Hace apenas un año, para la mayoría de nosotros la palabra “zoom” se refería a un objetivo de foco variable en una cámara fotográfica para acercar o alejar la imagen a fotografiar y decíamos que había que “hacer zoom” para enfocar bien la foto. Pero ahora, la palabra zoom ha ampliado su significado, pues todos sabemos muy bien que ha pasado a ser el término que describe las reuniones, conversaciones y trabajos virtuales que muchos hacemos conectándonos a través de Internet. Es cierto y comprensible que probablemente todos estemos ya cansados de las reuniones por Zoom, pero estamos agradecidos, aunque sea de mala gana, de tener al menos esa tecnología para conectarnos con familiares, amigos, la escuela y el trabajo.
Hace unas semanas, tuve una reunión por Zoom con algunos de mis compañeros del seminario de educación secundaria, algunos de los cuales no había visto en más de 55 años. Fuimos unos 30 en la reunión. La mayoría de ellos ya se habían jubilado de sus trabajos y algunos se habían mudado lejos de Chicago, donde nos conocimos cuando teníamos 13 años y éramos estudiantes de primer año en uno de los dos seminarios de secundaria en la Arquidiócesis de Chicago. En 1961, éramos 660 alumnos en el primer año divididos en dos locales: uno para los que vivían en la zona sur de la arquidiócesis y otro para los que vivían en la zona norte. De esos 660 estudiantes de primer año, 285 llegamos a graduarnos de secundaria, y la mayoría de esos graduados lograron forjar exitosas carreras profesionales. Muchos se titularon de abogados, otros de médicos, entre ellos una pareja, varios adoptaron las profesiones de trabajadores sociales y servidores públicos, algunos prosperaron como profesionales de negocios, y algunos siguieron la docencia universitaria. De los 285 graduados de la educación secundaria, 48 fuimos ordenados sacerdotes.
Mientras tratábamos de ponernos al día con los acontecimientos del medio siglo pasado en la vida de cada uno, no pude dejar de escuchar un tema recurrente en la vida de ellos. Estaban contentos de ser maridos y padres de familia, pero increíblemente orgullosos de ser abuelos. Hablaban maravillas de sus nietos, y muchos de ellos incluso se mudaron a donde viven ahora para estar cerca de sus amadísimos nietos. Así pues, su condición de abuelos es para ellos una fuente de extraordinaria satisfacción y alegría, aunque la pandemia les privaba de la felicidad de estar con sus queridos nietos, abrazarlos y jugar con ellos. Escuchándolos, comencé a entender mejor el propio deleite que siento al involucrarme con los niños de la Arquidiócesis de Washington en las escuelas, en la liturgia y en otros encuentros sociales.
Esos sentimientos son compartidos por los abuelos en todas partes. Tal vez ustedes hayan escuchado una frase que se atribuye a los abuelos: “Si yo hubiera sabido que los nietos se iban a querer tanto, ¡los habría tenido primero!" Para aquellos que tienen la fortuna de conocer a sus abuelos, probablemente podrían ufanarse elocuentemente de haber tenido la dicha de visitar y pasar tiempo con esos familiares tan especiales.
El papa Francisco ha decidido dar a los abuelos y a los ancianos un espacio merecido en nuestro calendario litúrgico, para lo cual ha designado el cuarto domingo de julio de cada año —cerca de la festividad de San Joaquín y Santa Ana, a quienes la tradición considera ser los abuelos de Jesús— como el Día del Abuelo. Puede que este día nunca rivalice con la popularidad del Día de la Madre o el Día del Padre, pero reconocerá litúrgicamente la importancia que los abuelos tienen dentro de una familia. Para los jóvenes, los abuelos son el puente hacia el pasado, y para los abuelos, los nietos son la promesa del mañana. La pandemia ha sido un tiempo de prueba para todos, pero creo que ha sido especialmente difícil para los abuelos, que han tenido que posponer el disfrute de sus nietos y la dicha que sienten en el corazón.
