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¿Cómo estás realmente?

Una mujer detenida dentro de un vehículo rodeada por agentes federales en Minneapolis el 21 de enero de 2026. Foto/OSV News/Leah Millis, Reuters

El inmigrante trae consigo una "pesada mochila" con heridas que nadie ve. Llega a un lugar que no conoce, con un idioma que le es ajeno y una nueva cultura, además de un choque emocional que el sistema de salud local apenas sabe reconocer y mucho menos tratar. En el área metropolitana de Washington vive una de las comunidades hispanas más numerosas del país. Y dentro de esa comunidad, un creciente número de personas enfrenta problemas de salud mental que permanecen sin diagnóstico, sin tratamiento y, muchas veces, sin nombre. Los datos son elocuentes: el 42 por ciento de los estudiantes latinos del área reporta sentimientos persistentes de tristeza o desesperanza. Los problemas más frecuentes son la ansiedad por inseguridad económica, la depresión por aislamiento y el estrés postraumático. Y un miedo que lo atraviesa todo: el miedo a la deportación.

Los profesionales de la salud saben que vivir con ese temor está asociado a graves consecuencias. El estrés crónico pasa factura al cuerpo y agrava todo tipo de afecciones físicas y mentales. Un estudio conjunto de las universidades de Houston y Rhode Island encontró que el 59 por ciento de los estudiantes latinos evaluados siente intensa ansiedad ante la posibilidad de que alguien cercano sea deportado. Un informe de la Kaiser Family Foundation documentó el impacto devastador de las políticas migratorias en la salud de familias inmigrantes, independientemente de su estatus legal. Un padre en Maryland lo resumió así: “Los niños tienen miedo, incluso los que nacieron aquí. Temen que regresarán de la escuela y no encontrarán a sus padres en casa”.

Quizás lo más grave no sea la extensión del problema, sino la distancia entre quien lo sufre y quien puede ayudarlo. Los obstáculos son múltiples: el idioma, el estigma cultural alimentado por una idea de fortaleza que no admite vulnerabilidad, la desconfianza en el sistema, y el miedo a que buscar ayuda equivalga a exponerse. Investigadores señalan además una trampa técnica: los pacientes bilingües son evaluados de manera diferente en inglés que en español, y los hispanos reciben con mayor frecuencia una atención insuficiente.

El estrés por adaptarse a una nueva cultura es un factor de riesgo documentado. Paradójicamente, los inmigrantes recién llegados suelen gozar de mejor salud mental que los hispanos nacidos en Estados Unidos —la llamada paradoja hispana—, lo que sugiere que la aculturación, con el tiempo, puede erosionar la resiliencia. Mantener las tradiciones y los lazos culturales actúa como factor protector.

El miedo a la aplicación de las leyes migratorias ha sido identificado como una variable independiente con efecto directo sobre la frecuencia de síntomas negativos de salud mental. Y la discriminación —documentada como fenómeno creciente en períodos de endurecimiento de la política migratoria— agrava todos los indicadores.

Más allá de las instituciones, la respuesta más inmediata puede venir del entorno más cercano de cada persona. Normalizar la conversación sobre la salud mental —en el hogar, en la iglesia, en el trabajo— tiene un impacto demostrable. Acompañar a alguien a una cita, escuchar sin juzgar, validar las emociones en lugar de exigir “sé fuerte”: son gestos pequeños con consecuencias grandes. Los inmigrantes son resilientes frente a muchas adversidades, en parte porque priorizan las relaciones interpersonales. Los lazos familiares cercanos, las conexiones sólidas con la comunidad y los valores culturales compartidos son poderosos antídotos contra el estrés.

La situación actual —con el clima de deportaciones y la incertidumbre migratoria— hace que muchas familias estén atravesando un estrés extraordinario en silencio. Mostrar solidaridad puede ser tan sencillo como preguntar: ¿cómo estás realmente?



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