pie con la esperanza de poder lograr el ansiado asilo”, comentó Martha J.

El venezolano Carlos H., quien ahora trabaja como ayudante de mecánica en un pequeño taller de Takoma Park, también pudo quedarse en Maryland gracias a la ayuda de los voluntarios de Caridades Católicas. Su viaje se inició en Panamá y dos meses después pudo llegar caminando hasta la frontera de Texas.

“Estoy aquí gracias a Dios y la Virgen. Me ha tocado pasar de todo, como días sin comer, caminar bajo la lluvia, ser víctima de los ladrones y hasta cruzar la frontera en el tercer intento. Quiero empezar una nueva vida, mi familia vive en Puerto la Cruz (Venezuela) y esperan desesperados que les pueda ayudar desde aquí. Estoy reuniendo algo de dinero para pagar un abogado que me ayude a sacar mi TPS”, acotó el inmigrante venezolano. 

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