Para nosotros, como estadounidenses, dos grandes legados conforman el llamado que recae sobre nosotros respecto al inmigrante y al extranjero que vive entre nosotros.
El primero de estos legados es un llamado religioso que proviene de la primera lectura de hoy, tomada del libro del Deuteronomio. Moisés exhorta al pueblo de Israel a recordar que fueron esclavos en Egipto, extranjeros en tierra ajena, personas sin hogar, víctimas de la opresión y marginados. Moisés instruye a Israel a mantener siempre viva esa memoria y a permitir que ella moldee sus actitudes y acciones más fundamentales hacia el extranjero y el forastero, la viuda y el huérfano que puedan buscar un hogar entre el pueblo de Dios. El mandato de Moisés es claro y contundente: “No violarás los derechos del extranjero ni del huérfano, ni tomarás en prenda el vestido de una viuda... Cuando recojas la cosecha de tu campo y olvides una gavilla, no volverás a buscarla; déjala para el extranjero, el huérfano y la viuda”. Este mandato impregna la espiritualidad del judaísmo, el cristianismo y el islam, así como las tradiciones morales de prácticamente todas las religiones presentes en los Estados Unidos.
El segundo legado del que disfrutamos como estadounidenses es el respeto por la inmigración, que ha contribuido a convertirnos en la gran nación que amamos tan profundamente. No fueron personas de gran riqueza las que llegaron a nuestras costas, sino los pobres y los desposeídos, aquellos que buscaban libertad frente a la opresión y oportunidades para construir una nueva vida en esta tierra. En las palabras grabadas en la Estatua de la Libertad, Emma Lazarus escribió que la Dama de la Libertad clama “con labios silenciosos: “Denme a sus cansados, a sus pobres, a esas multitudes hacinadas que anhelan respirar en libertad... Envíenme a estos, los desamparados y azotados por las tempestades”. Hubo un tiempo en que estas palabras arrancaban lágrimas a todo estadounidense. Hoy son rechazadas, rodeadas de condiciones o simplemente ignoradas, porque nos recuerdan en lo que nos hemos convertido.
En los últimos dieciocho meses, nuestra nación ha dejado de lado tanto la tradición espiritual y moral del libro del Deuteronomio como ese elemento central de la cultura estadounidense que es nuestro aprecio por los inmigrantes. En su lugar han surgido la sospecha, la división, la crueldad y la violencia.
Uno de mis profesores de Sagrada Escritura en el seminario nos enseñó que, cuando se analiza una parábola de Jesús, hay que fijarse en el personaje que más nos desagrada, porque ese personaje somos nosotros. En el Evangelio de hoy, con la parábola del Buen Samaritano, es muy fácil identificar a las figuras que menos nos gustan: el sacerdote y el levita que vieron al hombre herido al borde del camino y cruzaron al otro lado para seguir de largo. La parábola es clara: tanto el sacerdote como el levita fueron testigos del sufrimiento y del dolor de la víctima de los salteadores. Reconocieron lo que estaba ocurriendo; escucharon el clamor de su dolor; y, con toda intención, se apartaron al otro lado del camino para evitar verse obligados a actuar. Simplemente pasaron de largo.
Durante el último año y medio, el pueblo de Estados Unidos ha sido testigo del sufrimiento de los inmigrantes indocumentados que viven entre nosotros, un sufrimiento amplificado de manera deliberada y estratégica por nuestro gobierno y, en gran medida, simplemente hemos pasado de largo.
A comienzos de 2025, cuando se nos dijo que las acciones de control migratorio del ICE se limitarían a asegurar la frontera y deportar a quienes hubieran cometido delitos graves, nos dijimos a nosotros mismos que eso era aceptable. Después de todo, la propia enseñanza católica sostiene que una nación tiene derecho a proteger sus fronteras y a deportar a los delincuentes graves que se encuentren entre la población indocumentada que vive entre nosotros.
Pero luego fuimos testigos de redadas indiscriminadas contra trabajadores agrícolas y en los estacionamientos de Home Depot, así como en hogares de ancianos y escuelas, y comprendimos que se trataba de una ofensiva contra todos los inmigrantes indocumentados que viven en nuestro país, incluidos aquellos que llevaban décadas aquí y que habían contribuido enormemente a la economía y a la cultura de nuestra nación.
Vimos su sufrimiento y la injusticia que entrañaba, pero simplemente cruzamos al otro lado de la calle y pasamos de largo.
