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Sin educación, no hay herencia

Sam Chapa, director de St. Francis International School en Silver Spring, Maryland, da la bienvenida a los estudiantes el primer día de clases, el 25 de agosto de 2026. Foto/Nicole Olea

Cada 15 de septiembre, cuando comienza el Mes de la Herencia Hispana, nuestra comunidad se detiene a celebrar algo que no necesita permiso ni traducción: el orgullo de saber quiénes somos y de dónde venimos. Pero en el contexto nacional en el que hoy vivimos —marcado por la incertidumbre, el debate y, en no pocos hogares, el temor— esa celebración no puede quedarse en la nostalgia. Tiene que convertirse en una llamada concreta a la participación.

La gente no busca caridad. Busca justicia y la oportunidad de ser buenos ciudadanos. Esa distinción, sencilla pero profunda, debería guiar la manera en que entendemos nuestra presencia en esta nación durante este mes y todo el año. Como hijos de Dios, merecemos respeto a nuestra dignidad, y por eso no podemos perder la perspectiva humana que nos mueve a ayudar a nuestra gente a educarse y a conseguir un trabajo decente. Ninguna de esas metas llega por generación espontánea ni por decreto: llega porque una comunidad decide involucrarse, presentarse, hacer efectiva su voz.

Y aquí es donde las raíces y el aula se encuentran. Nuestra hispanidad —el idioma materno, la fe, el sentido de familia extendida— es la argamasa que nos permite entender y dominar nuestro entorno; sin ella seríamos una nave al garete. Pero esa herencia no es solo un regalo para admirar en las fiestas patronales o en los festivales: es también la base desde la cual debemos empujar a nuestros hijos hacia adelante. El que sabe quién es y de dónde viene crece fuerte y seguro, porque solo conociendo nuestras raíces podemos sentir respeto y orgullo por nuestra cultura. Ese aprendizaje comienza en la niñez y se cultiva con enseñanza y ejemplo.

Ahora que los estudiantes regresan a clases, es momento de establecer, sin prisa pero sin pausa, un plan de trabajo conjunto en cada hogar: un seguimiento ordenado y disciplinado de los avances de cada hijo a lo largo del año escolar. Sabemos que muchos padres —sobre todo los de menos recursos— sostienen dos o tres trabajos a la vez, y que el tiempo escasea. Esa es una realidad innegable, pero no puede convertirse en excusa, porque el costo de lo que dejemos de hacer hoy lo pagarán nuestros hijos mañana. La educación de nuestros hijos es, o debería ser, la prioridad número uno de nuestras familias, porque de ella depende su futuro inmediato y el futuro de nuestra comunidad en esta nación.

Ser bilingües es una ventaja real en un mercado laboral competitivo, pero exige responder al reto educativo: que más estudiantes no abandonen la secundaria y que más se gradúen de la universidad. De poco sirve ser la minoría más numerosa del país si esa magnitud no se traduce en números dentro de las aulas, las universidades y los espacios donde se toman decisiones. Seguimos creciendo en cifras, pero con frecuencia seguimos siendo convidados de piedra en la mesa donde se decide el rumbo de nuestras comunidades. Cambiar eso exige liderazgo formado, diálogo constante y, sobre todo, la disposición a participar sin esperar a que otros nos cedan el espacio.

El poder de cambiar la imagen de nuestra comunidad está, en buena parte, en manos de las nuevas generaciones. La hispanidad ya ha echado raíces firmes en la vida cotidiana de este país —en su cultura, su música, sus negocios, su fuerza laboral— y esa nueva generación cuenta con mejor educación y mayor deseo de superación que las anteriores, sin por eso olvidar de dónde viene. Ese es el terreno fértil sobre el cual debemos seguir sembrando.

Por eso, que este Mes de la Hispanidad sea también un momento de meditación: un alto en el camino para trazar, sin prisa pero sin pausa, un plan de vida y de trabajo que nos permita asumir con entereza las posiciones de mayor responsabilidad que nuestra comunidad necesita. Seamos como los hombres de empresa, que invierten pensando en las futuras generaciones, y no como quienes buscan solo el beneficio inmediato. Celebremos con gratitud el regalo de nuestras raíces, sin olvidar a quienes la pobreza, la enfermedad o su estatus migratorio les impiden celebrar a plenitud, y aportemos nuestro grano de arena para hacer la diferencia.

Todo lo que hagamos —o dejemos de hacer— hoy por la educación de nuestros hijos y por nuestra participación como comunidad definirá, en mayor o menor medida, nuestra andadura y nuestro destino en esta nación. El mañana, una vez más, es hoy.



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