La Arquidiócesis de Washington tiene cinco nuevos sacerdotes recién ordenados, cuatro de ellos de origen hispano: un motivo para celebrar en el seno de nuestra comunidad. “Cinco caminos diferentes, un único destino”, en palabras del cardenal McElroy. Han sido llamados a encender sus almas con el fuego de la gracia desatado por Cristo crucificado y Cristo resucitado; a celebrar la alegría del Evangelio —que no significa minimizar la tristeza y el sufrimiento en este mundo, porque no se puede entender el sufrimiento de Jesús sin reconocer el sufrimiento que existe en nuestra propia vida—; y, sobre todo, a dar muestras de un amor tierno y perdurable por las personas a quienes sirvan, especialmente al salir al encuentro de la oveja perdida, donde se manifiesta la dimensión más conmovedora del amor de Dios: “El reconocimiento de que, en algunos momentos, todos nos sentimos perdidos y necesitamos que Dios se acerque a nosotros de forma tangible y nos traiga de vuelta”.
Esta ordenación no es un hecho aislado. Es el fruto visible de semillas sembradas con paciencia en el seno de familias hispanas, de comunidades parroquiales que oraron y acompañaron, de jóvenes que supieron escuchar una voz interior que los llamaba a algo más grande que sí mismos. Cuatro de estos cinco nuevos sacerdotes son testimonio vivo de lo que nuestra comunidad es capaz de ofrecer a la Iglesia y a la sociedad cuando se invierte en su formación, cuando se cultiva con esmero “nuestro jardín” —en la expresión inmortal del Cándido de Voltaire.
Y es que el jardín es una imagen poderosa para pensar en la educación y la formación de los jóvenes hispanos. Un jardín parece una cosa simple: semillas en espera de ser fertilizadas. Pero con los primeros estertores de la primavera, los capullos que no habían reventado empiezan a aflorar. Lo mismo ocurre con nuestros hijos y con quienes, entre ellos, sienten el llamado al sacerdocio: necesitan tiempo, atención y acompañamiento. Nada nace por generación espontánea. La parte más difícil —y más decisiva— es la toma de conciencia de que cultivar ese jardín es una responsabilidad colectiva. Inclinarse en el pedregoso suelo de la vida para atender y fertilizar el espacio donde crecen nuestros jóvenes es una poderosa muestra de entrega. Son los pequeños gestos continuos —los que a menudo pasan desapercibidos porque siempre hay cosas aparentemente más urgentes— los que marcan la diferencia y hacen germinar los mejores frutos.
En el contexto educativo y migratorio, esta verdad adquiere una dimensión adicional. Mejorar la educación de nuestra comunidad no solo redunda en una mejor distribución del ingreso y en salarios más equitativos: construye ciudadanos, formas líderes, y —como estos días lo confirman— engendra vocaciones. Tenemos inmigrantes que llegaron con títulos universitarios y grados académicos, cuyo aporte intelectual y profesional beneficia al país sin que casi se mencione. Y tenemos también a los que, sin diplomas pero con tesón inquebrantable, ejercen uno y mil oficios para sostener a sus familias —incluidos los trabajadores indocumentados que lo dan todo, incondicionalmente, con la esperanza de salir algún día del limbo en que viven. Unos y otros son parte del mismo jardín. Unos y otros merecen que la sociedad se arrodille junto a ellos.
A la luz de todo ello, sobran razones para sentirnos orgullosos del aporte de nuestra comunidad en todas las áreas del quehacer humano, desde los oficios más modestos hasta los trabajos más especializados —y hasta el altar. Nuestra omnipresencia laboral, profesional y ahora también ministerial se condice con nuestra diversidad cultural y con nuestra capacidad de integrarnos a esta sociedad sin renunciar a nuestras raíces ni a nuestra identidad.
El turco del Cándido de Voltaire lo decía con claridad: “Trabaja para mantenerte al margen de los tres grandes males: la indiferencia, el vicio y la debilidad”. Esta ordenación es la prueba de que nuestra comunidad trabaja, cree y da frutos. Que estos cinco nuevos sacerdotes —cuatro de ellos hijos nuestros— nos recuerden que el jardín vale la pena cultivarlo. Que levantarse a la primera luz del día, cuando el aire no está todavía enrarecido por los problemas cotidianos, y dedicar ese tiempo a nuestros jóvenes es la inversión más importante que podemos hacer. Porque todo tiene su tiempo, y este es el nuestro.
