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Despierta, tú que duermes y levántate de entre los muertos

La gente coloca flores en la tumba de Jesús que fue colocada ante el altar de la iglesia de San Martín de Tours tras el Vía Crucis el Viernes Santo, 3 de abril de 2026. Foto/Mark Zimmermann

La muerte de uno de los padres —alguien que ha sido parte de tu vida desde siempre— es una carga pesada; y lo mismo ocurre con la pérdida de un cónyuge, un hijo, un hermano o de cualquier persona especialmente cercana. Cada duelo es distinto, pero en ocasiones el dolor parece demasiado difícil de soportar. Su ausencia tangible en nuestras vidas sigue sintiéndose incluso muchos años después, aun en medio de la alegría que brota al recordarlos. Así lo he experimentado recientemente al visitar El Salvador con motivo del décimo aniversario de la partida de mi padre de esta vida.

Comenzamos la Cuaresma con el sobrio recordatorio de nuestra mortalidad que recibimos el Miércoles de Ceniza: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás” (Génesis 3,19). En el mundo antiguo, se dirigían palabras semejantes —memento mori (recuerda que has de morir)— a quienes ejercían el poder, como una advertencia de que la vida es pasajera, al igual que todas las cosas de este mundo. Con el tiempo, la muerte alcanzará a todos nuestros seres queridos —y también nos alcanzará a nosotros—. Y puede llegar en cualquier momento, ya sea de manera repentina o esperada; pero cuando eso suceda, el sufrimiento inconsolable no tiene por qué ser nuestro destino.

No nos engañemos: cuando la muerte llega —sea como sea que llegue— siempre será dolorosa, ya sea para nosotros mismos o para quienes lloran nuestra partida. Incluso Jesús lloró al acercarse a la tumba de Lázaro. Y si esto es cierto para nosotros, que somos el Pueblo de Dios, ¿cuánto más dolorosa puede ser la muerte, con su capacidad de aplastar el espíritu, cuando el Señor no está presente en la vida de una persona? Por el contrario, ¡cuán grande es el poder de la esperanza en el Señor para rescatarnos de la desesperación y levantarnos en medio del sufrimiento!

Comenzamos el tiempo de Cuaresma con el recordatorio de que un día nuestros cuerpos fallarán y regresarán a la tierra de la que fuimos formados. Sin embargo, culminamos este camino estacional de fe con la exultación de la Pascua, regocijándonos porque esa misma muerte, ese dolor y ese sufrimiento, son transformados en vida nueva en Cristo Resucitado.

“Yo soy la resurrección y la vida —le dijo Jesús a Marta mientras ella lloraba la muerte de su hermano Lázaro—; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”. Esta verdad está en el corazón de nuestra fe y de nuestra esperanza cristianas: la certeza de que, por el amor del Señor que hace nuevas todas las cosas y que llamó a Lázaro a salir del sepulcro, “la vida se transforma, no se termina”. De hecho, tanto la Sagrada Escritura como la tradición cristiana a veces se refieren a los fieles difuntos como aquellos que “duermen”. Así, por ejemplo, Jesús habla de la hija de Jairo y de Lázaro como de personas que duermen, y el libro de los Hechos de los Apóstoles no dice que san Esteban murió al ser apedreado, sino que “se durmió”.

El Señor “no es Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él” (Lucas 20,38). Él no nos creó para la muerte, sino para la vida; y no simplemente para la existencia transitoria que experimentamos en este mundo —una vida como en sombras—, sino para la plenitud de la vida divina, de la vida verdadera.

La vida a la que nacemos es un don sublime, tan maravilloso que, sin embargo, puede llegar a cegarnos ante esta verdad más profunda. La muerte terrenal, aunque sea ocasión de duelo y un mal cuando ocurre fuera del tiempo natural dispuesto para ella, no es el mal que más debemos temer. No. El mayor mal que debemos temer es estar separados de Aquel que es la Vida misma.

Nuestra vida en esta tierra no es un fin en sí misma —de hecho, nunca fue nuestro destino definitivo en el plan de Dios—, sino una preparación para lo que está por venir. Más aún, la advertencia de que volveremos al polvo, que en un primer momento puede sonar ominosa, ahora debe ser escuchada como una bendición. No solo se nos promete la vida eterna en el Señor, sino que no quedaremos aprisionados en nuestros cuerpos frágiles y limitados, sino que seremos perfeccionados con cuerpos gloriosos y llenos de esplendor.

“Cuando el pensamiento de la muerte pesa sobre nuestros corazones; cuando vemos que las sombras oscuras del mal avanzan en nuestro mundo; cuando sentimos que las heridas del egoísmo o de la violencia supuran en nuestra carne y en nuestra sociedad, no perdamos el ánimo, sino que volvamos al mensaje de esta noche”, dijo el papa Francisco en su homilía de la Vigilia Pascual del año pasado. “La luz brilla en silencio, aun cuando estamos en la oscuridad; la promesa de una vida nueva y de un mundo finalmente liberado nos espera; y un nuevo comienzo, por imposible que parezca, puede sorprendernos, porque Cristo ha triunfado sobre la muerte”.

Quizá el Santo Padre, ya fallecido, era consciente de que se acercaba el final de su propia vida terrenal cuando compartió con el mundo estas palabras tan inspiradoras y llenas de esperanza, después de haber atravesado numerosas y graves crisis de salud en los meses anteriores.

Al día siguiente, el Domingo de Pascua de 2025, tan solo unas horas antes de ser llamado a la Casa del Padre, el papa Francisco continuó ofreciendo su testimonio de fe y esperanza como un don final para todos nosotros, que ojalá sepamos acoger en el corazón. “En el Misterio Pascual del Señor —dijo—, la muerte y la vida lucharon en un combate prodigioso, pero ahora el Señor vive para siempre. Él nos llena de la certeza de que también nosotros estamos llamados a participar de la vida que no conoce ocaso, cuando ya no se escuchará el estruendo de las armas ni el rumor de la muerte. Encomendémonos a Él, porque solo Él puede hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5)».

“Feliz Pascua a todos” fueron las últimas palabras públicas de este santo pontífice. Con la alegría en el corazón por el amor y la vida del Señor Resucitado, y por cada uno de ustedes, me uno y repito esas mismas palabras: ¡Feliz Pascua a todos! ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya!



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