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Caminando junto al Señor y unos con otros

El obispo Evelio Menjívar Ayala comparte con un feligrés durante la procesión de Corpus Christi en Washington. Foto/Mihoko Owada

Al llegar a su fin la etapa actual de nuestras vidas y ante mi inminente instalación como obispo de Wheeling-Charleston (West Virginia), en coincidencia con el Semiquincentenario, viene a mi mente el general George Washington despidiéndose tras la Guerra de Independencia.

En particular, varias ideas de sus cartas a la nación y a las tropas que llamó una “hermandad de hermanos” resonaron profundamente en mí y quisiera recomendárselas: su apremiante llamado a la unidad aun en medio de las muchas diferencias entre las personas y los estados, su afecto por los valientes hombres con quienes trabajó arduamente, y su asombro ante la victoria del Ejército Continental sobre fuerzas británicas tan formidables, superando casi toda clase de dificultades, sufrimientos y tentaciones de desaliento.

El general Washington atribuyó la victoria de la Independencia y la fundación de una nación libre tanto a la providencia divina como a la “invencible fortaleza en la acción” de los soldados; pero hay también otra razón: la gran virtud de la perseverancia y determinación del propio Washington. El Ejército Continental perdió la mayoría de sus batallas, pero él se mantuvo firme y se negó a rendirse o a perder la esperanza.

Hace 250 años, el Congreso Continental en Filadelfia proclamó solemnemente aquellas verdades evidentes en las que se fundó esta nación: “que todos los hombres son creados iguales; que están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. No obstante, por más atemporales y preciosas que sean estas palabras, como afirma el papa León XIV en su nueva encíclica, “no basta declarar simplemente que hombres y mujeres poseen igual dignidad y derechos; es necesario que esto se refleje en decisiones concretas” (Magnifica Humanitas, 57).

Hasta que nos volvamos a encontrar, los exhorto, como lo hizo el general Washington, a seguir trabajando por la solidaridad y la unidad en la diversidad, en la Iglesia, en nuestras comunidades y en la nación. Todos somos, en verdad, una sola familia humana: hermanos y hermanas en una fraternidad que trasciende las barreras de la geografía y de la condición social.

Y “cuando la dignidad humana es amenazada por nuevas formas de deshumanización, es un deber urgente permanecer profundamente humanos” y así respetar la verdad de que cada uno de nosotros posee una dignidad infinita que “no depende de las capacidades, la riqueza o la posición en la vida”, y que somos responsables unos de otros (Magnifica Humanitas, 15 y 50).

Esta obligación es especialmente apremiante para quienes ocupan posiciones de autoridad, como los servidores públicos, quienes deben negarse a ser cómplices de graves atentados contra los derechos humanos y de toda forma de mal. También es urgente para quienes nos llamamos católicos o cristianos. Estamos llamados a ser siempre una comunidad dispuesta a acoger, proteger, promover e integrar; no una sociedad que reacciona con explotación o desprecio. Debemos mostrar el mayor respeto por la dignidad de cada persona y construir puentes, no muros.

Washington permaneció en el campo con sus tropas durante ocho largos años. Yo he caminado con ustedes por más tiempo aún, como sacerdote y obispo, tanto en celebraciones solemnes —como en la procesión de Corpus Christi— como en la vida cotidiana: compartiendo sus luchas, celebrando con ustedes e incluso llorando juntos. Lo hago, en parte, por la profunda gratitud que siento hacia quienes han caminado conmigo: mi familia, mis amigos y, sobre todo, el Señor. En los momentos de prueba, he sabido que Dios estaba conmigo, y eso me ha permitido perseverar.

El lema episcopal que elegí al ser consagrado obispo, Ibat cum illis (“Caminaba con ellos”), evoca a Jesús resucitado que acompaña y consuela a los dos discípulos en el camino de Emaús (Lucas 24, 13-35). Es, a la vez, un recordatorio de mi propio camino y una promesa de permanecer junto a los abatidos y a quienes sufren. Consciente de mis limitaciones, si he podido ofrecer algún aliento o consuelo, doy gloria a Dios. Y quiero que ustedes, al mirar hacia su futuro —aunque esté lleno de desafíos—, sepan que no están solos: el Señor camina a su lado, y también una gran “hermandad de hermanos y hermanas”.

Del mismo modo, si conocen a personas como aquellos discípulos de Emaús, aún marcados por el dolor, luchando, heridos y perdiendo la esperanza, sepan que, por la fuerza del Espíritu Santo, ustedes pueden ser la presencia viva de Jesús que camina a su lado, sana sus heridas y reaviva la esperanza (Hechos 1,8; 2,1-4). “De un modo misterioso, su amor se hace presente a través de nuestro servicio”, afirmó el papa Francisco en su última encíclica. Y si acogen este llamado a difundir el bien en el mundo a su manera, “vivirán una experiencia enriquecedora que les traerá mucha alegría” (Dilexit Nos, 214-216).

En el último año me ha llenado de alegría e inspiración ver a tantas personas alzar su voz por la justicia y la dignidad humana, mostrando solidaridad con los más vulnerables y marginados. La Iglesia y la sociedad necesitan, sin duda, personas como ustedes: generosas, protagonistas de una nueva humanidad y de una nueva sociedad, firmes en trabajar por el bien y en construir una vida mejor para todos.

Qué el Señor nos llame y nos invite a colaborar en su obra de amor y justicia, es un gran honor y una bendición. Y una riqueza particular de ser católicos es que la Iglesia, nuestra Madre, nos acoge a todos; dondequiera que vayamos encontraremos familia, ya sea que vengamos de Washington, DC, o Maryland, de El Salvador o de los Apalaches. Por eso, si algún día vienen a West Virginia, un lugar que se ha llamado “casi el cielo”, sepan que serán recibidos no como huéspedes, sino como quienes vienen de casa y regresan a casa.

Y aunque los caminos pronto me lleven de nuestro hogar aquí a nuestro hogar allí, no digo “adiós” en su sentido habitual. El Señor tiene planes para todos nosotros, y nuestros caminos volverán a cruzarse. Por eso, más bien, les expreso con cariño el sentido original de esas palabras: que Dios esté con ustedes, ahora y siempre.



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