Cuando el alcance de la red de deportaciones comenzó a tocarnos de manera más cercana, atrapando a madres, padres, hijos y familias que conocíamos, a compañeros de parroquia y de trabajo que representan muchas de las mejores cualidades que nuestra nación busca tan desesperadamente, nos sentimos profundamente preocupados. Pero al final nos dijimos a nosotros mismos: “No puedo salvarlos yo solo”. Y emocionalmente cruzamos al otro lado del camino y pasamos de largo.
Cuando nuestro gobierno sometió a la ciudad de Minneapolis a un estado de sitio marcado por la violencia desenfrenada y la muerte de quienes habían alzado su voz en resistencia, nos sentimos indignados. No podíamos creer que la máscara se hubiera convertido en el nuevo símbolo de la justicia estadounidense. Dijimos que era inaceptable que nuestro gobierno, en nuestro nombre, enviara masivamente a las calles de nuestras ciudades a tropas escasamente preparadas para aplastar la creciente oposición a esta guerra indiscriminada contra tantas personas inocentes. Pero, al final, el pueblo estadounidense vio el sufrimiento, cruzó al otro lado del camino y pasó de largo.
Durante más de un año se nos ha dicho que la razón por la que el gobierno federal está expulsando a los inmigrantes es que quebrantaron la ley al entrar o permanecer en Estados Unidos. En los últimos meses, el gobierno nos ha demostrado cuán vacío es ese argumento. Más de un millón de inmigrantes que llegaron a Estados Unidos en busca de asilo o como refugiados bajo el programa TPS fueron admitidos legalmente debido al peligro que supondría para ellos regresar a sus países de origen. Ahora, nuestro gobierno ha decidido que estos inmigrantes vulnerables serán deportados de Estados Unidos y devueltos a situaciones de peligro en sus propias naciones. Estos refugiados no infringieron ninguna ley. Están siendo deportados por un deseo generalizado de excluir a los inmigrantes de la sociedad estadounidense. Están siendo deportados porque la intolerancia que con frecuencia ha empañado la historia migratoria de Estados Unidos vuelve a manifestarse con fuerza en nuestra nación. Lo sabemos, pero simplemente cruzamos al otro lado del camino y pasamos de largo.
En enero, Liam Ramos, de cinco años, fue detenido por agentes del ICE. Vestido con su traje de Spider-Man y un gorro azul con forma de conejo, completamente desconcertado, fue llevado por los agentes a su casa porque, según informó su escuela, pretendían utilizarlo como señuelo para que su madre abriera la puerta y pudiera ser investigada con fines de deportación. Tras ser trasladado a un centro de detención en Texas junto con su padre, permaneció retenido durante un mes hasta que un juez federal, indignado por el caso, ordenó su liberación. En la resolución que dispuso su liberación, el juez incluyó fotografías de Liam junto a dos versículos del Evangelio. El primero decía: “Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios”. El segundo versículo era breve: “Jesús lloró”.
Jesús llora en todo nuestro país por los niños que han sido arrestados, detenidos, trasladados a centros lejanos con condiciones de vida deficientes y separados de sus familias.
Como nación, ya no podemos seguir pasando de largo. Debemos detenernos, reconocer el mal que se está cometiendo en nuestro nombre y combatirlo en todas sus formas. Debemos procurar que nuestros representantes políticos dejen de tolerar este mal o, de lo contrario, reemplazarlos. Debemos dejar atrás nuestra actitud de sacerdotes y levitas para convertirnos en el Buen Samaritano, que no reconoció fronteras ni límites al momento de socorrer a la víctima que yacía al borde del camino. Debemos comprender que, al abandonar las enseñanzas del Deuteronomio y las palabras inscritas en la Estatua de la Libertad, estamos perdiendo nuestra alma como nación.
Y debemos mantener siempre ante nuestros ojos a las familias que están siendo separadas, el temor que consume a las comunidades indocumentadas y el sufrimiento de los niños. Debemos actuar ahora y actuar juntos. Porque Jesús llora, y seguirá llorando hasta que vayamos al borde del camino, levantemos a la víctima, la abracemos y hagamos de su dolor nuestro dolor.
* Homilía del cardenal Robert W. McElroy, arzobispo de Washington, pronunciada durante la Misa celebrada el 27 de septiembre de 2026 en la Catedral de San Mateo Apóstol, en Washington, DC, con motivo de la 112.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado.
