El 6 de enero, el papa León XIV cerró la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, dando oficialmente por concluido el Jubileo de la Esperanza que había iniciado el papa Francisco el 24 de diciembre de 2024. Fue este un año en donde miles de católicos experimentamos de forma palpable las gracias que Cristo derrama constantemente en la Iglesia y en nuestras propias vidas. Terminado el Año Santo, y en preparación para el próximo Gran Jubileo en 2033, en donde celebraremos los 2.000 años de la muerte y resurrección de Cristo, el papa León XIV nos invita a seguir siendo, juntos, peregrinos de esperanza. Pero, ¿cómo lograrlo en un mundo que a veces nos abruma con sus preocupaciones cotidianas, que parece no dejar espacio para la oración y la vida interior?
En el cierre del Gran Jubileo del año 2000, el entonces papa Juan Pablo II invitó a la Iglesia a “remar mar adentro” (“Duc in altum!” en latín) y profundizar en nuestra experiencia de fe a partir de las gracias obtenidas durante el Jubileo. Unos 25 años después, sus palabras siguen marcándonos el camino para la Iglesia del Tercer Milenio. Con su profundo sentido pastoral, Juan Pablo II nos ofrece cinco claves que pueden ayudarnos a vivir más cerca de Cristo este tiempo ordinario. No se trata de inventar un nuevo programa. El programa ya existe y se centra “en Cristo mismo, al que hay conocer, amar e imitar” ([1]).
La santidad
En primer lugar, el Papa nos recuerda que el objetivo de la vida cristiana es la santidad y que a él deben tender todos nuestros esfuerzos. Este era el sentido último de la indulgencia jubilar que la Iglesia puso a disposición de los miles de fieles que realizaron peregrinaciones a los lugares jubilares determinados por cada diócesis: purificarse y renovarse profundamente para seguir, fortificados, en el camino hacia la santidad.
Es un camino exigente, que nos lleva a no contentarnos “con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial” ([2]). Poner en el centro de nuestra vida el deseo de santidad nos lleva a apuntar alto, buscando no las recompensas del mundo, sino los bienes eternos. Podemos seguir viviendo las gracias del Jubileo si ponemos estas aspiraciones en el centro de nuestra vida.
La oración
Si queremos realmente ser santos, nuestra vida, nos dice el papa Juan Pablo II, debe distinguirse ante todo por el “arte de la oración”. Sólo encontrándonos con Cristo de persona a persona, pidiéndole por las cosas que nos perturban, pero también dando gracias por las bendiciones recibidas y escuchando atentamente lo que Él tiene para decirnos es que podremos conocerlo y seguirlo. No debemos pensar que la oración -especialmente la oración contemplativa- es tan sólo para aquellas personas consagradas. El Papa nos advierte que si los laicos nos conformamos con una oración mediocre corremos el riesgo de que nuestra fe se debilite y termine convirtiéndose en un mero barniz que no oriente la totalidad de nuestra vida. Es la vida de oración y la conversación diaria con Cristo la que mantendrá vivas en nosotros las gracias obtenidas durante el Jubileo.
La Eucaristía dominical
Cada domingo en la misa volvemos a vivir la pasión y resurrección de Cristo. De alguna manera, este es un pequeño Jubileo, en el que recordamos que Jesús se hizo hombre, insertándose en nuestra historia. Es por eso que la forma más efectiva de continuar viviendo como “peregrinos de esperanza” es hacer de la celebración eucarística del domingo el centro de nuestra semana. “La Eucaristía dominical, nos dice Juan Pablo II, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios en torno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es también el antídoto más natural contra la dispersión” ([3]). Frente a un mundo que amenaza continuamente con “sacarnos de foco”, es en la misa dominical donde renovamos semanalmente nuestro compromiso de ser santos, y es la manera en que seguiremos viviendo un Jubileo todo el año.
El sacramento de la Reconciliación
A pesar de nuestros buenos propósitos, sabemos que debido a la influencia que el pecado original tiene en nosotros, muchas veces caemos en nuestro camino hacia la santidad. Por eso, el papa Juan Pablo II nos invita a asistir frecuentemente al sacramento de la reconciliación, “en el que Dios nos muestra su corazón misericordioso y nos reconcilia plenamente consigo” ([4]). El Jubileo es un año de grandes gracias, en el que las puertas de la misericordia del Padre se abren incluso hasta a borrar toda huella de pecado en nuestros corazones a través de las indulgencias. No debemos olvidar, sin embargo, que no hay límites a Su misericordia y que podemos experimentarla yendo frecuentemente a la confesión.
Escucha y anuncio de la Palabra
Finalmente, Juan Pablo II nos recuerda que Jesús nos habla con su palabra en los Evangelios. Así, sólo mediante su lectura asidua podremos realmente “contemplar su rostro” y entablar una relación cada vez más fuerte con él. Además, quien se encuentra diariamente con Cristo en los Evangelios se siente inspirado para hablar de él a los demás, convirtiéndose efectivamente en “peregrino de esperanza”. Ya nos lo decía el Papa en el año 2001: “Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza” ([5]).
¡Cuánto más urgente nos parece este llamado a una “nueva evangelización” hoy, 25 años después! Frente a la confusión ideológica y doctrinal, el Papa nos llama a que, nutridos por la experiencia del Jubileo, salgamos con confianza al mundo a predicar a Cristo, la fuente de nuestra esperanza. Sólo siguiendo sus palabras, ¡“Duc in altum!”, “remando mar adentro”, es que podremos realmente cosechar los frutos del Jubileo y prepararnos fielmente para el celebrar junto a toda la Iglesia el aniversario de nuestra redención!
[1] Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 29.
[2] Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 31.
[3] Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 35.
[4] Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 37.
[5] Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 40.
