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Una transformación ética y moral para enfrentar a COVID-19

Desarrollar una ética del riesgo poner en práctica la cooperación internacional y promover una solidaridad responsable. Foto/VN

En principio, todos los documentos que produce el Vaticano están dirigidos a la humanidad en su conjunto, pero en cuestión de fe, los católicos somos, desde luego, sus primeros destinatarios. Sin embargo, una nueva serie de reflexiones sobre el coronavirus, publicada por la Pontificia Academia para la Vida, se dirige a todos los miembros de la familia humana global, la humana communitas. 

En el texto intitulado precisamente Humana communitas en la era de la pandemia: consideraciones intempestivas sobre el renacimiento de la vida, dicha Academia, dedicada a promover la consistencia ética de la Iglesia católica sobre la vida, nos convoca a impulsar una reorientación radical para combatir la pandemia. Nos pide prestar atención especialmente a “nuestra responsabilidad común por la familia humana”, una renovada apreciación del don de la vida y una conciencia acerca de y una respuesta concreta ante el hecho de que la mayoría de los miembros de la sociedad  —específicamente los ancianos y los marginados del mundo entero, así como “los prisioneros [y] los abandonados destinados al olvido en los campos de refugiados del infierno”—  sufren la mayor carga infligida por la pandemia. 

Al argumentar a favor de la dignidad inherente a todos los seres humanos, estas reflexiones se califican a sí mismas de “intempestivas”, condición que explica puntualmente el arzobispo Vincenzo Paglia, presidente de la Academia: “Para indicar la urgencia de encontrar una concepción de comunidad, misma que, aparentemente, no es ya contemporánea”. El documento convoca a los líderes gubernamentales, a las élites sociales y a los ciudadanos ordinarios del acaudalado mundo desarrollado a no permitir que el egoísmo y los intereses económicos particulares pesen más que el cuidado y la preocupación que deben merecernos nuestros hermanos que no cuentan con los medios necesarios para protegerse del impacto de la pandemia y de otras “enfermedades debido a no tener acceso a los tratamientos por ser demasiado caros”. 

Por ello, la vacuna contra el virus, una vez que esté disponible en el mercado, no deberá tratarse como una mercancía rentable, sugiere el documento, sino, en solidaridad con los más pobres y vulnerables de nuestra sociedad, deberá distribuirse entre todos aquellos que la necesiten y que estén en mayor riesgo. No deberá estar al alcance sólo de las naciones ricas, donde “la gente puede permitirse los requisitos de seguridad”.

Al final de cuentas, por encima de todo, dice el documento: “todos somos ‘frágiles’: radicalmente marcados por la experiencia de la finitud en la esencia de nuestra existencia”, aun cuando el mundo occidental se las ingenie para ocultar su vulnerabilidad mediante sus hazañas económicas. En las naciones ricas, los gobiernos y los individuos se dejan llevar a la par por “una ética de racionalidad calculadora inclinada hacia una imagen distorsionada de la autorrealización, impermeable a la responsabilidad del bien común a escala global, y no sólo nacional”. 

“La interdependencia humana”, al igual que “la vulnerabilidad común”, prosiguen estas meditaciones, “demandan una cooperación internacional al mismo tiempo, y la comprensión de que no se puede resistir una pandemia sin una infraestructura médica adecuada, accesible a todos a nivel mundial”. Esto requiere el “intercambio de información, la prestación de ayuda y la asignación de los escasos recursos [que] deberán abordarse en una sinergia de esfuerzos”. En este sentido, por ejemplo, el hecho de que Estados Unidos ayude a México en el combate de la pandemia beneficia obviamente a ambos países. 

El documento plantea “una renovada apreciación de la realidad existencial del riesgo: todos nosotros podemos sucumbir a las heridas de la enfermedad, a la matanza de las guerras, a las abrumadoras amenazas de los desastres. A la luz de esto, surgen responsabilidades éticas y políticas muy específicas respecto a la vulnerabilidad de los individuos que corren un mayor riesgo”. Todo es cuestión de ética: “centrarse en la génesis natural de la pandemia, sin tener en cuenta las desigualdades económicas, sociales y políticas entre los países del mundo, es no entender las condiciones que hacen que su propagación sea más rápida y difícil de abordar”. 

La aceptación de una “ética del riesgo”, declara el documento, significa que debemos “dar cuerpo a un concepto de solidaridad que vaya más allá del compromiso genérico de ayudar a los que sufren. Una pandemia nos insta a todos a abordar y remodelar las dimensiones estructurales de nuestra comunidad global que son opresivas e injustas, aquellas a las que en términos de fe se les llama “estructuras de pecado”. Al final, “el acceso a una atención de salud de calidad y a los medicamentos esenciales debe reconocerse como un derecho humano universal”. 

“En última instancia, el significado moral, y no sólo estratégico, de la solidaridad es el verdadero problema en la actual encrucijada a la que ha de hacer frente la familia humana. La solidaridad conlleva la responsabilidad hacia el otro que está en una situación de necesidad, que se basa en el reconocimiento de que, como sujeto humano dotado de dignidad, cada persona es un fin en sí mismo, no un medio. La articulación de la solidaridad como principio de la ética social se basa en la realidad concreta de una presencia personal en la necesidad, que clama por su reconocimiento. Así pues, la respuesta que se nos pide no es sólo una reacción basada en nociones sentimentales de simpatía; es la única respuesta adecuada a la dignidad del otro que requiere nuestra atención, una disposición ética basada en la aprehensión racional del valor intrínseco de todo ser humano”. El egoísmo, en cualquier aspecto de nuestra vida, debe dar paso a un auténtico altruismo. 

“Sin un verdadero despertar de la conciencia”, afirma el arzobispo Paglia, “sólo podremos remediar algunos problemas organizacionales, pero al final, todo será como solía ser. Más bien, debemos replantear nuestros modelos de desarrollo y coexistencia, de modo que sean cada vez más valiosos para la comunidad humana. Y, en consecuencia, deben ser adecuados para las personas vulnerables, sin rebasar sus límites, como si no existieran: dentro de esos límites, de hecho, hay hombres, mujeres y niños que merecen una mejor atención en todos los sentidos. Todos ellos, no sólo nosotros”. 

El arzobispo finaliza sus reflexiones con un tono optimista: “a partir del ensayo general de esta pandemia, seguramente habrá un florecimiento de orgullo de la humana communitas. Así será si nos lo proponemos”. 

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